viernes, 15 de noviembre de 2019

OTRO CUENTO

Este cuento está galardonado con el premio "Roc Boronat" 2012 de la ONCE en Barcelona .
 
Prohibida su reproducción total o parcial, sin permiso de la autora.
 
 

CAMINO DEL VALLE

 

 

¿Te imaginas vivir en una montaña lejos de la ciudad apartada de todas las comodidades que hoy disfrutamos? ¿Sin coche, televisión, ordenador, móvil, y sin otras comodidades que no nombro? Pues Kathy y Frederic vivían en una montaña alejados de todas esas comodidades que todos disfrutamos. En primer lugar, porque en aquella época la tecnología no existía, sobre todo la informática estaba muy lejos de cualquier sueño de cualquier niño o adulto. En segundo lugar, la pobreza que envolvía a la familia le privaba vivir cómoda y dignamente.

 

Un día ocurrió algo inesperado que hizo que la madre de los niños tuviera que salir de la casa con urgencia en busca de su padre. Pero antes de partir ordenó a los pequeños que fueran en busca de su abuela que vivía al otro lado de la montaña en el Valle de los Lirios morados, un lugar precioso donde la madre naturaleza hacía crecer aquella maravilla de flores. Les preparó una mochila a cada uno con algo de ropa y comida para el viaje, ya que este duraría varias horas, y se la colgó a la espalda al tiempo que les decía:

-Os dais la mano y no os salgáis del camino para nada, el bosque es muy peligroso y os podéis perder.

-No temas, mamá, no nos pasará nada. Yo sé ir a casa de la abuelita -contestó la niña que era tres años mayor que el niño. Y cogidos de la mano, su madre los vio perderse en la distancia por el camino del bosque.

 

Durante un buen rato anduvieron montaña arriba sin dejar el sendero, tal como le prometieron a su madre hasta que algo llamó su atención. Entre los matorrales y los árboles lucía el colorido de las frutas silvestres colgando de los arbustos. Kathy sintió el deseo de coger aquellos deliciosos frutos y, sin pensarlo dos veces, se adentraron entre la maleza, arañándose las piernas y las manos con las zarzas existentes. Comieron algunas frutas y otras las guardaron en la mochila para llevárselas a su abuela, luego volvieron al camino. La espesura del bosque oscurecía la luz del día hasta el punto que parecía ser de noche. El cansancio del viaje ya se dejaba sentir en sus piernas, tanto que arrastraban las piedras del camino pues no tenían fuerzas para levantar los pies por encima de las mismas, pero recordando los consejos de su madre siguieron montaña arriba, para después volverla a bajar por el otro lado hasta llegar al valle.

Por fin, llegaron a la cima de la cordillera desde donde podían divisar la casa de su abuela situada entre la montaña y el río, que vista desde arriba parecía una casita de juguete. Frederic observó el paisaje de alrededor y exclamó:

-¡Mira, Kathy, un castillo!

-Sí, es el castillo de los encantados.

¿Por qué le llaman el castillo de los encantados?

-Porque en él se halla una princesa encantada que espera a su príncipe para que la desencante.

-Pero si el castillo está en ruinas.

-Sí, Frederic, pero eso no importa, la princesa estará en cualquier rincón, ¿No ves que el castillo es muy grande?

-Yo quiero verlo.

-No podemos ir.

-¿Por qué no podemos ir?

-Porque mamá nos ha dicho que no dejemos el camino y si empezamos a perder tiempo se hará noche antes de llegar a casa de la abuelita.

-Pues yo quiero ver a la princesa.

-¡Cómo vas a ver tú a la princesa si está encantada!

-¿No dices que está esperando a su príncipe?

-Claro, eso dicen las leyendas.

-¿Y dónde lo has leído tú, Kathy?

-Yo le pregunté a mamá y ella me dijo eso.

-Yo quiero ir al castillo y, a lo mejor, cuando me vea la princesa se desencanta creyendo que yo soy su príncipe.

-Pero no lo eres.

-Y qué se sabe, ahora no lo soy, pero si la princesa se despierta al verme después me pueden hacer príncipe...

-¿Y quién te iba a hacer príncipe, a ver, dime?

-Pues... la princesa.

-Eso no puede ser, a lo mejor cuando seas más grande pero todavía eres un niño. Y ahora date prisa, que cada vez está más oscuro.

 

Frederic levantó la mirada hacia el sol para ver el trozo que aún quedaba y vio como el cielo se cubría de nubes negras que amenazaban lluvias.

-Mira, Kathy, hay tormenta.

-¡Oh, sí, corre que nos mojaremos!

-¡Espera, Kathy, no corras, dame la mano como dijo mamá!

En aquel mismo instante, un relámpago iluminó todo el bosque y el cielo parecía que ardía en llamas y a continuación sonó un aparatoso trueno que ensordeció a los niños, desencadenando una fuerte tormenta de aire, granizo y lluvia.

Cogidos de la mano corrieron hacia el viejo castillo pero antes de llegar a las ruinas, los relámpagos iluminaban sucesivamente el cielo cubierto de nubes cada vez más negras.

Jadeantes se refugiaron en un rincón apartados de la corriente de aire, se sentaron en el suelo polvoriento acompañados por el ruido de la tormenta, pensando dónde estaría la princesa encantada.

Frederic gritó:

-¿Princesaaaaa? ¡Soy tu príncipe que vengo a rescatarte!

Y en aquel preciso instante se oyó un estrepitoso ruido que retumbó al fondo del castillo, debido a una ventana que voló por los aires movida por el viento.

-¡Ay, qué susto! -exclamó la niña.

-Hermanita, no te asustes, es una señal de la princesa. Ahora la tengo que buscar, tengo que ir a su encuentro. ¿Dónde estás princesa, amada mía? -gritaba Frederic puesto en pie mirando hacia el interior y dando unos pasos en dirección a donde se había oído el ruido-.

La respuesta fue el maullido de un gato refugiado de la lluvia igual que los niños.

-¿Has oído, Kathy? ¡Es ella! ¡Vamos a buscarla!

-No, yo no voy.

-¿Pero por qué? ¿No quieres que tu hermano sea príncipe?

-No es eso, es que yo no he oído la voz de una princesa, sino el maullido de un gato.

-No, lo que has oído ha sido la voz de la princesa, lo que pasa es que de estar tanto tiempo callada tiene la voz tomada y no sabe pronunciar las palabras. Si la encontramos entre los dos, tú también puedes ser princesa. Estoy seguro que ella no tendrá inconveniente alguno en compartir su título contigo.

Avanzaron unos pasos por la ruinosa estancia valiéndose de la luz de los relámpagos que iluminaba la sala, y con la que pudieron descubrir una escalera que subía al piso superior. Frederic, decidido comenzó a subir los viejos peldaños sin dejar de gritar:

-¿Princesa? Sé que estás ahí y vengo a rescatarte de tu encanto.

-No grites, Frederic, la princesa no te va a contestar.

-¿Y tú qué sabes? Anda, sígueme.

 

Kathy no se atrevía a dejar la escalera a su espalda, pero su hermano avanzaba por el largo pasillo salteando los escombros caídos del techo y ventanas rotas por donde entraba la lluvia con la fuerza del viento, alumbrándose por los relámpagos que todavía acompañaban a la tormenta.

-Princesaaaa. –insistía Frederic, cuando de pronto oyó unos golpes que retumbaron en sus oídos. Eran dos golpes secos: Pun, pun.

-¿Te das cuenta, Kathy? ¡La princesa existe! ¡Amada mía, hazme otra señal para que yo pueda llegar hasta ti!

 

De nuevo, dos golpes secos como los anteriores sonaron en un lado del pasillo, pun, pun. El miedo paralizó el corazón de Kathy negándose a seguir la aventura de su hermano que seguía avanzando entre las sombras de la noche que acababa de comenzar.

-Frederic, vámonos de aquí, esto no me gusta nada. Además, no se ve por dónde andamos y nos podemos caer.

-No, Kathy, yo no me voy. Mi corazón me dice que la princesa está aquí y me espera, no puedo defraudarla. ¿Princesa?

 

Cada vez que Frederic la llamaba, los golpes retumbaban en una de las salas del castillo. ¿Pero dónde se encontraba? Todo estaba tan oscuro y era tan grande que al niño le era imposible dar con ella. Tenía que esperar a que los relámpagos alumbraran el pasillo para poder continuar con la búsqueda. Parado frente a lo que en sus tiempos fuera una puerta, el niño esperaba la luz del relámpago para ver lo que había al otro lado de aquel hueco y, cuál fue su sorpresa al ver una figura humana que no se parecía en nada a la de una princesa. Vestía un hábito, no se sabía de qué color, que le cubría hasta los pies. Una barba blanca le tapaba el pecho y, por la espalda, le colgaba una larga melena del mismo color, pero sin embargo,  en la cabeza no se le veía pelo. Su imagen era tan diferente a la que él había forjado en su mente que quiso huir de allí sin pérdida de tiempo y, retrocediendo sobre sus pasos, abandonaron aquellas ruinas tropezando en todo lo que encontraban.

Bajaron la escalera casi de un salto sin atreverse a volver la cabeza, temiendo encontrar tras ellos la horrible imagen que acababan de descubrir. Si aquella era la princesa encantada, Frederic renunciaba a ser príncipe.

 

Escondidos en un rincón, amparados en las sombras de la noche, los niños hablaban en voz muy baja para que la princesa no pudiera encontrarlos.

-Kathy, ¿has visto lo fea que es la princesa? Yo creía que sería como las de los cuentos, joven y bella. Pero es vieja, sucia y feísima, tiene barbas como los hombres.

-Claro, como lleva tantos siglos encantada...

-¿Y ahora qué vamos a hacer?

-Nada, quedarnos aquí escondidos.

-Ah no, yo no me quedo aquí, no quiero que la princesa me encuentre. Ya no quiero ser príncipe ni quiero verla.

-Pues tampoco nos podemos ir porque está lloviendo mucho y, además, es de noche y no encontraríamos el camino del valle y si nos perdemos en el bosque nos pueden comer los lobos.

-Pues aquí tampoco estamos seguros.

-Pero aquí no nos mojamos y cuando sea de día nos iremos sin hacer ruido y mientras tanto podemos descansar y hasta dormir un rato.

-¡Ni hablar! ¡No quiero quedarme encantado como la princesa!

-Calla. Baja la voz que no nos oiga.

Acurrucados uno al lado del otro fueron vencidos por el sueño.

 

Cuando Kathy despertó, el sol brillaba por encima del bosque y el castillo estaba iluminado por sus rayos. Zarandeó a su hermano para que despertara.

-No, no quiero ser príncipe... -gritó el niño.

-¡Calla, no grites! Soy Kathy, vámonos de aquí. ¡Date prisa! -ordenó ella. Y se pusieron en marcha sin pérdida de tiempo.

 

La bajada al valle fue menos cansada y más rápida por lo que a primera hora de la mañana ya estaban con su abuela, explicándole su aventura en el castillo. La abuela se rio imaginándose a los niños buscando a la princesa. Pero Frederic no podía borrar de su mente la imagen de aquel ser tan desastroso.

-Abuela, ¿las princesas también tienen barba y están calvas?

-Mi querido nieto, no existen las princesas encantadas, ni en el castillo hay ninguna princesa, sino un anciano ermitaño que lo habita desde que su cabaña fue destruida por un temporal de agua y viento.

-¿Y la princesa?

-Eso solo son leyendas de otros siglos.

Frederic y Kathy sonrieron mientras escuchaban nuevas historias contadas por su abuela.

 

 

Piedad Martos Lorente.

 

Octubre de 2011

miércoles, 23 de octubre de 2019

DESEMPOLVANDO CUENTOS

De vez en cuando me gusta desempolvar algún cuento y hoy le ha tocado a este. Es un poco largo pero si os gusta leer a lo mejor os entretiene, jajaja.
 
Prohibida su reproducción total o parcial, sin permiso de la autora
 

LAS AVENTURAS DE NAIRA

 

 

Érase una vez una niña llamada Naira que vivía en un pequeño pueblo muy tranquilo en el que nunca ocurría nada; pero Naira era muy fantástica y siempre contaba historias increíbles que según ella le ocurrían.

 

Un día, su fantasía la llevó más allá de sus sueños y, esperando encontrar una nueva aventura, salió de la pequeña población en dirección al bosque sin pensar en el peligro que se le acercaba. Sin darse cuenta, la noche se le había echado encima y cuando quiso volver sobre sus pasos, la oscuridad le impedía ver el camino. Se hallaba entre la espesura de los matorrales, arbustos y árboles que poblaban la zona. Cada vez que intentaba salir se metía en otro espacio más espeso y, por unos momentos, pensó que aquel sería su fin, que nunca podría salir de allí y que, aquella noche, las alimañas acabarían con ella.

 

El viento soplaba algo fuerte moviendo el follaje de forma que parecía que se acercara un regimiento, acompañado por el sonido de las aves nocturnas que la ensordecían hasta el punto que no oía ni sus propios pasos. Se había metido en un verdadero laberinto del que difícilmente podría salir sin ayuda. Pero, ¿quién le podría ayudar?

En su casa no sabían dónde estaba y, aunque la buscaran, cosa que estaba segura, nunca darían con ella y, en todo caso, cuando la encontraran sería demasiado tarde. Como Naira era fuerte y decidida, no se dejó llevar por el pánico y se detuvo unos instantes para pensar qué podría hacer. Alzó la mirada esperando ver sobre su cabeza el brillo de las estrellas, pero las copas de los árboles se cruzaban entre sí ocultando tras ellas el brillo de los astros que iluminaban el firmamento. Se abrazó al tronco de un árbol y empezó a trepar por él como cualquier bicho del bosque. Se sentó en el cruce de dos ramas y dejó caer las piernas balanceándose en el aire. De pronto vio unos ojos brillantes de un color amarillo anaranjado frente a ella que la observaban fijamente. Un escalofrío le recorrió todo su cuerpo y sin pensarlo saltó al vacío. Rodó por el matorral sin poderse sujetar, dando tumbos de un lado a otro, hiriéndose con las zarzas y piedras que encontraba bajo su cuerpo hasta caer al fondo de un profundo barranco, al tiempo que gritaba con todas sus fuerzas. El eco de su voz chocaba contra las paredes del vacío devolviendo su voz como si del otro lado alguien repitiera lo que ella decía, pero allí no había nadie que la oyera para poderla socorrer. Cuando por fin su cuerpo dejó de dar tumbos y antes de ponerse en pie, sintió unas garras que la enganchaban por la cintura del pantalón elevándola por los aires. Con las piernas y brazos colgando hacia abajo como si se tratara de un animal de cuatro patas, notó como iba subiendo altura hasta el punto de sobrevolar por lo alto de los árboles ya que con las manos tocaba las copas de los mismos. En ocasiones, las ramas le rascaban la barriga haciéndole cosquillas. Ella se preguntaba quién la llevaba por los aires. No veía nada ni a nadie porque la oscuridad de la noche y las sombras de los árboles le impedían distinguir hasta su propia sombra, pero estaba claro que alguien la estaba salvando. Voló y voló durante unos minutos, aunque no podría saber con exactitud el tiempo que había pasado y, de pronto, fue bajando altura hasta que sus pies tocaron tierra. Se puso en pie y se dio media vuelta. Asombrada, vio frente a ella los mismos ojos brillantes anaranjados que la observaron fijamente.

"¡Oh, Dios!". Exclamó haciéndose una pregunta: "¿A quién pertenecen esos ojos?" Nunca antes había visto nada igual. ¿Estaría soñando? "Oh, no, estoy despierta, estoy segura de ello".

Sintió deseos de escapar de allí, de salir corriendo sin volver la cabeza. Pero, ¿cómo salir de aquel laberinto?

Se fijó en el brillo de aquellos ojos tan especiales que parecían querer hablarle y, al instante, se pusieron en movimiento. Antes que Naira pudiera reaccionar, las garras la volvieron a tomar fuertemente y la volvió a subir por los aires, aunque esta vez, el vuelo fue más corto ya que en unos minutos estuvo frente a una gruta en la que se oían diversos sonidos: chorros de agua, el piar  de los pájaros que se refugiaban de la noche y el sonido de otros bichos del bosque desconocidos para ella.

 

Jamás había vivido una aventura tan misteriosa como la que estaba viviendo aquella noche y se imaginaba la cara de sorpresa que pondrían en el pueblo cuando la explicara.  También pensó en el disgusto que tendrían sus padres cuando la echaran en falta. Seguro que, en aquellos momentos, ya la estarían buscando, pero sería dificilísimo llegar hasta donde se encontraba ella. Pensó que, cuando el día iluminara el bosque, buscaría el camino de regreso, pero hasta ese momento tendría que esperar en la gruta en la que se hizo el silencio nada más llegar acompañada por aquellos ojos tan misteriosos que, al parecer, su brillo causaba tanto respeto entre los animales de la selva.

Dio unos pasos en dirección hacia donde oía caer el agua mientras tanteaba con las manos, inspeccionando la zona, asegurándose bien dónde ponía los pies. Pero la precaución no fue suficiente para impedirle caer en el manantial, llevándose un gran susto que le hizo gritar:

"¡Ay, ay!"

 

Al ruido del zambullido, las aves nocturnas allí refugiadas alzaron el vuelo todas a la vez haciendo un fuerte sonido que retumbó en la gruta. Naira chapoteaba con los brazos en el agua, que casi la cubría, mientras intentaba salir de allí sin dejar de gritar: "¡Ay, ay, que me quemo!" Sí, era verdad, el agua quemaba más que la de la ducha de su casa y pensó, que tal vez estaría en el infierno y que aquello era la caldera de Satanás, el mismo que la había llevado hasta allí volando por los aires y, su pecado había sido escaparse de su casa en busca de nuevas aventuras. Se sentía perdida, no tenía salvación alguna, era culpable del disgusto que había dado a sus padres y tenía que pagar su culpa. "Pero, ¿cómo puede ser así? Para ir al infierno tengo que morir y yo estoy viva".

 

Con las manos buscó, en medio de la inmensa oscuridad, la orilla de la balsa e intentó salir deseando que los ojos vigilantes que la seguían no acudieran otra vez en su ayuda, pues no estaba segura si serían tan bondadosos como pensó al principio.

Por fin, sus manos tocaron la tierra que le indicaba que podía salir del agua, aunque el borde quedaba bastante alto pero hizo un impulso con el cuerpo y el agua caliente le hizo flotar. Con poco esfuerzo logró salir del manantial.

 

Estaba empapada hasta los huesos y, aunque no hacía frío, la brisa de la noche sobre las ropas mojadas le hacía tiritar. Sentada en el suelo se quitó los zapatos para vaciar el agua acumulada en ellos y que le impedían andar con soltura. De pronto, sintió algo sobre su espalda que la cubría del frío. Dejó los zapatos en el suelo y subió las manos hacia sus hombros esperando tocar una manta, o algo parecido, pero en lugar de una manta tocó unas gigantescas alas de inmensas plumas que caían sobre sus brazos.

 

Volvió la cabeza, alzando la mirada y, ¡allí estaban los ojos anaranjados! Aquel ser tan extraño la estaba arropando con sus alas. No podía ver su cuerpo porque la oscuridad de la noche se lo impedía, solo veía el brillo de sus ojos y, ahora, tocaba sus alas inmensas. "¿Será Satanás?", se preguntaba. "No, no puede ser, Satanás no me arroparía para que no tenga frío. Entonces, ¿quién es?"

 

Con el calorcito que desprendían las alas y el cansancio que llevaba encima, se le cerraron los ojos y, sin darse cuenta, cayó en un sueño profundo en el que soñó con sus padres que, acompañados por todos los vecinos del pueblo y por su amigo Marcos, el cual la vio partir hacia el bosque, la buscaban desesperadamente por los alrededores del lugar.

 

Cuando despertó, iba volando otra vez. Sentía las garras que la llevaban cogida por la cintura del pantalón. Entonces gritó: "¡Mis zapatos, me he dejado mis zapatos!" Pero total, como iba volando tampoco los necesitaba. De pronto, el vuelo se paró bruscamente.  La rama seca de un árbol se había enganchado en su camiseta, de tal forma que parecía un pincho moruno del que no podía escapar. Las garras tiraban fuerte de ella sin éxito, mientras ella gritaba: ¡Ay, ay! ¡Papá, mamá, estoy aquí, enganchada en un árbol como un espantapájaros!"

 

El silencio de la noche fue la respuesta a sus voces. El viento se había calmado y no se movía ni una sola hoja, por lo que pensó que si sus padres la estuvieran buscando por allí habrían oído cómo les llamaba y si ellos no le contestaban era porque no se hallaban cerca. Palpó con las manos el tronco de una rama que precedía a la seca y se agarró fuertemente a ella intentando separarse de la seca que la tenía atrapada. Entonces, las garras la dejaron ir suavemente. Mientras se sujetaba con una mano, con la otra sacó la camiseta rota de donde estaba presa e intentó mirar la distancia que había hasta el suelo para saltar, pero antes que lo hiciera, sintió de nuevo cómo las garras la enganchaban por la cinturilla de los pantalones y levantaba el vuelo.

 

"¡Joroba, otra vez de viaje! Paaaaapaaaá, voy volando".

 

Sí, iba volando hacia lo desconocido porque en la oscuridad de la noche estaba tan desorientada que no sabía dónde se encontraba y, aunque amaneciera pronto, no sabría volver a su casa.

 

Voló hasta lo alto de la cima de una montaña rocosa despoblada de vegetación, en la que su protector hizo un leve descanso, pues aunque Naira era delgadita, a aquel ser tan extraño le debía resultar pesado llevarla colgando de sus patas. Cuando tocó el suelo con sus pies desnudos no pudo evitar gritar nuevamente: "¡uy, ay, uy, ay!" No podía mover los pies ya que las piedras se le clavaban en la planta y era muy incómodo andar descalza. Inmóvil miró al cielo y vio como la luna salía y entraba entre las nubes que lo cubrían y entonces pudo ver una oscura y gigantesca silueta en la que solo se destacaba el brillo de aquellos ojos anaranjados que no dejaban de mirarla fijamente, como centinelas vigilando a sus presos.

La niña vio a lo lejos unas minúsculas lucecitas que se movían y, creyendo que serían sus padres, volvió a gritar fuertemente intentando que su voz llegara hasta allí, pero de pronto empezó a llover y las luces desaparecieron. La luna se ocultó tras las nubes y el cielo volvió a ser oscuro. Se sentó sobre una gruesa piedra sin saber qué hacer pues se sentía presa en campo abierto. Apoyó sus codos sobre las rodillas y, con las manos bajo su barbilla, recordó todo lo vivido aquella noche. Al momento, sintió cómo las gigantescas alas se ponían en marcha y, por unos instantes, pensó que su protector, o quien fuera aquel ser, la dejaría desamparada bajo la lluvia y sin refugio, pero de repente se volvió a ver otra vez en el aire volando bajo las nubes y sobre los árboles del bosque. "Y ahora, ¿a dónde vamos, demonio bicharraco? ¡Anda que sí, esta noche sí voy a tener historias para contar!"

Enganchada por la cinturilla del pantalón, como las veces anteriores y, en posición de cuatro patas con la barriga hacia abajo, Naria vio cómo sobrevolaba los tejados del pueblo, incluso conocía las casas. Entonces gritó muy contenta: "¡Estoy llegando a mi casa!"

 

Su protector la dejó caer en la terraza de la casa y, cuando Naria recuperó el equilibrio, volvió la cabeza para verlo mejor con las luces de la calle, pero ya era tarde, el animal volaba a gran velocidad en dirección al bosque y no pudo ver su aspecto. Abrió la puerta y bajó la escalera hasta la planta baja donde se oía murmullo de voces que hablaban fuerte, pero no entendía nada porque todos hablaban a la vez. Los vecinos estaban junto a sus padres pues habían salido en su busca y, ahora, se habían refugiado de la lluvia, viendo que era imposible encontrarla en aquellas circunstancias. Cuando su madre la vio bajar por la escalera empapada como una sopa gritó mientras corría a su encuentro:

-¡Hijita mía! ¿De dónde sales? ¿Dónde estabas?

 

Los allí reunidos volvieron la cabeza hacia ella y, cuando la vieron, todos quedaron sorprendidos. La niña empezó a explicar sus aventuras, pero nadie la creía. No la dejaban terminar su relato.

-Esta niña está enferma -decían unos.

-Con tantas fantasías está perdiendo la razón -decían otros.

-Me han pasado muchas cosas, pero yo no quería que...

-¿Por qué vas descalza? ¿Dónde tienes los zapatos?

-Los zapatos se han quedado allí, donde está la caldera de Satanás.

-¡Ay, Jesús! ¡Dios nos libre!

-¡Qué tonterías dice esta niña! ¡Ay que ver hasta dónde llegan sus fantasías!

-A ver, hijita, ¿dónde has estado y por qué estás tan empapada?

-Ya lo estoy diciendo, me he mojado porque caí en la caldera de...

¡-Esta niña está loca, tenéis que llevarla al médico! -seguían opinando los allí presentes.

-Vamos a ver, Naria, ahora no estamos jugando. Ahora estamos averiguando dónde has estado toda esta noche. A papá y a mí nos tienes que decir la verdad, nos has hecho pasar un gran disgusto.

-No estoy mintiendo, mamá. Estoy mojada porque me caí en el agua caliente y porque ahora está lloviendo y como he venido volando, pues...

-¿Cómo? ¿Qué has estado en la gruta termal? ¡Es imposible, eso está muy lejos de aquí y muy difícil su acceso!

-Pero yo he ido volando.

-Sigo insistiendo en que esta niña está enferma y que la tenéis que llevar al médico sin pérdida de tiempo, puede ser algo muy grave.

-Naira, hijita mía, es imposible que fueras volando porque tú no tienes alas, además, sabes que no me gusta que mientas.

-Mamá, no estoy mintiendo. He ido volando a todas partes, me llevaba un ser muy extraño que no sé como se llama, pero tiene unos ojos muy grandes y brillantes de color anaranjado que siempre me miraban. Y ¿ves la camiseta que está rota? Pues se me ha roto porque me quedé enganchada en una rama seca de un árbol como un espantapájaros.

-¡Basta ya!

-¡Joroba, mamá, estoy diciendo la verdad! He ido volando porque me llevaba un pájaro gigante. Me enganchaba por la cintura del pantalón y tiraba de mí. Mira, ¿ves como se conoce dónde me ha clavado las uñas?

Mientras Naira relataba sus aventuras, el padre llamaba al médico del pueblo para informarle del asunto y decirle que en breve le llevaría a la niña para que la visitara. A todo esto ya había amanecido, había dejado de llover y el día anunciaba un sol radiante.

 

Después de la primera exploración, el médico ordenó que la dejaran en su casa en observación. También ordenó que le dieran un baño, un desayuno bien nutrido y que la llevaran a la cama para descansar y, después de que se recuperara del agotamiento, hablaría con ella en privado.

-Está claro que la niña presenta magulladuras y arañazos en todo su cuerpo. Ahora tenemos que saber cómo se las ha hecho, pero no queramos saberlo todo de golpe, hay que dejarla descansar. Iros tranquilos que yo me ocuparé de ella y, cuando sepa alguna cosa, os haré venir -comentó a sus padres que esperaban ansiosos su diagnóstico.

 

La pequeña se pasó todo el día en un sueño y, cuando despertó, encontró al médico a su lado con ganas de hacer preguntas y saber dónde había estado la noche anterior. Naira relató punto por punto todos los detalles de sus aventuras como algo normal y con una serenidad impresionante.

-Está bien, ordenaré que te traigan la cena y después hablamos.

-¿Y cuándo me iré a mi casa? Quiero ir con mi madre.

-Primero tenemos que volver a hablar, quiero saber exactamente  dónde estuviste anoche y con quién.

-¿Pero por qué no me creen? Estoy diciendo la verdad. ¡Joroba, qué pesados son los mayores!

 

Acababa de cenar y, cuando la enfermera se disponía a retirar la bandeja, Naira se levantó y se acercó a la ventana al tiempo que gritaba:

-¡Mira, mira, viene a por mí! ¡Eh, estoy aquí!

La enfermera salió corriendo al tiempo que llamaba al médico:

-Doctor, doctor venga enseguida, la niña ha tenido un ataque de locura, doctor, doctor...

Al descubrir los ojos anaranjados que la observaban desde lo alto de los tejados del otro lado de la calle, Naira abrió la ventana y sacó su menudito cuerpo hacia afuera.

 

El médico acudió enseguida pero, cuando llegó a la habitación, esta estaba vacía y la ventana abierta.

-¡Cielos! ¡Ha saltado por la ventana! ¡Qué locura!

Se asomó por la ventana esperando verla tendida en el asfalto pero todo en la calle era normal y no había ni rastro de ella. Llamó a sus padres y le comunicó lo acontecido

-¡No puede ser! -contestó el padre nervioso y preocupado-, ¿a dónde se ha ido?

Antes de que el médico pudiera contestar, el padre la vio aparecer bajando la escalera de su casa, toda sonriente.

-¡Naira, hija! ¿Cómo has entrado?

-¡Por la terraza, me ha traído el pájaro gigante!

-¡Hija mía! Doctor, mi hija está muy enferma. Acaba de llegar y sigue diciendo locuras, ¿qué podemos hacer, doctor?

 

Al hombre le faltaba poco para que las lágrimas rodaran por su rostro afligido, mientras su madre ya lo hacía abrazada a ella. De pronto, el timbre de la puerta sonó fuertemente. Corrieron hacia ella y, al abrir, encontraron en el umbral a varios vecinos, entre ellos a Marcos, que venían horrorizados por lo que acababan de ver. Todos querían decir a la vez lo que habían visto. Estaban tan nerviosos que no le salían las palabras.

-¡Por orden, por favor, que no sé de qué me habláis! -ordenó el padre un poco más tranquilo, imaginándose el motivo de su nerviosismo.

 

-¡Lo he visto, yo lo he visto con mis propios ojos! La niña no está loca.

-¡Y yo también lo he visto!

-¡Y yo...!

-¿Qué es lo que habéis visto?

-¡Un pajarraco muy grande, pero que muy grande, que volaba hacia aquí!

¡Vamos a la terraza a ver si todavía está!

Todos subieron de prisa y corriendo. Naira y Marcos iban en primera fila pero no tuvieron éxito, el misterioso animal había desaparecido y el único rastro que había dejado de su presencia fue los zapatos de Naira que quedaron en la gruta, y una gigantesca pluma como testigo de su existencia.

-¿Ves, papá, como no miento?

-No, hijita, tenías razón.

 

La noticia llegó a todos los hogares del pueblo y el alcalde los convocó en la plaza donde se reunieron para hablar y analizar la pluma con expertos en animales. Por el aspecto y el tamaño de la misma llegaron a la conclusión de que se trataba de un búho gigante jamás visto en el universo. De mutuo acuerdo acordaron hacer una estatua lo más parecida posible al animal. Esta se exhibiría sobre una gran fuente en posición de alzar el vuelo con una criatura enganchada de sus patas, tal y como explicó Naira que la había trasladado a ella de un lado a otro. Y a partir de ese día, el búho se llamó: el búho de la suerte.

 

Piedad Martos Lorente.

 

Septiembre de 2011

domingo, 29 de septiembre de 2019

POR MIS ARCÁNGELES

Hoy abro la ventana para mirar al cielo.

 

Por mis Arcángeles Rafael y Miguel (2) en el día de su santo.

 

CON EL CORAZÓN ROTO

 

Voy caminando por la vida

con el corazón partido,

un trozo lo llevo yo

el otro… se fue contigo.

 

Cada paso que doy

me duelen las heridas,

en ellos están los recuerdos

más dulces de mi vida.

 

Momentos inolvidables

que anhelo repetir,

pero el vacío que me acompaña

me dice que ya no estás aquí.

 

Por eso me duele el corazón…

porque no puedas disfrutar,

de los pasos que yo doy

sin poderte olvidar.

 

Los momentos amargos

no son dignos de recordar,

los dejo ir con el viento

y van quedando a tras.

 

Recuerdo tus gustos

y la expresión de tu mirada,

el amor que me diste

y la dulzura de tus palabras.

 

Todo ello va conmigo

por donde quiera que vaya,

tus buenos sentimientos

siempre me acompañan.

 

Y aunque tengo el corazón partido

y me duelen las heridas,

cada paso que doy

son recuerdos de nuestras vidas.

 

Piedad Martos Lorente

 

domingo, 15 de septiembre de 2019

FANTASÍAS

LA PRINCESA ENCANTADA

 

Abre la ventana

que entre el aire fresco,

y acaricie tu mejilla rosada

mientras te leo un cuento.

***************

 

Érase una vez

una princesa encantada,

que yacía en aquel castillo

allí, encima de la montaña.

 

Dicen que quedó dormida

mientras esperaba la llegada,

de su príncipe enamorado

ganador de la batalla.

 

Pero los celos infames

de una bruja malvada,

hizo que el príncipe desapareciera

antes de recuperar a su amada.

 

Cuando la bruja murió

bajo un rayo fulminante,

el príncipe apareció

y al castillo llegó en un instante.

 

Buscó a la princesa

que en su alcoba dormía,

le dio un beso de amor

al tiempo que le decía:

 

"Despierta bella princesa,

despierta si estás dormida,

que aquí tienes a tu príncipe

para salvar tu vida."

 

La princesa abrió los ojos

y al príncipe sonrió,

se fundieron en un abrazo

y fueron felices los dos.

 

Piedad Martos Lorente

 

 

sábado, 31 de agosto de 2019

EL ANCIANO Y EL NIÑO MISTERIOSO

Felicidades a los que lleven el nombre de Ramón, como el protagonista de esta historieta

 

EL NIÑO MISTERIOSO

 

-¿Maríaaa?

-Dígame, señor.

-Ven, siéntate aquí, que te voy a contar el suceso que pasó esta noche.

-Ay, señor, no me asuste. ¿Qué le ha pasado? ¿Se puso enfermo?

-No te asustes, mujer. Verás. A eso de medianoche, cuando dormía profundamente, oí unos golpecitos en la ventana. Pun, pun. Unos golpes suaves… ni eran fuertes ni tampoco flojos, lo suficiente para oírlos. Esperé unos instantes y al momento los volví a oír, Pun, pun. Seguidamente se oyó la voz dulce de un niño, tierna y alegre que decía:

-Ramón, ¿me dejas entrar?

-¿Quién eres? –Pregunté yo.

-Soy Ángel. ¿Me dejas dormir contigo?

Antes que yo pudiera reaccionar, ya lo tenía en la cama abrazado a mi cuerpo. Se aferraba a mí tan fuerte, que me oprimía el pecho y casi no podía respirar. Tenía el cabello muy suave, igual que su piel.

Mientras me abrazaba me preguntaba:

-Ramón, ¿Por qué estás triste?

No estoy triste.

-Sí lo estás y yo sé por qué. Estás triste porque vives solo.

-Bueno, sí, estoy un poco triste, pero solo es un poco.

-Yo sé por qué estás triste.

-¿Y tú qué sabes, pequeñajo? ¿Dónde vives? -Le pregunté. Él me hablaba en susurros que no entendí.

Cuando desperté, ya no estaba conmigo y la ventana estaba totalmente cerrada. No sé cómo pudo…

-Un sueño muy bonito, ¿no le parece?

-No, María, no fue un sueño…

-¿Entonces…?

-María, ¿sabes una cosa? Quiero que me acompañes al parque  infantil.

-Cuando usted quiera, señor. Yo estoy aquí para hacer lo que usted me Mande.

 

Ramón se apoyó en su bastón, y con el otro brazo cogido al brazo de María, llegó al parque infantil. Allí se sentó en un banco de donde observaba a los niños que disfrutaban de su recreo. Unos jugaban al futbol, otros montaban en bicicleta y los más pequeños jugaban con sus juguetes favoritos. El anciano sonreía sin apartar la vista de los diversos grupitos.

Una voz le sacó de su entusiasmo.

-¡Hola!

-Hola, guapo.

-Yo me llamo Ángel ¿y tú? Ah, ya lo sé. Te llamas Ramón.

-¡Ángel! –Exclamó el anciano.

-Hoy estás alegre, ¿verdad?

-Ramón sonrió.

-Sí, hoy estoy alegre… Digamos que veo la vida con otro color.  Aquí hay alegría con tantos niños. Hay sueños, ilusiones y vida.

 

Piedad Martos Lorente

 

31 de agosto de 2019

miércoles, 31 de julio de 2019

ADIÓS MES DE JULIO

A DONDE LAS OLAS ME LLEVEN

 

 

Navego en un barco sin rumbo

a donde las olas me lleven,

a veces, me bañan de espuma

mientras los golpes me hieren.

Me elevan a lo alto

y sobre las aguas me mecen,

me hundo… me levanto

y voy a donde las olas me lleven.

 

No tengo puerto

ni nadie que en él me espere,

voy en un barco sin remos

a donde las olas me lleven.

Soy navegante,

marinero en la mar,

siempre a la deriva

a donde las olas me quieran llevar.

 

Porque navego sin sueños

en un mar ausente,

donde no hay capitán

que su amor me despierte.

Por eso voy sin rumbo

a donde las olas me quieran llevar,

soy pasajero en el mundo…

por el que tengo que navegar.

 

Piedad Martos Lorente

 

 

Gracias, amigos y amigas, por leerme y por vuestros comentarios.

jueves, 11 de julio de 2019

UN NUEVO RELATO

EL CORRAL DE PATRY

 

 

Había una vez un lugar lejos de la ciudad, que era diferente a los demás.

En ese lugar no había contaminación porque no había coches, ni aire acondicionado, ni calefacciones, ni plásticos, ni fábricas con residuos contaminantes. El cielo era azul celeste limpio y transparente. Las nubes blancas parecían de algodón, suaves y esponjosas que formaban figuras bajo el azul del cielo.

En aquel lugar había un río con agua cristalina y en el agua había muchos peces. También habían muchos pájaros que anidaban en los árboles y siempre estaban cantando. Unos cantaban por la madrugada y otros cantaban a todas horas del día.

Tampoco había colegios donde estudiar.

En aquel lugar, había una niña llamada Patry que vivía con sus padres, que a falta de escuelas, ellos la educaban y le enseñaban todo lo que ellos sabían. Vivían en una casa cueva en la que siempre tenían la misma temperatura. En invierno no hacía frío y en verano no hacía calor por lo que no necesitaban calefacción ni aire acondicionado. Patry era dulce y obediente y aprendía todo lo que se proponía. Por la noche miraba las estrellas que brillaban iluminando el paisaje que le rodeaba. No tenía juguetes pero era muy feliz jugando en el campo. Cogía flores silvestres con las que adornaba su casa.

Su papá hizo un corral para que Patry tuviera animales. Tenía conejos, pollos, gallinas, pavos, una cabra  y cerdos. También tenía una cuadra con dos caballos y un burrito.

Y es que a Patry le encantaba la naturaleza que le envolvía. Las flores… los pajarillos… los animales que había en su corral y en su cuadra, a los que ella cuidaba con la ayuda de su mamá y de su abuela.

Un día, la cabra tuvo una cabrita muy chiquitita. Patry se puso muy contenta cuando vio lo bonita que era, pero era tan pequeña y frágil, que parecía que se iba a morir. Por eso prestaba toda su atención a aquel animalito tan indefenso y débil.

-¡Mamá, mamá! ¡Abuelita, abuelita!

-¿Por qué gritas, hija?

-¡Venid rápido! ¡La cabrita está muerta!

-¿Qué dices, hija?

-¡Sí, la cabrita está muerta, no se mueve!

Su mamá y su abuelita llegaron al corral, donde esperaba Patry angustiada casi llorando, al ver que su cabrita estaba estirada en el suelo sin moverse.

-Mirad como está. Parece muerta, ¿Verdad?

La abuela puso su mano en el pecho del animal y vio que respiraba.

-No, no está muerta. Respira aunque eso sí, está muy débil. Posiblemente se muera.

-Qué pena. Yo no quiero que se muera. La cuidaré para que eso no ocurra, es mi preferida.

-Déjala que descanse.

 

Cuando Patry regresó al cabo de un buen rato, la cabrita estaba brincando alrededor de su madre. La niña gritó contenta y alegre.

-La cabrita se ha salvado, ¡Urra!

Por la noche, antes de irse a dormir, volvió al corral para comprobar que la recién nacida seguía bien. La alegría de la niña se disipó al ver en el estado que la encontró. Volvía a estar moribunda estirada en el suelo.

-Mañana ya estará muerta. Casi no respira… pobrecita.

A la mañana siguiente, cuando Patry volvió al corral, la cabrita estaba más fresca que una rosa. Pero eso duró poco ya que al rato volvía a estar medio muerta. Así se pasó varios días y Patry ya no sabía qué pensar. Cuando salía contenta del corral y volvía con la misma alegría, se encontraba con la escena de verla a punto de morir. Y cuando volvía pensando en que ya habría fallecido, la encontraba saltando y brincando.

-Mamá, ¿Por qué hace tantos cambios?

-Porque ha nacido débil y todavía no se ha recuperado del todo.

Un día, cuando Patry volvió al corral, los ojos de la cabrita, alegres y juguetones,  se fijaron en la niña que la observaba con sorpresa, como si quisieran hablarle. El brillo de sus ojos parecía decir lo que ella no podía hablar: "Gracias, Patry, por cuidarme. A partir de hoy, yo seré tu fiel amiga". La niña sonrió.

-¿Sabes una cosa, cabrita? Hoy te veo mucho mejor y creo que te vas a salvar. Esto ha sido un milagro. Te he visto tantas veces casi muerta… que no me lo puedo creer. Claro, también es cierto que le he pedido mucho al dios de los animalitos para que te salvaras y me ha escuchado. Gracias a Dios. Te voy a poner un nombre, ¿te parece bien? Como dios ha hecho un milagro ¿qué te parece si te llamo Milagritos? Sí, te voy a llamar Milagritos. Tus ojos me dicen que te gusta el nombre.

 

Cuando Patry estaba lejos de la casa, gritaba: "Milagritoooos". Y la cabrita le respondía con un graznido suave y tierno en señal de que la entendía y salía corriendo a su encuentro.

Las dos jugaban en el campo. Corrían y saltaban. Cuando la niña se sentaba en el suelo, Milagritos se subía en su espalda y le echaba las patitas por los hombros y le cogía el pelo con la boca. Las dos fueron felices en aquel lugar diferente, lejos de la ciudad y lejos de todo aquello con lo que hoy juegan todos los niños del mundo.

 

Piedad Martos Lorente