domingo, 22 de abril de 2018

EL DUENDE DE MI CASA

Este humilde rincón, hoy cumple diez años de vida. Diez años en los que he conocido virtual y personalmente a muchas personas con las que mantengo una gran amistad.
Muchas otras pasaron de paso y desaparecieron, pero otras siguen estando ahí, siempre pendientes de mí y dándome su ayuda siempre que la he necesitado.
 
A todos y a todas, muchas gracias por vuestras visitas y comentarios llenos de buenos deseos.
 
Que Dios os bendiga.
 
Ahora os dejo con Felisa y su duende.
 
 

SEGUNDA PARTE

 

"Ay, Gregorio, amor de mi vida. Si supieras cuánto me acuerdo de ti."

 

Felisa sostiene la fotografía en una mano, mientras con la otra quita el polvo del mueble.

"¿Sabes una cosa? Hoy hace mal tiempo. Parece que va a nevar según está el cielo. Así estoy yo… no tengo ganas de nada. Me siento decaída y tengo los ánimos por el suelo. Estoy muy triste. Si al menos tú estuvieras aquí conmigo, las cosas las vería de otra manera. Pero así, todo lo veo muy negro… quiero decir… no sé lo que quiero decir, solo eso, que no sé lo que me pasa. Seguro que serán los nervios que se apoderan de mí. Ya soy mayor y todo me pesa mucho.

¿Te acuerdas de Clemencia, la vecina que teníamos al lado que tenía una hija que se llamaba Pilar…? Bueno, se llamaba y se llama. Sus padres murieron unos años después que tú, pero Pilar vive en la casa de sus padres. Pues esa muchacha, Pilar, está siempre pendiente de mí, que no me falte de nada. Me compra lo que necesito y me hace compañía muchas veces para que no me sienta tan sola. Ahora quiere que vaya al médico porque dice que no es normal que se me olviden las cosas. Que no es que se me olvidan, sino que hay un duende que me esconde todo, como ya te he dicho.

Le voy a atar otra vez los huevos al diablo y no se los voy a desatar hasta que no encuentre todo lo que se me ha perdido.

¡Ay, Gregorio, si ya está nevando! ¡Tenía que haber ido a comprar el pan y se me ha olvidado!"

 

La mujer contempla sin parpadear a través de la ventana como caen los copos de nieve, que ya van cubriendo los tejados. En ese instante suena el timbre de la puerta. Felisa deja la fotografía sobre el mueble y sale a abrir.

 

-Buenos días, Felisa. Le traigo el pan, porque seguro que no tiene.

-Ay, Pilar, qué buena eres. Claro que no tengo. Quería ir a comprar, pero me he puesto a quitar el polvo y hablando con mi marido se me ha ido el santo al cielo.

-Mire, Felisa, deje a su marido que descanse en paz y no le de la lata con sus cosas. Lo que tiene que hacer usted es ir al médico y trabajar las neuronas.

-¡y cómo voy yo a trabajar las neuronas?

-Muy sencillamente. Aquí le he traído un puzzle para que lo monte. , así que ya tiene trabajo para un rato. Cuando vuelva lo quiero ver acabado.

-Gracias, Pilar.                                                                       Si no fuera por ti…  qué sería de mí. Espera, voy a pagarte el pan y el puzzle. A ver si tengo dinero, porque el duende de mi casa me ha escondido el monedero.

-Felisa, que aquí no hay duendes. Seguro que lo tendrá en algún cajón y ya no se acuerda.

-No, no está en ninguna parte porque lo he buscado muy bien. Pero es que además del monedero, también me han desaparecido los pañuelos, la ropa interior… y lo que más siento, es que también se me ha perdido la fotografía que nos hicimos mi marido y yo cuando éramos jóvenes.

-Busque bien en los cajones, Felisa. Verá que saldrán de cualquier sitio.

-Claro que tienen que salir, si le he atado los huevos al diablo.

-Mujer de Dios, que eso son leyendas de otros tiempos. No me vaya a decir que usted cree en esas cosas.

-Claro que creo. Cómo no voy a creer si a mí me da resultado. Anda, Pilar, siéntate ahí, que voy a buscar en el bolso que tenía unas monedas.

 

Pilar obedece y se sienta en el sofá. Al apoyarse en el respaldo del asiento notó algo duro y abultado.

-Felisa, ¿qué tiene usted aquí?

-¿Qué hay?

-No sé. Algo duro.

-A ver, déjame mirar... ¿Qué es esto?

 

Felisa abrió la cremallera del cojín, introdujo la mano cuidadosamente por detrás de la espuma, y sacó una caja que había pertenecido a una camisa de dormir. La abrió y, ¡sorpresa! Allí estaban los pañuelos blancos que ella había bordado en su juventud, la fotografía que tanto amaba y el monedero.

 

-Pilar, tienes razón. Tengo que ir al médico. Estoy perdiendo la memoria. Ahora recuerdo que los escondí aquí temiendo que me robaran. Como hay tantos ladrones por ahí…puesss…

 

 

Piedad Martos Lorente

 

28 de febrero de 2018

 

domingo, 8 de abril de 2018

UN RELATO NUEVO

EL DUENDE DE MI CASA

 

"Ahora sí creo de verdad, que en mi casa hay duendes, estoy segura de ello, porque si no es así, ¿Dónde están mis gafas? Anoche, cuando me acosté las dejé aquí, en la mesilla de noche, y ahora no están. Voy a ver si las he dejado en el cuarto de baño cuando me he duchado.

 

Aquí tampoco están. No están en ninguna parte."

 

La anciana Felisa, da vueltas por la casa buscando las gafas. Se detiene delante de un mueble, en el cual, descansa un marco con una fotografía de un hombre de avanzada edad. Lo toma en sus manos y le habla:

 

"Ay, Gregorio, amor de mi vida, qué sola estoy desde que te fuiste. Y lo peor de todo, es que me quitan las cosas. ¿Tú no has visto ningún duende por aquí? Ayer me quitaron el monedero, hoy las gafas. Y, claro, sin ellas es que no veo nada. ¿Te acuerdas de aquella fotografía que nos hicimos cuando éramos jóvenes y  que a mí tanto me gustaba? Pues el otro día me la quitaron. Tengo tanta pena que me dan ganas de llorar… ¡Con lo guapos que estábamos! Si al menos, tú estuvieras aquí, me echarías una mano para buscar ese duende que me está martirizando escondiéndome todas mis cosas. Hasta la ropa interior me la quita.

Le voy a atar los huevos al diablo, a ver si él me encuentra las cosas que más quiero."

 

Felisa se retira del mueble y se dirige a la habitación, con la intención de coger un pañuelo y atarle los huevos al diablo. Abre el cajón de la mesilla donde los guarda pero estos han desaparecido. Los pañuelos blancos que ella bordó cuando era joven con sus iniciales, no están en el lugar de siempre.

 

"¡Maldito duende, me estás amargando la vida! Te has llevado mis pañuelos… me estás quitando todos mis tesoros, todo lo que más quiero, los recuerdos más bonitos de mi juventud."

 

La mujer se dirige a la cocina, coge un paño de algodón de los que usa para secar los cubiertos. En una punta hace dos nudos. Primero hace uno Bien apretado y, al lado de este, hace el segundo, usando  toda su fuerza y rabia, mientras formula una frase:

"Diablo, diablo, los huevos te ato. Hasta que no encuentre mis gafas, no te los desato."

 

 Es tan grande la pena que siente, que no puede reprimir el llanto. Sus lágrimas se deslizan por su rostro afligido. Se mete la mano en el bolsillo de la bata para coger un clínex, y… ¡Sorpresa! La expresión de sus ojos lo dicen todo. ¡Las gafas han aparecido!

 

Piedad Martos Lorente

 

 

domingo, 25 de marzo de 2018

LA NATURALEZA Y YO

ENTRE CEREALES Y OLIVOS

 

En el campo fui criada,

crecí entre flores silvestres,

pajarillos y mariposas

y bebí agua de la fuente.

 

Me bañé en el remanso del río

con los pececillos a mis pies,

era libre como las aves

porque podía correr.

 

En las noches estrelladas

jugaba con mis amigos,

nunca tenía miedo

porque allí no había peligro.

 

Mas de pronto fui agredida

por la amenaza del destino,

que oscureció mi vida

al cruzarse en mi camino.

 

Me quitó las flores silvestres,

los pajarillos y mariposas,

los pececillos del río

y todas las cosas hermosas.

 

Apagó la luz de las estrellas,

el día lo hizo opaco,

me robó la libertad

y en mi andadura puso obstáculos.

 

Pero nunca me vio caer

ni lágrimas derramar,

soy alma que lucha

por la autonomía personal.

 

Soy corazón que ama,

que sufre y vive por los demás,

soy alumna de la vida

que me enseña sin estudiar.

 

Allí no había colegio

ni examen pendiente,

había educación y respeto

y unos padres por docentes.

 

Por eso quiero aprender,

ampliar mis conocimientos,

saber hoy más que ayer

para orgullecer mis sentimientos.

 

Porque fui criada en el campo

entre cereales y olivos,

como las flores silvestres

y los almendros floridos.

 

 

Piedad Martos Lorente

 

(20 de febrero de 2018)

 

domingo, 11 de marzo de 2018

TAN REAL COMO LA VIDA MISMA

LA VOZ DEL DESTINO.

 

Un día, el destino, fiel a su deber de no dejar a nadie sin visitar, pasó lista a los seres que habían sido concebidos, para colgarles la etiqueta que tendrían que llevar durante su andadura por la vida. Se paró a conversar con uno de ellos que ya se preparaba para iniciar su llegada.

 

-Eh, tú, despierta. Pronto llegarás a la vida.

-¿A la vida? ¿Qué es eso?

- La vida es… Bueno, eso lo sabrás cuando llegues a ella. Nacerás y serás un ser más en la tierra. Serás niña, tendrás el cabello castaño oscuro, ojos grandes y tez fina y tierna. Serás muy querida por todos aquellos que te rodeen  y, tú debes ser dulce, alegre y obediente en todo. Crecerás entre la naturaleza y serás una criatura sana.

-¿Qué es la naturaleza?

-La naturaleza es algo muy hermoso que tienes que saber respetar y cuidarla igual que  te cuidarán a ti. Con mucho amor porque ella nos da la vida.

-Pero si no me explicas cómo es, yo no la conoceré.

-Sí, porque vivirás con ella. Vivirás en el campo entre plantas, árboles, cereales, flores, mariposas, pájaros, todo ello muy bonito. Tendrás dos piernas fuertes para correr y jugar, dos brazos para abrazar, dos manos para coger flores y dos ojos para ver los colores, los astros del cielo en la oscuridad de la noche  y la belleza que te rodee hasta el horizonte. No tendrás juguetes pero serás una niña muy feliz. Y cuando hayas conocido todo lo que te he dicho, yo volveré otra vez a hablar contigo.

-Vale.

 

Así fue. A los nueve años de edad, la voz del destino se hizo escuchar y de nuevo conversó con ella.

 

-Veo que has cumplido todo lo que te dije… Dime, ¿qué te gustaría ser de mayor?

-Cuando sea mayor quiero ser peluquera. Me gusta mucho cortar el pelo… Bueno, también quiero ser modista porque cuando mi madre cose mi ropa, yo también coso y lo hago muy bien, de verdad. También lavo la ropa cuando mi mamá lava y por eso, también voy a ser lavandera.

-Muchos oficios son esos… Pero me has demostrado que tú eres capaz de hacerlo todo. Te voy a poner a prueba. Tú vas a ser cuidadora y serás admirada por todo el mundo que te conozca, porque lo harás sin vista.

 

La niña no conocía las intenciones del destino, hasta que un día algo llamó su atención. Era un objeto desconocido, que la niña cogió con sus manos después de mirarlo varias veces.

Allí estaba la clave. El destino había cumplido su objetivo, después de anunciar su propósito, al explotar el objeto entre los dedos de la pequeña llevándose con él la luz de sus ojos.

Pero aquella niña, jamás se rindió ante la oscuridad que la envolvía. La esperanza siempre le acompañaba y estaba segura que un día, los médicos pondrían fin a su noche sin estrellas. Y entonces sería modista, peluquera o lavandera, porque eso era lo que deseaba. Sobre todo, coser vestidos para las muñecas que no tenía.

 

Como siempre, el destino volvió a entrometerse en su vida manifestándole sus deseos.

 

-Serás cuidadora porque ese es mi deseo y no quiero que hagas otra cosa más, sino cuidar a personas que dependerán de ti. Tu vida trascurrirá en el hogar con la obligación de atender a los tuyos y, a pesar de tu ceguera, en ocasiones verás más que los demás porque verás con otros sentidos. Soñarás, desearás salir, divertirte, viajar… Sin embargo, pocas veces se cumplirán tus deseos.

 

La niña creció y el destino la llevó a una casa donde tendría el deber de cuidar a dos niñas y un niño de entre tres y cuatro años (los dos pequeños eran mellizos). En esa casa fue tratada con afecto y cariño, al que ella correspondió de igual modo.

 

Los niños crecieron y ella se casó con un hombre que la quería y admiraba al máximo. Entonces solo cuidaba de su casa y de su familia, pero el destino, empeñado en acompañarla, siguió tras ella.

 

-Veo que eres fuerte y pasas todas las pruebas que te pongo. Ahora te voy a poner otra un poco más difícil. Cuidarás a tu madre que quedará inválida en una silla de ruedas con otras complicaciones graves en su piel, por lo que tendrás que tener mucho cuidado al cogerla para no darle ningún golpe que pueda acarrear otras consecuencias.

 

Veinticuatro años después, el destino se impuso ante aquella mujer y sus deseos de disfrutar de la vida, empeñado en seguir poniéndola a prueba.

 

-Tu madre ha llegado al final de su camino tal y como ella deseaba, acompañada siempre y cuidada por su hija preferida, sin ningún percance destacado, así que has superado con éxito esta prueba tan difícil.

Aunque ya te haces mayor, todavía estás fuerte y tienes vitalidad suficiente para seguir cuidando, así que ahora te va a tocar ocuparte de tu marido. Su enfermedad degenerativa lo llevará por diversas etapas, pasando por la agresividad, la inmovilidad y la demencia, para quedar como un niño indefenso. Tendrás el consuelo de su amor pues, a pesar de todo, te querrá siempre derrochando cariño y dulzura y sabrá quién eres, aunque a veces no sepa decir tu nombre ni el de la familia.

Cuando termines esta prueba veremos si te pongo otra o no, pues todos dicen que ya tienes el cielo ganado… Aunque eso lo dispongo yo, que soy el destino, y nadie más. No lo olvides nunca.

 

Piedad Martos Lorente.

 

(24 de julio de 2016)

 

domingo, 25 de febrero de 2018

EL GATO MOJINES Y SUS AVENTURAS, CUARTA PARTE

CAPÍTULO 4: AL GATO MOJINES SE LE HAN ROTO LOS PATINES

 

 

Alegre y saltarín,

Mojines se dispone a salir.

Para estar en forma

primero estira una pata,

después estira la otra,

arquea el lomo

y chuta una pelota.

El deporte es divertido y sano,

así que coge la pelota con la mano,

la lanza al aire y levanta el rabo.

La pelota vota en el suelo,

él le da con la pata,

hace una pirueta

y la para con la espalda.

De pronto algo extraño

nota en su patín derecho,

se agacha para comprobarlo

y observa que éste está deshecho.

 

Mojines exclama: miau, miau.

Suspende el juego

y recoge los tornillos del suelo.

Tiene que regresar,

pues sin sus patines

no puede andar.

 

¡Qué horror,

andar descalzo,

en los pies le produce

mucho dolor!

Preocupado y dolorido

entra en su cabaña,

mira los patines

y casi le caen las lágrimas.

No entiende cómo ha podido ocurrir,

él que siempre corría,

a todo se ofrecía

y con ello era tan feliz…

Se sienta en su cama,

limpia sus pies descalzos,

después se lava la cara

y se cruza de brazos.

No deja de pensar

cómo poder hacer…

Cómo solucionar el problema

pues necesita correr.

Pensativo se pone en pie,

se asoma por la ventana

y ve a sus amigos

que pasean en caravana.

En un instante

cambia de pensamiento,

salta al suelo

y sonríe contento.

 

– Tengo una idea

–se dijo para sí–,

me apoyo en un bastón

y en la otra pata me pongo el patín.

 

Así lo hizo y,

aunque parecía cojo,

cruzó el sendero

la mar de gozoso.

Pronto alcanzó a sus amigos

que al observarlo,

apoyado en el bastón,

quedaron sorprendidos.

Al verlo de aquella manera,

todos preguntaron a la vez:

– Mojines,

¿te encuentras bien?

¿Qué te ha pasado?

¿Por qué necesitas

ir apoyado?

 

– Se me ha roto el patín

y como quería salir…

He cogido el bastón

y así no siento dolor.

Tengo los pies tan delicados,

que al andar descalzo,

las piedras se me han clavado.

Se me han hecho heridas

en la planta del pie

y si no fuera por el bastón…

¡me faltaría valor para andar sin él!

 

– Pero con el bastón,

pareces más viejo

–contestó su amigo,

el conejo-.

 

– ¿Viejo yo? ¡Mira cómo corro!

¡Mira cómo salto!

¡Con el bastón,

hasta parezco más alto!

 

Mojines salta y salta de repente,

para demostrarles a sus amigos

que él sigue siendo fuerte.

De pronto, se le tuerce el tobillo

y, al apoyar la pata en el suelo,

al patín se le rompe un tornillo.

¡Qué horror,

los patines están rotos los dos!

Los amigos rieron

al ver su cara de espanto

y el conejo le decía:

–¡Ahora no eres tan alto!

 

Pero a pesar de la risa,

todos acudieron en su ayuda,

ofreciéndole sus servicios

sin la menor duda.

 

Entre risas y risas

se oyó un balido,

que emitía la oveja

que también había venido.

– Beee… beee…

yo te ofrezco mi lana

si con ella quieres tejer

unos buenos calcetines

que te protejan los pies.

 

– ¿Tejer unos calcetines?

Gracias por tu ofrecimiento,

yo no sé tejer…

lo siento.

 

Entonces salió una araña

muy dispuesta ella,

que acababa de tejer

su tela.

– Yo me ofrezco para tejer

en mi telar

si tú me traes

el material.

 

– Aquí tienes la lana,

mi querida araña.

 

– ¡Te has cortado la lana!

-exclamó Mojines

al ver a la oveja pelada-.

Estoy tan emocionado,

que no tengo palabras

para agradecerte

que por mí te hayas pelado.

 

La oveja sonrió.

– No te preocupes, amigo Mojines,

ahora yo estoy más fresca

y tú tendrás calcetines.

 

Así fue, la araña tejió

con mucha maña

los calcetines para Mojines

y se los llevó a su cabaña.

 

– ¡Oh, qué belleza!

-exclamó, poniéndose

las manos en la cabeza-

 

Mojines cogió los calcetines,

se los puso en los pies

y al verse con ellos,

no se lo podía creer.

Eran tan suaves y bonitos,

que en lugar de calcetines

parecían zapatitos.

 

– Parece imposible

que de la lana de mi amiga

se pueda hacer

esta maravilla.

 

– Gracias, amiga araña,

por tu valioso trabajo,

cuenta con mi ayuda

cuando necesites algo.

 

Esa noche, Mojines durmió

a pata estirada,

alegre y contento

con sus calcetines de lana.

 

Piedad Martos Lorente

 

(1 de junio de 2017)

 

 

domingo, 11 de febrero de 2018

EL GATO MOJINES Y SUS AVENTURAS, TERCERA PARTE

 

CAPÍTULO 3: PATINAJE ARTÍSTICO

 

El gato Mojines

se levanta muy temprano,

se lava la cara con la mano

y se pone los patines.

 

Sale a pasear y, como siempre,

saluda a sus amigos

simpático y sonriente.

 

Se encuentra con un ratón

que ha salido a tomar el sol,

se detiene y lo saluda

con educación.

Pues aunque para él es un desconocido,

lo trata como a cualquier amigo.

Buenos días amigo ratón,

encantado de conocerte

y de tenerte...

 

El ratón, no responde

a tan gentil gesto

y, asustado, huye y

desaparece en un momento.

 

Mojines se sorprende

porque la actitud del ratón

no comprende.

¿Qué le pasa?

¿De qué se ha asustado?

¿Se quemará su casa?

¡Ha salido disparado!

Voy a dar una vuelta a ver qué veo,

igual necesita ayuda…

aunque no lo creo.

¿Seré yo el causante de su miedo?

Los gatos tenemos mala fama,

pero si yo no me meto con nadie…

nunca hago nada…

Nada que no se deba,

porque si él está en peligro,

aquí está mi menda…

Para lo que pueda servir,

que yo, haciendo bien,

me siento feliz.

 

Y eso hizo,

el gato dio una vuelta

por el recinto.

Al principio no vio nada

pero después divisó una caravana.

Hacia ella se dirigió,

con la esperanza de ver algo nuevo.

Era un espectáculo

que venía de otro pueblo.

¡Caramba, si tenemos fiesta en el barrio,

no lo sabía!

–exclamó dirigiéndose al lugar

con alegría.

 

Sí, allí estaba la última moda,

una pista de hielo que tanto mola.

Se abrió paso entre los espectadores

comprobando que entre ellos,

había un grupo de ratones.

 

También había un quiosco

de refrescos y golosinas,

y un puesto donde alquilaban

patines en la otra esquina.

Todos hacían cola

para entrar en la pista

y deslizarse por el hielo

como hacen los artistas.

 

Los perritos, Perla y Cascabel,

cogidos de la mano,

comenzaron a patinar

por el suelo helado.

Socorrooo, gritaba ella

sin poderse detener,

tirando con fuerza de

la mano de Cascabel.

 

Era muy divertido,

aunque a Cascabel

le costaba mantener el equilibrio.

Nunca había patinado

y llevando a Perla de la mano…

¡Uf, qué pesado!

Cuando acabó su turno,

aplaudieron los espectadores

y ellos salieron triunfantes

como dos campeones.

 

Después entró un pato

de blanco plumaje,

con el pico dorado,

todo él muy elegante.

Se movía como una pluma en el aire,

equilibrando sus pasos sin esforzarse.

En la pista quedó solo,

sin nadie que entorpeciera

los movimientos

de su cuerpo con piruetas

como movidas por el viento.

De nuevo aplaudieron

al acabar su exhibición,

por el espectáculo ofrecido

digno de admiración.

 

Ahora toca el turno

a un cerdito gordinflón,

que desde hace rato espera

con impaciencia hacer su demostración.

Así, con el rabo enroscado sobre el lomo,

todo él muy erguido y dispuesto,

arrastra sus patines alegre y contento.

Pronto empezó el espectáculo

y la sonrisa del cerdito

se convirtió en sabor amargo.

De pronto pegó un chillido

pidiendo socorro,

el cerdito no podía

con su cuerpo tan gordo.

La falta de experiencia

desequilibró su patinaje,

cayendo al hielo

sin poder levantarse.

Se da la vuelta,

se pone de rodillas,

al ponerse en pie cae de nuevo

y con el hielo se golpea la barbilla.

Venga, vamos

–gritan los de fuera-,

levanta el rabo

y empina las orejas.

El cerdito contestaba:

– Si de esta me salvo y no muero,

no quiero más pistas de hielo.

– Venga, hombre, no te rindas,

que eso le pasa a cualquiera,

la próxima vez

tendrás más experiencia.

Él lo vuelve a intentar,

pero el hielo cada vez

resbala más.

Aunque mucho se esforzaba

no había manera,

así que arrastrando el pesado culo,

de un impulso saltó a la acera.

¡Por fin!

Tenía el lomo helado

y la mirada triste…

¡Se sentía avergonzado!

 

Al momento, el espectáculo continuó

y al ratón el turno le tocó.

Éste, con su pandilla,

patinaba como loco

de orilla a orilla.

Se deslizaban con facilidad  en el aire,

bailaban y hacían piruetas

como hacen los profesionales.

Mas de pronto,

pasó algo inesperado.

– ¡Un agujero en el hielo

a los ratones se los ha tragado!

–gritaba el público horrorizado-.

¡Qué pena y qué dolor,

entre esos bloques de hielo

ya no tienen salvación!

 

La lucha del cerdito

por levantar su cuerpo pesado,

ha hecho que el hielo

se haya ablandado.

Todos gritaban

pero nadie corría al lugar,

pues les faltaba experiencia

para poder ayudar.

Mojines, voluntario como siempre,

se mete en la pista

y en el socavón se detiene.

Los ratones, al descubrir

la presencia del gato,

corren y gritan con horror y espanto.

No tengáis miedo,

gritaba el felino,

yo solo quiero ayudaros

y ser vuestro amigo.

Entonces, los ratones callaron sus voces

y esperaron aliviados a ser rescatados.

El gato buscó una escalera,

la introdujo en el agujero

y ordenó a los roedores

que de allí salieran.

Uno tras otro por la escalera subieron,

saludaron a Mojines

y las gracias le dieron.

Entonces, él también

quiso sentir la emoción

de patinar sobre el hielo

al son de una canción.

Bailaba al compás de la música

sin esfuerzo aparente,

mientras oía los aplausos

fervorosos de la gente.

¡Qué agilidad!

¡Qué sabiduría!

La inteligencia de aquel gato,

en el barrio nadie la conocía.

Los ratones, recuperados de la tragedia,

reanudaron la diversión en la feria.

Invitaron a Mojines

con mucho respeto y educación

a tomar unas tapas

de chorizo y jamón.

Él, agradecido por el detalle,

aceptó con mucho gusto

y conversó con ellos

mientras paseaban por la calle.

 

Al día siguiente,

Mojines se sorprendía,

al leer en la prensa

lo que de él se decía.

He aquí un felino bondadoso,

que salva a un grupo de roedores

de morir en un pozo.

Los gatos, que de por sí,

tienen mala fama con los ratones,

Mojines ofrece su ayuda

al que está en peligro

sin mirar raza ni condiciones.

 

Y así, de esta manera,

nuestro amigo se hizo famoso

porque todos supieron como él era.

 

Piedad Martos Lorente

 

 

(9 de mayo de 2016)