domingo, 25 de enero de 2026

LA ROCA ENCANTADA

EL DORMILÓN

 

De pronto se vio en un monte que no era el suyo. Dio unos pasos a su alrededor mirándolo todo asombrado por lo que veía, pues no conocía nada.

Estaba encima de una colina de donde se divisaba todos los alrededores. Como podía ser que hubiera andado tanto, si apenas había salido de él. No había árboles ni leña para llevar a su casa y el camino que lo llevaría a su pueblo tampoco estaba. En su lugar había una carretera con mucho tráfico. Comenzó a buscar el burro y tampoco lo encontraba, por lo que se puso muy nervioso sin saber que le había pasado.

Miraba a su alrededor y no encontraba nada conocido, nada orientativo que pudiera llevarle a su pueblo. No podía haber andado tanto, además, por aquellos alrededores él se los conocía todos. Se sentó en un puntal de donde se veía todo con más claridad y a veces veía algo que quería conocerlo, pero de pronto pensaba que no podía ser, porque al lado había casas y carreteras.

Llegó a pensar que se había vuelto loco, que había perdido la razón. Pero luego pensaba de nuevo, "estoy bien, no me pasa nada, pero ¿entonces que es todo esto?

Echó a caminar por la orilla de la carretera sin rumbo dirección a ninguna parte, hasta llegar al pueblo. Observó a dos hombres que iban delante de él y en la conversación que mantenían conforme andaban. Él los seguía, pues como iba sin rumbo fijo le daba igual ir para un lado que para otro.

-Parece que va a cambiar el tiempo. A lo mejor llueve, porque a mí me duelen las rodillas, y cuando a mí me duele algo es porque va a llover.

-Dios te oiga, porque hace tiempo que tenía que haber llovido.

-Yo me acuerdo, que en el tiempo que estamos, hace años, hacía un frío que pelaba y ahora tenemos unas temperaturas de verano. Todavía no he puesto el aire acondicionado para el frío.

-Toma, ni yo he encendido la calefacción, pues con el precio que tiene el gas…

-Sí, todo lo han subido tanto, que no sé a dónde vamos a llegar.

-Bueno, Luis, yo me voy por aquí, que tengo que comprar unas cosas que me hacen farta.

-Adiós, Raúl, hasta mañana.

Me parece que estoy en otro país con cosas que no he visto en mi vida. ¿Qué será el aire acondicionado? Será para calentarse como la calefacción, aunque nunca lo había oído antes.

Avenidas, calles anchas, coches, muchos coches diferentes a los que él había dejado y ningunas bestias con leña y aperos de trabajo. En cambio, la gente andaba por la calle con unos aparatos en las manos, que lo mismo hablaban con él, que escuchaban música o miraban no sé qué. Eran tantas cosas las que veía, que ya no sabía lo que le pasaba.

Hasta que llegó al casco antiguo y entonces conoció la Iglesia de san Juan y algunas casas y algunas calles. Buscó la suya y la encontró trasformada en un restaurante. Se fijó en la puerta de entrada y era totalmente diferente a la que él había dejado. Anteriormente era de madera con un llamador con la forma de una mano. La puerta tenía unos barrotes y entre barrote y barrote tenía un cristal opaco.  Ignoraba del material que estaba hecha. La miraba fijamente con los ojos muy abiertos, cuando salió una joven, que al verlo preparado para entrar le preguntó.

-¿Que desea?

-Nada, yo vivo aquí.

-Se ha equivocado, señor, la que vive aquí soy yo -la mujer cerró la puerta y se fue de prisa.

Sin duda era su casa, pero ¿qué le había pasado? Estaba desorientado, y ya no pudo más. Cayó al suelo desmayado. Las personas que entraban al restaurante lo vieron caer y acudieron en su ayuda.

Era un hombre joven… parecía joven, pero llevaba unas ropas antiguas, que le hacían verse mayor.

-¿Que le ha pasado, señor? ¿se ha mareado?

El hombre no contestó a las preguntas que le hacían y se echó a llorar como un niño. La gente se amontonó a su alrededor, esperando oír su procedencia, que entre sollozos decía.

-¿Que han hecho con mi casa, que han hecho con mi casa, Dios mío de mi alma? ¿Qué me ha pasado? ¿Alguno de ustedes me pueden decir Dónde está mi familia?

-Yo no sé quién es su familia -le decían los que allí se habían acercado, y poco a poco se iban retirando, cada cual a sus quehaceres. Al final, solo se quedó un joven, que le daba ánimo para que se levantara del suelo, donde había caído.

-Póngase de pie y venga a mi casa, que hablaremos.

-Yo salí ayer de mi casa… como pueden haber desaparecido mi mujer y mis hijos y trasformar mi casa y las cuadras en un restaurante o lo que sea, porque no entiendo nada -decía el hombre con lágrimas en los ojos.

-No se preocupe, señor, que todo lo averiguaremos, aunque nos lleve algún tiempo. ¿Cómo se llama usted?

-Perdone. Me llamo Francisco.

-Francisco, ¡qué más?

-Francisco Fernández Sepúlveda.

-Fernández, como yo. Yo me llamo Daniel Fernández García.

-¿Usted también se llama igual que yo?

-Eso parece. A lo mejor somos familia y todo -los dos hombres rieron y francisco parecía más aliviado.

-Mi hijo también se llama Daniel.

-Lo bueno abunda -volvieron a reír los dos-. Ya hemos llegado. Pase, por favor.

Daniel le hizo pasar a una salita y llamó a su padre mientras él hablaba con su primo, médico neurólogo, para contarle lo que había pasado.

-Me ha dicho mi hijo, que busca a su familia y no la encuentra.

-Así es. Salí ayer mañana a primera hora y   cuando he venido hoy han desaparecido y mi casa se ha convertido en una casa de comidas, que le llaman "restaurante" o qué sé yo.

El padre de Daniel lo observaba cuidadosamente, sin encontrar en él nada extraño, sino las ropas que llevaba puestas que parecían del siglo pasado. Sin embargo, tenía algo que le recordaba a su padre, ya fallecido.

-¿Y dice usted que salió ayer y que los dejó en su casa?

-Así es.

-Como se llama su mujer, sus hijos, algo que nos pueda ayudar para localizarlos.

El padre de Daniel quería decirle, que aquella casa que él decía que era suya, pertenecía a su familia desde hace muchos, muchos años, pero tuvo miedo a su reacción y prefirió esperar.

-Mi mujer se llama María y mis hijos se llaman, el mayor Paquito, la niña, que es la segunda, se llama Encarnita y el pequeño se llama Daniel, como su hijo.

El padre de Daniel palideció al oír a Francisco decir los nombres de su familia en el mismo momento que entró su hijo acompañado con su primo, el médico.

-¿Te encuentras mal, papá? Has cambiado de color.

-No, no me pasa nada, solo que me he preocupado al saber de este señor…

Los dos hombres se sentaron y siguieron la conversación. El padre de Daniel le preguntó a Francisco.

-Y dice usted que salió ayer de su casa. ¿Qué día era ayer?

-Veintiocho de octubre de 1925 -se apresuró a decir, para demostrar que no estaba mal de la cabeza- y hoy es veintinueve de octubre.

-Sí señor, hoy es veintinueve de octubre, pero un siglo más adelante, o sea, 2025.

-Me quieren tomar el pelo con el día de los santos Inocentes, pero para ese día faltan dos meses menos un día.

-No, le decimos la verdad -le dijo el médico-. ¿Sabe usted leer?

-Muy poco. Firmar y poco más.

Daniel le acercó un calendario. Francisco lo cogió en sus manos y leyó el año. Entonces se puso a llorar de nuevo.

 

-Mi mujer y mis hijos estarán muertos.

-Así es -le contestó el padre de Daniel-. Mi padre se llamaba Daniel, como su hijo pequeño, que por cierto le parece mucho a él. Sus padres se llamaban Francisco y María, y tenía dos hermanos, mejor dicho, un hermano que se llamaba Paco y una hermana que se llamaba Encarnación, madre del doctor aquí presente y yo que me llamo Francisco, como mi abuelo.

-El restaurante se llama "El leñador" y lo lleva un nieto de Paco Fernández

-Yo era leñador y salía a buscar leña para venderla. Ese día hacía mucho frío. Ya tenía la leña preparada para cargar en el burro y de pronto vi algo que me llamó la atención. Me acerqué un poco más para ver lo que parecía un trono.  Cuando estuve cerca vi que eran unas piedras bien formadas, que vistas de entre los árboles, parecía un sillón. Estaba de cara al sol y me vino ganas de fumarme un cigarro. Me senté un momento mientras me lo liaba y me encontraba tan a gusto, que hasta se me quitó el frío. Parece ser que me dormí un poco y cuando desperté… -Francisco se echó a llorar- cuando desperté ayer me encuentro que no tengo nada, ni familia, ni casa donde vivir, ni dinero para pagarme una habitación y un plato de comida.

-No llore, por favor. Me imagino lo duro que debe ser para usted encontrarse tan de repente así, sin nada… sin su mujer ni sus hijos. Para usted es como si los hubiera perdido ayer y, ahora tiene que pasar el duelo, pero me tiene a mí, que soy su nieto. Mi casa es su casa y mi familia es la suya. Yo le pondré al corriente de todo y usted nos contará como ha pasado un siglo en esa roca encantada.

 

Piedad Martos Lorente

 

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