domingo, 11 de febrero de 2018

EL GATO MOJINES Y SUS AVENTURAS, TERCERA PARTE

 

CAPÍTULO 3: PATINAJE ARTÍSTICO

 

El gato Mojines

se levanta muy temprano,

se lava la cara con la mano

y se pone los patines.

 

Sale a pasear y, como siempre,

saluda a sus amigos

simpático y sonriente.

 

Se encuentra con un ratón

que ha salido a tomar el sol,

se detiene y lo saluda

con educación.

Pues aunque para él es un desconocido,

lo trata como a cualquier amigo.

Buenos días amigo ratón,

encantado de conocerte

y de tenerte...

 

El ratón, no responde

a tan gentil gesto

y, asustado, huye y

desaparece en un momento.

 

Mojines se sorprende

porque la actitud del ratón

no comprende.

¿Qué le pasa?

¿De qué se ha asustado?

¿Se quemará su casa?

¡Ha salido disparado!

Voy a dar una vuelta a ver qué veo,

igual necesita ayuda…

aunque no lo creo.

¿Seré yo el causante de su miedo?

Los gatos tenemos mala fama,

pero si yo no me meto con nadie…

nunca hago nada…

Nada que no se deba,

porque si él está en peligro,

aquí está mi menda…

Para lo que pueda servir,

que yo, haciendo bien,

me siento feliz.

 

Y eso hizo,

el gato dio una vuelta

por el recinto.

Al principio no vio nada

pero después divisó una caravana.

Hacia ella se dirigió,

con la esperanza de ver algo nuevo.

Era un espectáculo

que venía de otro pueblo.

¡Caramba, si tenemos fiesta en el barrio,

no lo sabía!

–exclamó dirigiéndose al lugar

con alegría.

 

Sí, allí estaba la última moda,

una pista de hielo que tanto mola.

Se abrió paso entre los espectadores

comprobando que entre ellos,

había un grupo de ratones.

 

También había un quiosco

de refrescos y golosinas,

y un puesto donde alquilaban

patines en la otra esquina.

Todos hacían cola

para entrar en la pista

y deslizarse por el hielo

como hacen los artistas.

 

Los perritos, Perla y Cascabel,

cogidos de la mano,

comenzaron a patinar

por el suelo helado.

Socorrooo, gritaba ella

sin poderse detener,

tirando con fuerza de

la mano de Cascabel.

 

Era muy divertido,

aunque a Cascabel

le costaba mantener el equilibrio.

Nunca había patinado

y llevando a Perla de la mano…

¡Uf, qué pesado!

Cuando acabó su turno,

aplaudieron los espectadores

y ellos salieron triunfantes

como dos campeones.

 

Después entró un pato

de blanco plumaje,

con el pico dorado,

todo él muy elegante.

Se movía como una pluma en el aire,

equilibrando sus pasos sin esforzarse.

En la pista quedó solo,

sin nadie que entorpeciera

los movimientos

de su cuerpo con piruetas

como movidas por el viento.

De nuevo aplaudieron

al acabar su exhibición,

por el espectáculo ofrecido

digno de admiración.

 

Ahora toca el turno

a un cerdito gordinflón,

que desde hace rato espera

con impaciencia hacer su demostración.

Así, con el rabo enroscado sobre el lomo,

todo él muy erguido y dispuesto,

arrastra sus patines alegre y contento.

Pronto empezó el espectáculo

y la sonrisa del cerdito

se convirtió en sabor amargo.

De pronto pegó un chillido

pidiendo socorro,

el cerdito no podía

con su cuerpo tan gordo.

La falta de experiencia

desequilibró su patinaje,

cayendo al hielo

sin poder levantarse.

Se da la vuelta,

se pone de rodillas,

al ponerse en pie cae de nuevo

y con el hielo se golpea la barbilla.

Venga, vamos

–gritan los de fuera-,

levanta el rabo

y empina las orejas.

El cerdito contestaba:

– Si de esta me salvo y no muero,

no quiero más pistas de hielo.

– Venga, hombre, no te rindas,

que eso le pasa a cualquiera,

la próxima vez

tendrás más experiencia.

Él lo vuelve a intentar,

pero el hielo cada vez

resbala más.

Aunque mucho se esforzaba

no había manera,

así que arrastrando el pesado culo,

de un impulso saltó a la acera.

¡Por fin!

Tenía el lomo helado

y la mirada triste…

¡Se sentía avergonzado!

 

Al momento, el espectáculo continuó

y al ratón el turno le tocó.

Éste, con su pandilla,

patinaba como loco

de orilla a orilla.

Se deslizaban con facilidad  en el aire,

bailaban y hacían piruetas

como hacen los profesionales.

Mas de pronto,

pasó algo inesperado.

– ¡Un agujero en el hielo

a los ratones se los ha tragado!

–gritaba el público horrorizado-.

¡Qué pena y qué dolor,

entre esos bloques de hielo

ya no tienen salvación!

 

La lucha del cerdito

por levantar su cuerpo pesado,

ha hecho que el hielo

se haya ablandado.

Todos gritaban

pero nadie corría al lugar,

pues les faltaba experiencia

para poder ayudar.

Mojines, voluntario como siempre,

se mete en la pista

y en el socavón se detiene.

Los ratones, al descubrir

la presencia del gato,

corren y gritan con horror y espanto.

No tengáis miedo,

gritaba el felino,

yo solo quiero ayudaros

y ser vuestro amigo.

Entonces, los ratones callaron sus voces

y esperaron aliviados a ser rescatados.

El gato buscó una escalera,

la introdujo en el agujero

y ordenó a los roedores

que de allí salieran.

Uno tras otro por la escalera subieron,

saludaron a Mojines

y las gracias le dieron.

Entonces, él también

quiso sentir la emoción

de patinar sobre el hielo

al son de una canción.

Bailaba al compás de la música

sin esfuerzo aparente,

mientras oía los aplausos

fervorosos de la gente.

¡Qué agilidad!

¡Qué sabiduría!

La inteligencia de aquel gato,

en el barrio nadie la conocía.

Los ratones, recuperados de la tragedia,

reanudaron la diversión en la feria.

Invitaron a Mojines

con mucho respeto y educación

a tomar unas tapas

de chorizo y jamón.

Él, agradecido por el detalle,

aceptó con mucho gusto

y conversó con ellos

mientras paseaban por la calle.

 

Al día siguiente,

Mojines se sorprendía,

al leer en la prensa

lo que de él se decía.

He aquí un felino bondadoso,

que salva a un grupo de roedores

de morir en un pozo.

Los gatos, que de por sí,

tienen mala fama con los ratones,

Mojines ofrece su ayuda

al que está en peligro

sin mirar raza ni condiciones.

 

Y así, de esta manera,

nuestro amigo se hizo famoso

porque todos supieron como él era.

 

Piedad Martos Lorente

 

 

(9 de mayo de 2016)

 

 

domingo, 28 de enero de 2018

EL GATO MOJINES Y SUS AVENTURAS, SEGUNDA PARTE

 

CAPÍTULO 2: LA TORMENTA

 

Cascabel es un perro joven,

guapo y presumido

que pasea con arrogancia

por el barrio donde ha nacido.

 

Antes de salir a la calle

se mira en el espejo,

se da media vuelta derecho y tieso,

se relame el hocico

y se ríe al pensar que, como él,

no hay otro perrito.

 

Se coge la cola

y se vuelve a mirar,

da dos pasos hacia adelante

y dos hacia atrás.

Cambia de gesto,

saca la lengua,

enseña los dientes,

levanta las orejas

y se mira de frente.

 

Soy guapo y vanidoso,

cuanto más me miro

me veo más hermoso.

Me he enamorado de Perla,

a ver si ella me acepta por esposo.

 

Y así, con aire de grandeza,

se va en busca de su enamorada

que, ante su belleza,

se queda embobada.

 

Se encuentra con el gato Mojines

que pasea con sus patines.

 

Cascabel lo mira desafiante

y se abalanza hacia él

con intención de echarle el guante.

 

Mojines arquea el lomo,

levanta el rabo,

lo mira y sale disparado.

 

¿Qué le pasa a Cascabel?,

se pregunta Mojines,

¡no me puede ver!

Yo siempre lo saludo,

le hablo con educación

y él me enseña los dientes

y me mira con traición.

 

Cascabel se siente el rey del Universo,

todas sus amigas le piden un beso.

Coquetean con él las hembras de su raza,

pero, él a todas les da calabaza.

 

Él quiere a Perla, la hembra más fina

y distinguida que por allí pasa.

Perla y Cascabel hacen buena pareja,

se quieren y se llevan bien y

él, de ella, nunca se aleja.

 

Un día, él le dijo:

-Perla, perrita mía,

¿te apetece dar un paseo

con este día tan romántico

a la verita mía?

 

-Ay, Cascabel,

lo que hace el amor,

está a punto de llover

y tú con esa ilusión.

No me quiero mojar el pelo,

que luego huelo mal

y me gusta estar bella

para cuando nos vayamos a casar.

 

-No te preocupes, mi amor,

tengo un paraguas

que nos cubre a los dos.

Y cogiditos por la cintura,

te diré piropos bonitos

mientras paseamos bajo la lluvia.

 

Así lo hicieron,

los dos enamorados

por el sendero pasearon.

Se cruzaron con Mojines

que volvía de regreso.

Este, al pasar por su lado,

los saluda con respeto.

 

-Hola, parejita,

os vais a mojar,

la tarde se pone fea

y llueve sin cesar.

 

Cascabel le planta cara,

levanta las orejas,

enseña los dientes

y parece comérselo con la mirada.

 

Mojines se detiene

y a Cascabel le pregunta,

ya que no entiende

el porqué de su conducta.

 

-Cascabel,

¿por qué me enseñas los dientes

cada vez que me ves?

Yo no me meto contigo,

soy buen gato que ayudo a mis vecinos.

 

-Porque me divierte verte correr.

-Pues tu actitud me asusta,

parece que me quieras morder.

-De buena gana lo haría,

pero vete y no molestes mi paseo,

¿no ves que estoy con mi querida?

-Perdona si te he ofendido,

con ella lo pases bien,

que yo me retiro.

 

Bajo el paraguas,

Perla y Cascabel

felices hablaban

y, entre besos y risas,

de su casa se alejaban.

La lluvia caía con ímpetu,

el viento soplaba fuerte

y allí donde estaban,

no había nada donde protegerse.

Cascabel se acordó

del consejo de su vecino,

aunque él se ofendió

y lo tomó por un enemigo.

Cogidos del paraguas

intentaron regresar,

pero éste subía por los aires

por la fuerza del temporal.

El paraguas se elevaba

y la pareja, con él, volaba.

Al principio lo encontraban divertido,

pero después Perla exclamaba en un chillido:

 

-¡Ay, Cascabel, amor mío!

Nos matamos,

¡el viento nos lleva al río!

 

-Cógete fuerte al paraguas,

mi vida, no te vayas a caer,

que cuando cese la tormenta

bajaremos otra vez.

 

Cada vez soplaba más el viento,

el paraguas parecía un globo

aerostático aunque sin cesto.

La pareja estaba en peligro,

de eso no había duda.

Mojines, desde su refugio,

contemplaba la escena con amargura.

A pesar de que Cascabel

siempre lo miraba mal,

le daba pena verlos sufrir

sabiendo que, en cualquier momento,

la pareja podría morir.

 

-Sé que le caigo mal

a ese perro orgulloso

y, total, él no es mejor que yo,

aunque se vea más hermoso.

Yo podría salvarles la vida

poniendo la mía en peligro…

¿Y si después me asusta

y se divierte conmigo?

¡Ay, Dios mío, no sé qué hacer,

el viento los sacude y van a fallecer!

 

Sin apartar la mirada,

el gato se afrenta a un dilema.

En su interior suena

la voz de su conciencia:

haz bien y no mires a quién.

 

Se frota las manos

y se pone en marcha

sin pérdida de tiempo,

busca en su cabaña

el material que precisa

para el salvamento.

Un chubasquero,

una cuerda que ata a su cintura

y rápidamente se sube

al árbol de más altura.

Se sujeta a él con ella

y hace un lazo en el otro extremo,

lanzándolo al paraguas

que sube al cielo.

 

Mojines grita energético:

-¡Perla, Cascabel, sujetaos bien!

¡Voy a tirar de la cuerda

para traeros al árbol

y, si lo consigo, estáis salvados!

 

Cascabel no podía creer

lo que sus ojos estaban viendo.

Mojines, en medio de la tormenta,

por ellos estaba sufriendo.

 

Empezó la lucha

entre el gato y el viento,

¿quién podrá más, la astucia del gato

o la fuerza de la tempestad?

Mojines de la cuerda tiraba,

que enganchada del paraguas,

al árbol doblaba.

El gato se tambalea,

casi pierde el equilibrio,

los perros, en el aire,

son conscientes del peligro.

 

La lucha se hace intensa,

el viento racheado

dificulta el rescate,

y el paraguas, elevado,

no hay quien lo alcance.

Pero Mojines no se rinde,

su condición de servir a los demás

no lo abandona,

manteniéndose firme

en lo alto de la copa.

Tira de la cuerda

con las dos manos,

se le escapa una pata…

¡Suerte que está atado!

 

Por fin vence al viento,

el paraguas desciende altura

y el gato se siente contento.

 

Los perros llegan al árbol,

el gato ata sus cuerpos con la cuerda

y, tirando de ella, baja a tierra.

Se desliza con sus patines

sobre el suelo mojado,

con la cuerda atada a su cintura,

remolca a los enamorados.

El viento no cesa,

los tira al suelo

y se golpean la cabeza.

 

Mojines, con sus patines,

tiene mucha maña

y, aunque el viento lo cimbrea,

logra llegar a su cabaña.

Atiende a Perla,

que del susto se ha desmayado.

Cascabel tirita de frío

y se siente emocionado.

¡Gracias a Dios,

los tres se han salvado!

 

Después de la tormenta llega la calma,

Cascabel organiza una fiesta

y adorna la plaza.

Pone una foto de Mojines,

cuelga cintas de colores

y en todas las esquinas

pone ramos de flores.

 

Quiere homenajear a su vecino,

el gato que sus vidas salvó

y que sepa el barrio entero,

que no existe un felino mejor.

 

Piedad Martos Lorente

 

(26 de enero de 2016)