lunes, 9 de julio de 2018

DESPUÉS DE UNA SEMANA

 

 

Amigas, amigos y familia. Después de una semana sigo sin encontrar las palabras suficientes para agradecer a todos y a todas el cariño que estoy recibiendo.

Me siento profundamente agradecida, y cómo no, apoyada  por vuestras palabras y muestras de cariño que me estáis dando, no solo por este medio, sino por teléfono y personalmente.

Intento salir adelante en compañía de la familia y con el amor de todos. Sé que es una etapa dura y larga pero aprenderé a vivir de nuevo sin su compañía, pero sí con su recuerdo.

Seguiré escribiendo como lo he hecho hasta ahora.

Gracias, muchas gracias a todos y todas

 

 

LA ESPERA

 

Espero que llegue la luz del alba

por ver si brilla la tuya,

y unir nuestros rayos

como se une el sol y la luna.

Sentirme iluminada

por las niñas de tus ojos,

que son los luceros de tu cara

para mí, los más hermosos.

 

Espero que llegue el atardecer

por ver si con él llegas tú,

para fundirme en tus brazos

como en la noche se funde la luz.

Sentir el calor de tu cuerpo

y las caricias de tus manos,

apoyar mi cara en tu pecho

mientras me dices: "cariño, te amo."

 

Espero que llegue la noche

por ver los astros del firmamento,

y pedirle a las estrellas

que iluminen tu pensamiento.

 

Espero… siempre espero

que llegue un nuevo día,

por ver despierta tu mente

y en tu rostro, la alegría.

Espejo donde mirarme

y reflejar la mía,

porque si tú eres feliz

se acaba mi agonía.

 

Piedad Martos Lorente

 

23 de marzo de 2018

 

lunes, 2 de julio de 2018

NO PUDO SER

 

Hoy te despido con mucha pena y dolor, pero con la satisfacción de haberte podido cuidar hasta el último aliento de tu vida.

A lo largo de los once años que ha durado tu enfermedad, mi vida ha sido un deseo tras otro deseo, pero todos con el mismo fin: verte curado.

 

No ha podido ser, pero aun así, doy gracias a Dios por haberme dado fuerzas para seguir cuidándote hasta el final.

 

SI TÚ VOLVIERAS A SER TÚ

 

Si tu mente despertara

como despierta la aurora,

y sus rayos penetraran

en la intimidad de nuestra alcoba…

Mi corazón, gozoso de alegría

entre risas y llanto,

a dios, gracias daría

por tan deseado milagro.

 

Si tus piernas dormidas

al paso despertaran,

y así, como las mías andan

ellas caminaran…

Bailaríamos agarrados

con tu mano en mi cintura,

en una noche romántica

bajo la luz de la luna.

 

Si la palabra perdida

a tus labios regresara,

y, en el candor de tu sonrisa

frases formularan…

Los míos, gozosos de alegría

entre risa y llanto,

al cielo exclamarían

con voz en alto.

Gracias, Dios mío

por tu gracia divina,

que me devuelves la alegría

cuando la tenía perdida.

 

Porque si tu cuerpo despertara

y volviera a la normalidad,

nuestras almas abrazadas

reirían de felicidad.

 

Piedad Martos Lorente

domingo, 17 de junio de 2018

OTRA FACETA DE MI VIDA

Creo haber explicado varias veces anécdotas y casos de mi vida, que muchos de ustedes ya deben conocer si van siguiendo mis publicaciones.

 

Como ya he dicho en otras ocasiones, perdí la vista cuando aún no sabía leer en un libro ni sabía escribir. Es decir. Estaba aprendiendo con la ayuda de un maestro, que mis padres pusieron a mi disposición ya que en el lugar donde vivíamos no había escuela. Pero el destino me apartó de la única oportunidad que tenía para aprender.

Las circunstancias de la época, la falta de medios económicos, pero sobre todo, la falta de información hizo que nunca pudiera asistir a un colegio adecuado a mis necesidades para mi enseñanza, por lo que nunca pude leer un libro.

Con cincuenta y tres años aprendí el método Braille. Un método formidable y maravilloso para mí, pues con él me abrí camino para mi autonomía personal y cómo no, para llegar a donde no pude en mi infancia y mi juventud: leer y escribir.

Primero escribí con la Perkins que es la máquina de Braille, y después con el ordenador adaptado. He escrito cuentos y relatos sin más enseñanza ni conocimientos que los que me ha dado la naturaleza. Y he leído más de setenta libros.

Entre los que más me han gustado, por nombrar algunos , están estos:

 

Donde el corazón te lleve.

Don Quijote de la Mancha.

La salvaje.

La catedral del mar.

El código da vichin.

No hay un amor más grande.

El largo viaje a casa.

Los pilares de la tierra.

La mano de Fátima.

Te daré la tierra.

El tiempo entre costuras.

Y ahora acabo de leer "Palmeras en la nieve" de Luz Gabás.

 

Así que, entre leer y escribir, mato el tiempo libre antes que él me mate a mí por aburrimiento.

 

QUISIERA SER…

 

Quiero ser pilar para tu apoyo,

luz en tu oscuridad,

la mano que coja la tuya

y refugio para tu soledad.

 

Quiero ser alegría y esperanza,

consuelo para el desánimo,

oídos para escuchar

y sonrisa para tus labios.

 

Quiero ser alivio para tu inquietud,

olvido para tu desesperación,

amistad en la distancia

y abrir la puerta de tu corazón.

 

Piedad Martos Lorente

 

17 de junio de 2018

domingo, 3 de junio de 2018

DE MI LIBRO "ENTRE MAGIA Y FANTASÍA"

El enanito Quique el Mandarín

 

 

Quique era tan pequeño tan pequeño, que parecía una mandarina andando.

Por eso, en la ciudad todos le llamaban «El Mandarín». Los niños de su barrio se

reían siempre de él, no le dejaban jugar con ellos, le decían que era pequeño y

feo, que no servía para nada y hacían burla de su estatura.

 

Un día Mandarín, triste y apenado, decidió salir de la ciudad. Empezó a andar sin saber dónde ir y sin darse cuenta se encontró al pie de una montaña casi desierta. Estaba muy cansado y tenía mucha sed. Anduvo un poco más y llegó a un arroyo por el cual pasaba el agua pura y cristalina que bajaba de la montaña.

Se acercó a la orilla, se lavó las manos y la cara para refrescarse y bebió de ella. Después se sentó sobre la hierba verde, estaba agotado por el cansancio.

Por unos instantes cerró los ojos y recordó a los niños de su barrio, pero este recuerdo le entristecía y le hacía llorar. Una voz le hizo estremecerse.

–¿Por qué lloras? –preguntó la voz desconocida.

–¡Eh! ¿Quién eres? –exclamó y preguntó Mandarín a su vez un poco asustado.

No te asustes. Soy un hada buena. Pero dime ¿Por qué estás triste?

–Soy pequeño y feo, no sirvo para nada y los niños me rechazan.

–No llores, que la grandeza no se mide con la estatura ni la belleza está en el

físico. Algún día serás muy grande y esos niños que hoy te rechazan serán tus

amigos –decía el hada con dulzura.

 

–¿Qué debo hacer? –preguntó Mandarín.

–Lo que te dicte el corazón –contestó el hada al tiempo que desaparecía.

Mandarín reanudó su camino sin rumbo y un poco más allá vio una casita, se dirigió a ella, la curiosidad le atraía. Empujó la puerta lentamente y de pronto oyó una voz algo cansada que preguntaba al ver la silueta de Mandarín.

–¿Quién anda ahí? ¿Quién eres tú?

–Perdone señor, soy Mandarín.

–¿Mandarín? Pasa, pasa.

Mandarín se acercó despacio y temeroso hacia el anciano que estaba acostado en la cama.

–Acércate, jovencito, que no te voy a hacer nada. Estoy enfermo, ¿sabes?

Pero tú me vas a ayudar, parece que has caído del cielo.

–¿En qué le puedo ayudar señor?

–Mira, ¿Ves esa botella? Tiene agua de hierbas medicinales, coge un vaso,

llénalo de esa agua y me lo das. Eso me pondrá bien.

Mandarín hace lo que le pide el anciano. Este coge el vaso y se lo toma en dos tragos; después lo devuelve vacío a Mandarín diciéndole:

–Gracias hijo, esto es medicina santa, en dos o tres días estaré bien. Dime

muchachito, ¿Por qué te has ido de la ciudad? –pregunta el anciano enfermo.

–Soy pequeño y feo, en el barrio se ríen de mí, dicen que no sirvo para nada.

–No les creas, no les hagas caso. ¿Sabes cómo me llaman a mí? El viejo Cascarrabias. ¿Y sabes por qué? Porque no les dejo tirar basura en el campo.

Se tiene que saber respetar la naturaleza, las basuras se tiran en los basureros.

Yo ya soy viejo –continúa el anciano hablando–, apenas tengo fuerzas para trabajar las tierras que me dan el alimento, las otras ya no puedo cuidarlas, pero tampoco quiero que tiren basura en ellas. El que traiga una botella, una bolsa o una lata que se la vuelva a llevar a su casa. Dime Mandarín, ¿Y tus padres saben que te has ido?

–Mi madre murió hace unos meses y mi padre no lo conocí.

–Lo siento muchacho. ¿Sabes Mandarín lo que más me preocupa? –Prosigue el anciano– que cuando no pueda trabajar nada, nadie querrá hacerlo por mí, nadie quiere trabajar las tierras y todos vivimos gracias a ellas.

Mandarín asiente con la cabeza sin decir palabra. El viejo Cascarrabias habla y habla sin parar.

 

–Escúchame muchachito, ¿A ti te gustaría trabajar en mis tierras?

–¡Ohh, no! –contesta Mandarín sorprendido– yo no sé trabajar, no sirvo para ello.

–Y dale otra vez con que no sirves. Tú sirves para todo lo que tú quieras hacer.

Si eres pequeño y no alcanzas pones una escalera y lo que no sepas hacer ya te enseñaré yo.

Mandarín aprendió a trabajar la tierra, a ordeñar la vaca, a cuidar los conejos y las gallinas y también a cocinar. El viejo Cascarrabias le tenía mucho cariño y se sentía muy acompañado con él.

Sembró flores de todos los colores y plantas olorosas alrededor de la casa,

plantó árboles en la montaña y limpió toda la suciedad. Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer sin descansar, pero se sentía muy feliz porque había hecho de un lugar casi desierto el paisaje más hermoso de todos los lugares.

Había convertido la montaña en un verdadero paraíso cubierto de verde y alegres colores. El aire extendía su perfume por todo el valle.

 

La noticia llegó a la ciudad y a los chicos de su barrio que decían:

–¿Sabéis lo que dice la gente? Que Mandarín vive con el viejo Cascarrabias

y ha convertido la montaña en un paraíso.

–Jajajaja –reían todos a la vez–. Mandarín no sirve para nada –decía uno de ellos.

–¿Queréis que vayamos a verlo y nos reímos más? –Decía otro.

–Sí, sí vamos –contestaron todos.

Cuando la pandilla llegó al pie de la montaña quedaron todos boquiabiertos al contemplar tanta belleza.

–¡Ohh! ¡Es verdad! –exclamaron todos a una– ¡Qué maravilla! –y todos juntos gritaban– ¡Mandaríiiin...! ¡Mandaríiiin...!

Mandarín, al oír los gritos salió a la calle y ellos lo recibieron con un aplauso al tiempo que vitoreaban: «Mandarín campeón, Mandarín campeón, pequeño de estatura y grande de corazón.

 

Piedad Martos Lorente

 

(octubre 2004)

domingo, 20 de mayo de 2018

LA RATITA MODERNA

LA RATITA Y SUS PRETENDIENTES

 

Hace muchos años

hubo una ratita

que, al barrer su escalerita,

un dinerito encontró.

 

-¡Qué suerte tengo!- exclamó.

 

Con aquella moneda

se compró dos palmos

de fina seda.

Escogió el color rosa

y lo lució en el cuello

para estar más hermosa.

 

Ante ella desfilaron

un montón de pretendientes,

que al verla tan bella

se declararon de repente.

Pasó un meloso gallo

que le pidió matrimonio,

pero ella, tan presumida,

le pareció ver al demonio.

Así, que de allí lo echó sin más,

y, aunque el gallo

quería conversación,

ella no lo quiso escuchar.

Le cantó el quiquiriquí

y la rata le gritó:

¡vete de aquí!

 

También pasó

un pato enamorado,

elegante y guapo,

que le dijo: Rata hermosa,

¿quieres ser del pato, esposa?

 

-Pato, eres muy patoso,

no me gustas por esposo.

 

Después llegó un cerdito,

que aunque parecía limpito,

ella se horrorizó

y, con voz en grito,

así exclamó

cuando él matrimonio

le pidió.

 

-¡Si me casara contigo

siendo tan fina,

me llamarían

"cochina"!

 

Un pony también

de ella se enamoró,

y es que la bella rata

a todos conquistó.

 

-Ratita, ¿te quieres casar conmigo?

 

-¿Cómo me voy a casar contigo,

si pareces un gigante?

Yo tan pequeña

y tú tan grande…

no haríamos buena pareja,

así que agacha las orejas,

te das media vuelta  

y me dejas.

 

La ratita, con astucia

y conocimiento,

despidió a todos sus pretendientes

en un momento.

Estaba dudosa por la elección,

pues entre todos sus enamorados

tenía que escoger el mejor.

 

Por fin llegó el gatito,

dulce y cariñoso,

y sin dudar un instante

lo escogió por esposo.

Se casaron e invitaron

a sus pretendientes.

Estos les felicitaron

y les desearon buena suerte.

Al quedarse solos en su casita,

el gato miraba a la ratita,

alegre y sonriente,

deseoso de clavarle el diente.

 

-Ay, gatito mío,

¿siempre me vas a querer?

 

-Siempre, ratita mía…

¡te voy a comer!

 

El gato, fingiéndole amor,

la abraza y le muerde,

¡qué horror!

Mas de pronto,

la rata despertó su sentido,

dándose cuenta del error

que había cometido.

Lucha por escapar de sus garras,

pide socorro,

huye desesperada

y se esconde en un pozo.

El gato la persigue

dispuesto a todo,

se relame los bigotes

mirando al fondo.

Pega un salto, y…

 

-¡Alto! -dos guardias

lo cogen preso

mientras él grita:

-¡Solo le di un beso!

 

El felino malvado fue castigado

por el delito cometido,

mientras la rata se recuperaba

del susto recibido.

La pobre ratita,

después del desengaño,

se encerró en su casita

y en ella vivió

más de cincuenta años.

 

Un día, cansada de la soledad,

se miró en el espejo

y pensó en la felicidad.

 

-Tengo que hacer algo…

así no puedo seguir,

todavía me siento joven

y con ganas de vivir.

Me voy a modernizar,

quiero estar a la moda,

tal vez me compre un móvil,

eso que tanto mola.

 

La ratita que, además de presumida,

era inteligente,

se sentó en su escalerita

y conversó con la gente.

Conoció a un perrito,

gracioso y simpático,

que acababa de participar

en una exhibición de campeonatos.

Éste, al verla tan dispuesta y presumida,

entabló conversación,

y casi sin darse cuenta,

de ella se enamoró.

 

-Hola, linda rata,

¿qué haces tú por aquí?

 

-Esta es mi casa y espero

que alguien me haga feliz.

 

-Estoy cansado,

¿me puedo sentar a tu lado?

 

-Bueno, si te portas bien…

 

-Claro que sí.

Yo no te voy a comer.

 

¡Ay, qué horror, la ratita recordó

aquel espantoso día,

cuando su esposo le mordió

y pensaba que se moría!

No sabe qué decir.

Lo mira de reojo,

pero lo ve tan hermoso

que se pone a reír.

 

-Ratita, qué guapa eres,

¿me das un beso

y te demuestro mis quereres?

 

-¿Un beso? Y… tú,

¿qué me darás a mí?

 

-Pues eso, un beso...

Y un queso.

 

-¿Un queso…?

Tú estás loco,

un queso

es muy poco.

 

-Entonces, ¿qué quieres?

 

-Bueno… yo te doy un beso

y tú me traes un queso.

Pero quiero algo más.

 

-¿Qué?

 

-Un móvil para poder chatear.

 

-Un móvil…

¿y te casarías conmigo?

 

-No.

Solo serás mi amigo.

Casarse ya no se lleva,

está pasado de moda,

Así, que nos divertimos

y luego, me voy a mi casa sola.

 

-Pero…

 

-No hay peros que valgan.

Si quieres un beso,

ya sabes lo que vale eso.

Me regalas un móvil y punto,

y a lo mejor, algún día

podemos salir juntos.

 

-Ay, ratita, es que eres tan bonita,

que yo quiero casarme contigo.

Tú serías muy feliz

si yo fuera tu marido.

 

-No insistas,

ahora nadie se casa,

nos divertimos y después,

cada uno a su casa.

Tú me traes el móvil

que quiero ver

lo que hay en Internet.

Tener amigos virtuales,

esos que te dicen:

ratita, tú sí que vales.

 

-Eso te lo estoy diciendo yo,

¿es que no te das cuenta?"

 

-Anda, ve a por el móvil

que me voy a abrir una cuenta.

 

La ratita quedó maravillada

cuando vio lo que salía en la pantalla.

Imágenes, textos,

y una fotografía de un ratón

muy compuesto.

La ratita, sin dudarlo dos segundos,

le pidió amistad,

cosa que desagradó al perrito

y éste se puso a ladrar.

 

-Guau, guau.

¡Qué fracaso!

Yo te regalo el móvil y tú,

ni me haces caso.

 

-¿Regalado?

No digas eso,

el móvil me ha costado

un beso.

Y no digas

que no tengo razón,

mira qué guapo

es este ratón.

 

-¿A ver quién es?

Ah, sí, es el ratón

que recoge los dientes

y luego hace regalos

a sus clientes.

 

-¿Lo conoces?

 

-Sí, aunque nunca

lo he visto por aquí.

Dicen que anda muy ocupado

y no se deja ver,

siempre sale de noche

y regresa al amanecer.

 

-Le voy a escribir un mensaje

para decirle lo hermoso

que es su paisaje.

 

El perro, decepcionado,

se da media vuelta,

se despide de su amiga,

pero ésta ni se da cuenta.

No escucha nada ni a nadie ve,

solo el móvil que le acompaña

y el ratón de Internet.

 

Piedad Martos Lorente

 

(20 de enero de 2018)

domingo, 6 de mayo de 2018

EN EL DÍA DE LA MADRE

Felicidades a todas las madres del mundo y todos los días del año. Que ninguna caiga en el olvido.
Porque tú, madre,
eres el pilar de la existencia,
das la vida y la sangre
sin reproche ni pereza.
 
HOMENAJE A LA MÍA
 

MADRE

 

Madre eres todas las horas del día

y todos los días del año,

Todos los años de tu vida,

para mí, madre, fuiste un regalo.

Fuiste mi luz y mi guía,

mi aliento en mi caminar,

fuiste la flor que perfumó mi vida

y la mano que me supo cuidar.

 

Madre,

tu nombre que bien suena

cuando te llama el corazón,

el que te busca en tu ausencia…

el que guarda tu amor.

Porque tú eres madre

todas las horas del día,

y todos los días del año...

en él, yo te llevo con pena y alegría.

 

Pena por no tenerte,

alegría por haberte tenido,

porque tú, madre querida

jamás caerás en el olvido.

 

Piedad Martos Lorente

domingo, 22 de abril de 2018

EL DUENDE DE MI CASA

Este humilde rincón, hoy cumple diez años de vida. Diez años en los que he conocido virtual y personalmente a muchas personas con las que mantengo una gran amistad.
Muchas otras pasaron de paso y desaparecieron, pero otras siguen estando ahí, siempre pendientes de mí y dándome su ayuda siempre que la he necesitado.
 
A todos y a todas, muchas gracias por vuestras visitas y comentarios llenos de buenos deseos.
 
Que Dios os bendiga.
 
Ahora os dejo con Felisa y su duende.
 
 

SEGUNDA PARTE

 

"Ay, Gregorio, amor de mi vida. Si supieras cuánto me acuerdo de ti."

 

Felisa sostiene la fotografía en una mano, mientras con la otra quita el polvo del mueble.

"¿Sabes una cosa? Hoy hace mal tiempo. Parece que va a nevar según está el cielo. Así estoy yo… no tengo ganas de nada. Me siento decaída y tengo los ánimos por el suelo. Estoy muy triste. Si al menos tú estuvieras aquí conmigo, las cosas las vería de otra manera. Pero así, todo lo veo muy negro… quiero decir… no sé lo que quiero decir, solo eso, que no sé lo que me pasa. Seguro que serán los nervios que se apoderan de mí. Ya soy mayor y todo me pesa mucho.

¿Te acuerdas de Clemencia, la vecina que teníamos al lado que tenía una hija que se llamaba Pilar…? Bueno, se llamaba y se llama. Sus padres murieron unos años después que tú, pero Pilar vive en la casa de sus padres. Pues esa muchacha, Pilar, está siempre pendiente de mí, que no me falte de nada. Me compra lo que necesito y me hace compañía muchas veces para que no me sienta tan sola. Ahora quiere que vaya al médico porque dice que no es normal que se me olviden las cosas. Que no es que se me olvidan, sino que hay un duende que me esconde todo, como ya te he dicho.

Le voy a atar otra vez los huevos al diablo y no se los voy a desatar hasta que no encuentre todo lo que se me ha perdido.

¡Ay, Gregorio, si ya está nevando! ¡Tenía que haber ido a comprar el pan y se me ha olvidado!"

 

La mujer contempla sin parpadear a través de la ventana como caen los copos de nieve, que ya van cubriendo los tejados. En ese instante suena el timbre de la puerta. Felisa deja la fotografía sobre el mueble y sale a abrir.

 

-Buenos días, Felisa. Le traigo el pan, porque seguro que no tiene.

-Ay, Pilar, qué buena eres. Claro que no tengo. Quería ir a comprar, pero me he puesto a quitar el polvo y hablando con mi marido se me ha ido el santo al cielo.

-Mire, Felisa, deje a su marido que descanse en paz y no le de la lata con sus cosas. Lo que tiene que hacer usted es ir al médico y trabajar las neuronas.

-¡y cómo voy yo a trabajar las neuronas?

-Muy sencillamente. Aquí le he traído un puzzle para que lo monte. , así que ya tiene trabajo para un rato. Cuando vuelva lo quiero ver acabado.

-Gracias, Pilar.                                                                       Si no fuera por ti…  qué sería de mí. Espera, voy a pagarte el pan y el puzzle. A ver si tengo dinero, porque el duende de mi casa me ha escondido el monedero.

-Felisa, que aquí no hay duendes. Seguro que lo tendrá en algún cajón y ya no se acuerda.

-No, no está en ninguna parte porque lo he buscado muy bien. Pero es que además del monedero, también me han desaparecido los pañuelos, la ropa interior… y lo que más siento, es que también se me ha perdido la fotografía que nos hicimos mi marido y yo cuando éramos jóvenes.

-Busque bien en los cajones, Felisa. Verá que saldrán de cualquier sitio.

-Claro que tienen que salir, si le he atado los huevos al diablo.

-Mujer de Dios, que eso son leyendas de otros tiempos. No me vaya a decir que usted cree en esas cosas.

-Claro que creo. Cómo no voy a creer si a mí me da resultado. Anda, Pilar, siéntate ahí, que voy a buscar en el bolso que tenía unas monedas.

 

Pilar obedece y se sienta en el sofá. Al apoyarse en el respaldo del asiento notó algo duro y abultado.

-Felisa, ¿qué tiene usted aquí?

-¿Qué hay?

-No sé. Algo duro.

-A ver, déjame mirar... ¿Qué es esto?

 

Felisa abrió la cremallera del cojín, introdujo la mano cuidadosamente por detrás de la espuma, y sacó una caja que había pertenecido a una camisa de dormir. La abrió y, ¡sorpresa! Allí estaban los pañuelos blancos que ella había bordado en su juventud, la fotografía que tanto amaba y el monedero.

 

-Pilar, tienes razón. Tengo que ir al médico. Estoy perdiendo la memoria. Ahora recuerdo que los escondí aquí temiendo que me robaran. Como hay tantos ladrones por ahí…puesss…

 

 

Piedad Martos Lorente

 

28 de febrero de 2018