martes, 1 de septiembre de 2026

EL CORRECAMINOS 7

 

VII

 

Cuando amaneció, Andrés ya había recogido su saco, había cortado un trozo de pan y un trozo de queso para cada uno y había salido a la calle para ver el amanecer, digno de fotografiar. Allí esperó a que la luz del día iluminara el cielo azul, para después coger el cuaderno y escribir en él un resumen de lo vivido el día anterior. Al acabar, entró en la cabaña y llamó a Pepe, que dormía profundamente como un niño pequeño.

 

-¿Pepe? –el anciano abrió los ojos, miró a su alrededor con asombro y se llevó las manos a la cabeza para alisarse el poco cabello que lo poblaba.

-Buenos días, amigo. ¿Qué tal ha pasado la noche?

-¿Quién es usted? ¿Por qué está en mi casa?

-Soy Andrés, su amigo y esta no es su casa, pero pronto llegaremos a ella. Venga, levántese, que nos vamos a poner en marcha en cuanto comamos un poco.

 

Llegaron a Campollano pasadas las doce del mediodía.

-A ver, Pepe, ¿dónde vive usted?

 

Pepe se detuvo, miró a un lado y a otro de la calle y se puso en marcha de nuevo. Andrés lo seguía, observando todos los movimientos del hombre. Éste se paraba de vez en cuando y se fijaba en cualquier cosa: en una puerta, en una ventana, algo que pudiera aportarle alguna pista que le hiciera recuperar la memoria, al parecer ausente.

En un cruce de dos calles Pepe se paró, miró a un lado y a otro sin saber por la que seguir. Andrés tampoco conocía el lugar. Preguntó a un muchacho dónde podía encontrar a la policía municipal y una vez informado, cogió a su protegido del brazo y se dirigió hacia la comisaría.

El policía que los atendió, tomó nota y consultó algo en el ordenador. En la pantalla apareció la fotografía de Pepe.

 

-Aquí está, hace dos días que lo estamos buscando. ¿Dónde lo ha encontrado?

-Lo encontré ayer a primera hora de la tarde en el camino de las laderas. Me dijo que había ido a ver a sus padres, entonces comprendí que estaba perdido, pero no me sabe decir dónde ni con quien vive.

-Déjeme su D N I, por favor.

 

Andrés sacó su cartera y de ella el carnet de entidad. El policía anotó los datos y se lo devolvió de nuevo.

-Espere aquí, voy a dar el aviso.

 

El agente entró en un despacho y después de unos minutos salió con nuevas órdenes.

-Dentro de pocos minutos estará con su familia, un coche patrulla lo llevará a su casa. ¿Usted querrá acompañarle?

-Sí, por favor.

 

Media hora más tarde, Pepe se hallaba entre los brazos de su hija que lo abrazaba fuertemente con lágrimas en los ojos y la alegría de haberlo encontrado sano y salvo, reflejada en su rostro.

 

-¡Gracias a Dios que ha vuelto! ¿Cómo estás, papá? ¿A dónde has ido y por qué no me dijiste que te ibas? Ay, papá, qué susto me has dado, pensaba que no volvería a… -la mujer, no podía contener el llanto producido por el temor a perderlo. Cuando se recuperó de la emoción, se dirigió a su acompañante para agradecerle el gesto bondadoso de llevarlo hasta su casa, y la molestia de haber interrumpido su marcha.

-No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mi padre.

-No tiene importancia, usted también lo habría hecho por el mío, o por cualquier otra persona, ¿no?

-Claro que sí, pero es que lo he pasado tan mal… que el verlo otra vez sano y salvo, cuando había perdido la esperanza… Eso no se paga con dinero. Perdone, no le he ofrecido mi casa. Pase y siéntese, por favor. Voy a preparar algo para comer.

 

Durante la comida, Andrés entabló conversación con la mujer. Esta, le habló de la enfermedad de su padre y de lo que le preocupaba la pérdida de memoria. Él le contó que iba de viaje y que lo hacía a pie.

 

-Esta tarde ya no le da tiempo para llegar a Villa Verde de los Lagos, eso está a 30 kilómetros de aquí y ya es media tarde, así que yo le sugiero que duerma en mi casa, descanse y mañana salga a primera hora.

-¿Y cómo es que va a pie?

-Bueno, son cosas de la vida. Digamos que es una promesa.

 

Ya en la sobremesa, la mujer no dejaba de pensar en aquel misterioso joven y en su empeño en viajar andando, entonces sacó 50 euros y se los ofreció.

-Tenga, joven, para que se tome algo en su viaje a la salud de mi padre.

-No, no, ni hablar. Si lo he traído hasta su casa no ha sido para que me pague, sino por humanidad. No podía dejarlo desamparado, perdido e indefenso. Guárdese el dinero, por favor.

-Pero si esto no es pagarle, lo que ha hecho no tiene precio ni yo tengo suficiente dinero para ello.

-No se hable más, Adela, con la comida que acabo de digerir ya me ha pagado con creces. La sopa me ha resucitado, y los filetes… qué decir de ellos, todo estaba riquísimo. Si quiere pagarme –el joven se levantó para dirigirse a donde reposaba su mochila, sacó el cuaderno y volvió a la mesa con él en las manos- deje constancia de mi visita a su casa y de lo ocurrido en este cuaderno, podría ser que algún día me sirva de mucho.

-¿En qué le puede servir que yo le de las gracias por escrito?

-Qué se sabe… Si alguna vez escribo mis memorias… -Andrés rio simpático y ella le imitó mientras firmaba después de escribir unas breves palabras.

-Ande, siéntese en el sofá junto a mi padre, mientras yo le preparo la cama.

-No se moleste, por favor, yo duermo en cualquier sitio con el saco, aquí mismo, o en la cochera.

-¿En la cochera? ¡Ay, qué cosas dice usted, Andrés! La cochera es para los coches además de un montón de trastos que tengo en ella, que por cierto, lo tengo todo por medio. Lo estaba ordenando cuando desapareció mi padre y sigue todo de la misma manera que lo dejé para salir en su busca. Me puse tan nerviosa y tan preocupada que no he vuelto a entrar.

-Me alegro que no lo haya recogido todavía, así le ayudo yo. Vamos, dígame dónde está y lo que quiere hacer.

-Usted está cansado, no puede ponerse a trabajar cuando lo que tendría que hacer es descansar.

-No se hable más, Adela, cuanto más tiempo dejemos pasar, más tarde se hará, así que vamos a empezar.

 

La llegada de Andrés con Pepe en aquella casa, para Adela fue una bendición de Dios. Además de recuperar a su padre después de creerlo muerto, tuvo la recompensa de su ayuda con la que ordenó y limpió todo dejando cada cosa en su lugar.

El joven, haciendo oídos sordos a la protesta de Adela, cogió su equipaje y lo colocó en un rincón de la cochera.

 

-¡Pero cómo vas a dormir en el suelo, hombre, hazme caso!

-Aquí voy a dormir divinamente, se lo aseguro.

 

La mujer buscó, de entre los objetos que almacenaba en otro rincón, una colchoneta y se la ofreció acto seguido.

-Toma, pon esto debajo del saco que algo te protegerá.

 

Después le preparó una bolsa con bocadillos y fruta y se despidieron, ya que Andrés reanudaría su viaje al ser de día.

Antes de apagar la luz, sacó de la mochila la fotografía y la colocó junto a su cabecera, al tiempo que susurraba en voz baja:

 

No hay astros que brillen más

que la estrella de tu rostro,

la luna de tu boca

y los luceros de tus ojos.

 

Adela, extrañada, lo observaba por una rendija de la puerta.

 

Piedad Martos Lorente

 

14 comentarios:

Piedad dijo...

Hola, amigos y amigas.
Feliz mes de septiembre. Aquí vengo con otro capítulo de nuestro amigo Andrés, que sin duda tiene muchas cosas que contarnos, pero tenemos que esperar al próximo.
Gracias a todos y a todas por vuestro interés y comentarios.
Os dejo un grato abrazo y el deseo que todo vaya bien.

ETF dijo...

Piedad, qué placer seguir este camino tuyo que avanza con calma y con humanidad. En este tramo, Andrés vuelve a mostrarse como ese hombre que no solo ayuda, sino que sostiene, acompaña y comprende. La escena del amanecer, con él escribiendo en su cuaderno antes de despertar a Pepe, tiene una serenidad que prepara muy bien lo que viene después.
La llegada a Campollano está narrada con una sensibilidad enorme: ese deambular de Pepe buscando señales, ese cruce donde ya no sabe por dónde seguir, y la decisión de Andrés de acudir a la policía, siempre atento, siempre respetuoso. El reencuentro con la hija es precioso, lleno de emoción contenida y de verdad, y ahí tu pluma se vuelve especialmente cálida.
Me ha gustado mucho cómo construyes la relación entre Adela y Andrés: la gratitud, la sorpresa ante ese joven que viaja a pie, la hospitalidad sincera, y ese gesto tan bonito de escribir en el cuaderno. Y luego la escena de la cochera, con él empeñado en ayudar y ella intentando cuidarlo, es de una humanidad que se agradece.
El cierre, con Andrés recitando esos versos en voz baja y Adela observándolo sin ser vista, deja una luz íntima que acompaña al lector.
Un fuerte abrazo, Piedad.

Juvenal Nunes dijo...

É o que se ghama fazer o bem sem olhar a quem.
Abraço de amizade.
Juvenal Nunes

Marina Filgueira dijo...

Ay, Piedad, que preciosidad de relato con Andrés viajando y sembrando la mejores semillas, la bondad y todo el buen hacer en la vida. Una buena lección. Me enamora ese susurro a su bella dama. La verdad es que me es super placentero, leerte.
Miles de gracias por todo lo que compartes, amiga.
Un larga abrazo y toda mi admiración.

Feliz septiembre, mi buena amiga.

Campirela_ dijo...

Genial Andrés, cada vez me gusta más su manera de ver y sentir la vida.
Gracias, Piedad por otro nuevo capítulo.
Das esperanza del buen corazón de las gentes
Y esa memoria olvidada que nos marca la vida.
Un fuerte abrazo 🙋😘😘🤗🌹

J.P. Alexander dijo...

Uy que romántico capítulo me sacaste un suspiro. Son muy tiernos Adela y Andrés. Te mando un beso.

Mari Carmen dijo...

Hola Piedad, bien hallada, paso a saludarte t darte un gran abrazo.
Las vacaciones este año han sido largas, me estoy poniendo al día y me llevará un tiempo. Voy atrasada en los comentarios, Blogue nos sigue fastidiando.

Hasta pronto, muchos besos.

J.P. Alexander dijo...

Buen fin de semana. Te mando un beso.

Teo Revilla Bravo dijo...

Piedad, qué placer volver a leerte tras estos meses fuera de toda actividad. Una lectura que despierta los sentidos. Gracias y un fuerte abrazo, ya de regreso de las largas vacaciones.

Manuel dijo...

Que bonito como narras la llegada al pueblo y el reencuentro de Pepe con su familia, además de los gestos generosidad y bondad de Andrés, y las sencillas y entrañables conversaciones con Adela, que siempre le estará agradecida.
Yo, tu, me lo iba pensando el escribir con esta historia una preciosa novela...Ahí lo dejo.
Un fuerte abrazo, amiga Piedad.

Patricia Palleres dijo...

Qué hermoso escribes querida Piedad. Te dejo mis saludos cordiales.
Pat

Conchi dijo...

Hola q y me encuentro uerida Piedad, pasadas mis vacaciones blogueras, paso a saludarte con el capítulo 7 de tu narración, no he leído, porque prefiero comenzar desde el 1 que ya los iré leyendo. Espero que estés bien.
Abrazos y feliz septiembre.

Ernesto. dijo...

Excelente semana, Piedad.
Buen día por Igualada.
Abrazos.
PD: A un fabricante de jerseys de esa zona le compraba para mis tiendas, de entonces, sus géneros. Si fuese hoy, quedaríamos tú y yo a tomar un café. :)))))

Teo Revilla Bravo dijo...

Un abrazo, apreciada Piedad, y buen martes.