VII
Cuando amaneció, Andrés ya había recogido su saco, había cortado un trozo de pan y un trozo de queso para cada uno y había salido a la calle para ver el amanecer, digno de fotografiar. Allí esperó a que la luz del día iluminara el cielo azul, para después coger el cuaderno y escribir en él un resumen de lo vivido el día anterior. Al acabar, entró en la cabaña y llamó a Pepe, que dormía profundamente como un niño pequeño.
-¿Pepe? –el anciano abrió los ojos, miró a su alrededor con asombro y se llevó las manos a la cabeza para alisarse el poco cabello que lo poblaba.
-Buenos días, amigo. ¿Qué tal ha pasado la noche?
-¿Quién es usted? ¿Por qué está en mi casa?
-Soy Andrés, su amigo y esta no es su casa, pero pronto llegaremos a ella. Venga, levántese, que nos vamos a poner en marcha en cuanto comamos un poco.
Llegaron a Campollano pasadas las doce del mediodía.
-A ver, Pepe, ¿dónde vive usted?
Pepe se detuvo, miró a un lado y a otro de la calle y se puso en marcha de nuevo. Andrés lo seguía, observando todos los movimientos del hombre. Éste se paraba de vez en cuando y se fijaba en cualquier cosa: en una puerta, en una ventana, algo que pudiera aportarle alguna pista que le hiciera recuperar la memoria, al parecer ausente.
En un cruce de dos calles Pepe se paró, miró a un lado y a otro sin saber por la que seguir. Andrés tampoco conocía el lugar. Preguntó a un muchacho dónde podía encontrar a la policía municipal y una vez informado, cogió a su protegido del brazo y se dirigió hacia la comisaría.
El policía que los atendió, tomó nota y consultó algo en el ordenador. En la pantalla apareció la fotografía de Pepe.
-Aquí está, hace dos días que lo estamos buscando. ¿Dónde lo ha encontrado?
-Lo encontré ayer a primera hora de la tarde en el camino de las laderas. Me dijo que había ido a ver a sus padres, entonces comprendí que estaba perdido, pero no me sabe decir dónde ni con quien vive.
-Déjeme su D N I, por favor.
Andrés sacó su cartera y de ella el carnet de entidad. El policía anotó los datos y se lo devolvió de nuevo.
-Espere aquí, voy a dar el aviso.
El agente entró en un despacho y después de unos minutos salió con nuevas órdenes.
-Dentro de pocos minutos estará con su familia, un coche patrulla lo llevará a su casa. ¿Usted querrá acompañarle?
-Sí, por favor.
Media hora más tarde, Pepe se hallaba entre los brazos de su hija que lo abrazaba fuertemente con lágrimas en los ojos y la alegría de haberlo encontrado sano y salvo, reflejada en su rostro.
-¡Gracias a Dios que ha vuelto! ¿Cómo estás, papá? ¿A dónde has ido y por qué no me dijiste que te ibas? Ay, papá, qué susto me has dado, pensaba que no volvería a… -la mujer, no podía contener el llanto producido por el temor a perderlo. Cuando se recuperó de la emoción, se dirigió a su acompañante para agradecerle el gesto bondadoso de llevarlo hasta su casa, y la molestia de haber interrumpido su marcha.
-No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mi padre.
-No tiene importancia, usted también lo habría hecho por el mío, o por cualquier otra persona, ¿no?
-Claro que sí, pero es que lo he pasado tan mal… que el verlo otra vez sano y salvo, cuando había perdido la esperanza… Eso no se paga con dinero. Perdone, no le he ofrecido mi casa. Pase y siéntese, por favor. Voy a preparar algo para comer.
Durante la comida, Andrés entabló conversación con la mujer. Esta, le habló de la enfermedad de su padre y de lo que le preocupaba la pérdida de memoria. Él le contó que iba de viaje y que lo hacía a pie.
-Esta tarde ya no le da tiempo para llegar a Villa Verde de los Lagos, eso está a 30 kilómetros de aquí y ya es media tarde, así que yo le sugiero que duerma en mi casa, descanse y mañana salga a primera hora.
-¿Y cómo es que va a pie?
-Bueno, son cosas de la vida. Digamos que es una promesa.
Ya en la sobremesa, la mujer no dejaba de pensar en aquel misterioso joven y en su empeño en viajar andando, entonces sacó 50 euros y se los ofreció.
-Tenga, joven, para que se tome algo en su viaje a la salud de mi padre.
-No, no, ni hablar. Si lo he traído hasta su casa no ha sido para que me pague, sino por humanidad. No podía dejarlo desamparado, perdido e indefenso. Guárdese el dinero, por favor.
-Pero si esto no es pagarle, lo que ha hecho no tiene precio ni yo tengo suficiente dinero para ello.
-No se hable más, Adela, con la comida que acabo de digerir ya me ha pagado con creces. La sopa me ha resucitado, y los filetes… qué decir de ellos, todo estaba riquísimo. Si quiere pagarme –el joven se levantó para dirigirse a donde reposaba su mochila, sacó el cuaderno y volvió a la mesa con él en las manos- deje constancia de mi visita a su casa y de lo ocurrido en este cuaderno, podría ser que algún día me sirva de mucho.
-¿En qué le puede servir que yo le de las gracias por escrito?
-Qué se sabe… Si alguna vez escribo mis memorias… -Andrés rio simpático y ella le imitó mientras firmaba después de escribir unas breves palabras.
-Ande, siéntese en el sofá junto a mi padre, mientras yo le preparo la cama.
-No se moleste, por favor, yo duermo en cualquier sitio con el saco, aquí mismo, o en la cochera.
-¿En la cochera? ¡Ay, qué cosas dice usted, Andrés! La cochera es para los coches además de un montón de trastos que tengo en ella, que por cierto, lo tengo todo por medio. Lo estaba ordenando cuando desapareció mi padre y sigue todo de la misma manera que lo dejé para salir en su busca. Me puse tan nerviosa y tan preocupada que no he vuelto a entrar.
-Me alegro que no lo haya recogido todavía, así le ayudo yo. Vamos, dígame dónde está y lo que quiere hacer.
-Usted está cansado, no puede ponerse a trabajar cuando lo que tendría que hacer es descansar.
-No se hable más, Adela, cuanto más tiempo dejemos pasar, más tarde se hará, así que vamos a empezar.
La llegada de Andrés con Pepe en aquella casa, para Adela fue una bendición de Dios. Además de recuperar a su padre después de creerlo muerto, tuvo la recompensa de su ayuda con la que ordenó y limpió todo dejando cada cosa en su lugar.
El joven, haciendo oídos sordos a la protesta de Adela, cogió su equipaje y lo colocó en un rincón de la cochera.
-¡Pero cómo vas a dormir en el suelo, hombre, hazme caso!
-Aquí voy a dormir divinamente, se lo aseguro.
La mujer buscó, de entre los objetos que almacenaba en otro rincón, una colchoneta y se la ofreció acto seguido.
-Toma, pon esto debajo del saco que algo te protegerá.
Después le preparó una bolsa con bocadillos y fruta y se despidieron, ya que Andrés reanudaría su viaje al ser de día.
Antes de apagar la luz, sacó de la mochila la fotografía y la colocó junto a su cabecera, al tiempo que susurraba en voz baja:
No hay astros que brillen más
que la estrella de tu rostro,
la luna de tu boca
y los luceros de tus ojos.
Adela, extrañada, lo observaba por una rendija de la puerta.
Piedad Martos Lorente
1 comentario:
Hola, amigos y amigas.
Feliz mes de septiembre. Aquí vengo con otro capítulo de nuestro amigo Andrés, que sin duda tiene muchas cosas que contarnos, pero tenemos que esperar al próximo.
Gracias a todos y a todas por vuestro interés y comentarios.
Os dejo un grato abrazo y el deseo que todo vaya bien.
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