miércoles, 1 de julio de 2026

El correcaminos 3

III
Al día siguiente reanudó su camino. El aspecto del terreno de aquella zona era solitario, seco y
rocoso. La vegetación había mermado así como las tierras de labor, al hallarse éstas con un
poco de pendiente.
Los alaridos de una persona llamaron su atención. Por unos instantes, Andrés detuvo sus pasos
para observar de dónde provenían. No veía nada parecido a un ser humano, lo que le hizo
pensar que podría ser algún animal salvaje. Continuó andando y subió a lo alto de una
pequeña montaña, desde donde podía divisar las tierras más bajas.
Allí, en lo hondo de la ladera, había volcado un tractor y su ocupante estaba tumbado en el
suelo sin poderse mover. El muchacho bajó corriendo por mitad del campo, hasta llegar al
accidentado. El campesino, al ver que iba a volcar se tiró del tractor por el lado opuesto, con la
mala suerte que al caer se quedó enganchado de un pie, hiriéndose gravemente. El hombre
gritaba pidiendo auxilio, aunque dudaba que alguien acudiera en su ayuda, pues sabía que en
aquella zona no había nadie cerca, a no ser que pasaran por el camino.
-¿Está bien, señor?
-Sí… bueno, no. No puedo sacar el pie de ahí y me duele mucho.
Tenía el pie doblado entre los hierros del tractor y sangraba mucho. Andrés se deshizo de su
equipaje rápidamente.
-Tranquilícese. Voy a intentar liberarle el pie lo antes posible. Lo haré lo mejor que pueda para
no causarle más dolor del que tiene, aunque lo veo muy difícil.
-Haga lo que pueda, joven.
Andrés hizo todo lo que estaba en su mano, usando su imaginación y estrategia para lograr su
propósito.
La pierna sangraba sin parar y parecía ser que, además de la herida, también estaba fracturada.
Cogió una toalla, la dobló a lo largo y vendó la pierna con ella, con el fin de cortar la
hemorragia. El hombre estaba pálido, había perdido mucha sangre y tenía la boca seca.
-¿Tiene coche? –preguntó Andrés.
-Sí, lo tengo ahí, un poco más arriba. En este bolsillo están las llaves.
-Pues en marcha, vámonos al pueblo.
Andrés se cargó a la espalda al tractorista y recorrió los metros que le separaban del vehículo.
Abrió la puerta de atrás y lo colocó de forma que la pierna accidentada pudiera descansar
sobre el otro asiento. Después volvió a por sus bártulos y al momento arrancó el motor para
dirigirse hacia el pueblo más cercano, Los Morales, que era el lugar donde él tenía previsto
pasar la noche.
-¿Cómo se encuentra?
-Mucho mejor, sobre todo, más tranquilo. Llegué a pensar que me moría porque no podía
sacar la pierna de ninguna de las maneras, y claro, allí no había nadie por mucho que gritara, ni
tampoco hay cobertura para llamar a mi casa. He tenido mucha suerte que tú me oyeras.
-La verdad es que sí ha tenido suerte. Yo lo había oído pero, como no veía nada, pensé que era
algún animal del bosque. Por cierto, no me he presentado. Me llamo Andrés.
-Yo me llamo Vicente.
-Vicente, me tendrá que guiar un poco para ir al hospital o lo que haya aquí donde lo puedan
curar, porque yo desconozco la zona.
-Sí, ya te diré.
-¿Se encuentra bien?
-Sí, pero estoy muy cansado, no tengo fuerzas ningunas.
Vicente indicó a Andrés, con dificultad por el agotamiento, el camino más recto para llegar al
hospital. Quince minutos después Vicente era atendido por el equipo de urgencias, el cual le
comunicó a Andrés que había llegado muy apurado por la sangre que había perdido y que se
tendría que quedar unas horas en observación. Desde allí avisaron a su esposa, que en pocos
minutos se personó en el centro. Vicente, algo más recuperado, indicó a su mujer que
atendiera lo mejor posible al joven que le había salvado la vida. Que no lo dejara marchar sin
despedirse de él.
Aquella noche, Andrés fue atendido por la esposa e hijos de Vicente como jamás hubiese
imaginado.
-Por favor, Ángeles, que yo no merezco tantas atenciones.
-Calla, come y obedece. Si tú no te hubieses presentado en aquel instante, mi marido hubiese
fallecido.
-Bueno, eso ya estaría escrito en su destino y en el mío. Yo no he hecho nada más que
ayudarle.
-¿Y te parece poco? Venga, come. Después me das la ropa que te la lave, te das una ducha y te
acuestas a descansar, que debes estar agotado.
-Sí, un poco cansado sí que estoy, pero ya tengo tiempo de descansar. La ropa me la puedo
lavar mañana en el río y a la misma vez me baño.
-La ropa te la voy a lavar yo ahora mismo.
-Pero…
-No hay peros que valgan.
-Ángeles, le voy a pedir un favor, si no le sabe mal.
-Tú dirás.
Andrés se levantó de la silla y sacó de su mochila el cuaderno, donde guardaba todas sus
vivencias y las impresiones que sentía durante el día, y se lo dio a la mujer.
-Me gustaría que me firmara debajo de este escrito. Es la experiencia que he vivido hoy.
-Claro que sí, hombre. Eso está hecho.
Esa noche, el aventurero no pudo sonreírle a la joven de la fotografía, ya que compartió
habitación con el chico de Vicente y, si ya le habían tomado por loco cuando les explicó que iba
andando de un pueblo a otro por caminos solitarios, qué dirían si le vieran hablar y sonreír
ante una imagen de papel.
A la mañana siguiente, antes de partir, fue a visitar al herido que ya le estaba esperando. Su
aspecto era mucho mejor que cuando lo dejó el día anterior.
Vicente le agradeció una vez y otra el bien que le había hecho y quiso recompensarle con algo
de dinero, cosa que Andrés rechazó tantas veces como Vicente intentó.
-Ya que no quieres el dinero, déjame tu dirección y número de teléfono. Me gustaría seguir en
contacto contigo ya que nos hemos conocido de forma accidental.
-Ves, eso sí que lo acepto. Te doy mi dirección aunque el teléfono todavía no puedo ya que no
lo tengo en activo, pero tú me das el tuyo y cuando llegue a mi casa, te llamo sin falta.
-Que tengas buen viaje, amigo.
-Recupérate pronto y ten cuidado con el tractor.
Se despidieron con un apretón de manos.
Piedad Martos Lorente

lunes, 15 de junio de 2026

EL CORRECAMINOS 2

 

II

 

A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Andrés se ponía en marcha y caminó toda la mañana de un tirón. El carril que lo llevaría a la meta de ese día cruzaba un campo de árboles frutales, el cual le daba al paisaje una vista espectacular. Los diversos colores de las frutas, que se exhibían entre las hojas verdes de las ramas, eran dignos de admiración. El campo estaba solitario, nadie se veía por los alrededores.

De pronto sintió el deseo de coger una manzana que había caído al suelo y que tenía buena vista. Entró en el bancal y se agachó para coger la fruta.

 

-Deja esa manzana en el suelo.

 

Andrés se estremeció y dio un respingo, debido a la voz que acababa de escuchar, dejando caer la manzana al suelo. Se incorporó y dirigió su mirada hacia el lugar de donde provenía el sonido.

 

-Perdone, señor, es que la he visto tan apetecible que he sentido el deseo de clavarle el diente. Como estaba en el suelo, pensé…

-Pensaste que… No, hombre, no, coge una manzana del árbol… Bueno, una o dos…Coge todas las que quieras y come, que son para eso.

-Muchas gracias, señor, yo solo quiero una.

 

El hombre cogió una bolsa y le puso en ella 10  ó 12 manzanas.

 

-Toma, come las que quieras. ¿Vas muy lejos?

-Voy a Los Tres Robles.

 -¿A Los Tres  Robles? Irás en coche, ¿verdad?

-No, señor, voy andando.

-¿Andando? Tú estás loco, hombre, si eso está muy lejos de aquí para ir a pie.

-Ya lo sé, ya. ¿Qué le debo por las manzanas?

-Qué me vas a deber, si te las he regalado yo. Nada, que tengas buen viaje y te vaya bien.

-Muchísimas gracias, señor, que Dios se lo pague.

 

El joven se alejó a paso firme y ligero, con el propósito de llegar lo antes posible al lugar de su destino, cosa que logró sin dificultad alguna.

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

MINI NOVELA

EL CORRECAMINOS

 

I

 

A primera hora de un domingo de primavera, cuando la ciudad dormía después de una noche festiva, Andrés salía de ella cargando sobre su espalda una mochila y un saco de dormir, dispuesto a iniciar su aventura que duraría varios días, incluso podría durar un mes.

Dejó la carretera y se adentró por atajos, entre la montaña y las tierras de labor en las que crecían los cereales sembrados por los campesinos de la zona. En su mano derecha llevaba un bastón que terminaba en una punta fina de metal, con el que se apoyaba al caminar por los terrenos, a veces rocosos y a veces movedizos, que lo conducirían a otros carriles de mejor acceso. En la mochila llevaba todo su equipaje, un chándal, ropa interior, un chubasquero, una toalla grande y otra más pequeña, una bolsa de aseo con gel, colonia, jabón y cuchillas de  afeitar, pasta y cepillo de dientes y jabón para lavar la ropa. También llevaba una bolsa con comida, la cartera con la documentación y cien euros por lo que pudiera necesitar, además de un cuaderno y un bolígrafo. Sobre su pecho descansaba una cantimplora llena de agua.

 

Caminó toda la mañana sin descansar y sin dejar de pensar en su objetivo, mientras contemplaba el paisaje que lo rodeaba. Quería llegar a la meta que se había propuesto antes de que se hiciera de noche y todavía faltaba un gran trecho para conseguirlo.

La zona estaba solitaria, solo se oían los pájaros que alegres cantaban en las ramas de los árboles. El carril por el que transitaba se escondía tras una pequeña montañita que ocultaba lo que había al otro lado de la misma. Al salir de la curva, se encontró casi por sorpresa, con un vehículo atascado en un bache y a su conductora sentada al volante, intentando salir del barrizal. Andrés se acercó a la ventanilla y preguntó con amabilidad:

-Señora, ¿necesita ayuda?

 

La mujer, que parecía algo mayor que él, se le quedó mirando. Deseaba decirle que sí, pero… y ¿si aquel joven era un delincuente?… Estaba lejos de su casa y por allí no había nadie más a quien pedir ayuda. Se había quedado sin batería en el móvyl y necesitaba que alguien remolcara su coche para poder seguir. Aquel hombre, si quisiera hacerle daño, se lo haría tanto si le pedía ayuda como si no, así que después de dudarlo unos segundos aceptó.

 

-¿Me podría prestar el móvil?, me he quedado sin batería y no puedo llamar para que vengan a por mí.

-Lo siento, señora, no llevo móvil. Pero podemos intentarlo.

 

Ella se encogió de hombros sin dejar de sorprenderse. Un joven, que al parecer iba de excursión por un camino solitario solo y sin móvil… No lo entendía.

Andrés se deshizo de su equipaje, lo dejó en la orilla del camino y se fue a la parte trasera del coche, no sin antes ordenar a la mujer que lo pusiera en marcha. Andrés empleó todas sus fuerzas en empujar y después de unos minutos, el vehículo salió del barro. Sudoroso se acercó a la portezuela cerrada y le dijo:

 

-Señora, lo hemos conseguido.

-Gracias, joven, si no es por usted no lo habría logrado. ¿Necesita que lo lleve a algún lugar?

-No, muchas gracias, mi misión es de ir andando, pero sí le voy a pedir un favor.

-Si es algo que yo pueda hacer cuente con ello.

Andrés dio unos pasos hacia su equipaje y sacó de él el cuaderno, después se volvió hacia ella y se lo ofreció al tiempo que decía:

-Me gustaría que dejara constancia de este pequeño incidente y firmara con su nombre. Es solo para mis memorias.

 

Algo tímida, la mujer tomó el cuaderno e hizo lo que él le había indicado, devolviéndoselo acto seguido. Pues no dejaba de sorprenderse y tenía ganas de salir de allí y alejarse de él cuanto antes.

El muchacho continuó su camino y al oscurecer llegó a su primera meta, donde pasó su primera noche en el porche de una vieja casa a las afueras del pueblo.

Bajo la luz de las estrellas abrió la mochila y sacó, de entre sus ropas, un cuadro con el marco plateado, envuelto en una bufanda para protegerlo de algún golpe. En él se podía ver la imagen de una mujer joven y bella. Lucía sobre un fondo oscuro en el que resaltaba pequeñas estrellas plateadas. Lo miró, sonrió y lo apoyó al lado del saco y susurró: “nuestra primera noche de aventura.” A continuación se comió un bocadillo,   se enfundó el saco de dormir y cayó en un sueño profundo.

 

 

Piedad Martos Lorente

viernes, 1 de mayo de 2026

UN DESEO CALLADO

feliz mes de mayo
.

Tengo los ojos turbios

como una noche cerrada,

que se mueren por ver

una noche estrellada.

****

Si viera la luz

y brillaran las estrellas,

mis ojos verían el cielo

alumbrado por todas ellas.

Y vería el alegre amanecer

con los rayos rojizos,

desapareciendo la noche

hasta ver el sol salido.

Y vería el cielo azul

limpio y transparente,

con algunas nubes blancas

que se mueven lentamente.

Vería el atardecer

con el sol rozando el mar,

fundirse con la tierra

y después la oscuridad.

Y así daría la vuelta

la noche y el día,

y mis ojos estarían espléndidos

gozosos de alegría.

****

Un deseo callado

llevo en el alma,

pensando en mis ojos turbios

que todo lo empañan.

. 

Piedad Martos Lorente

 

lunes, 6 de abril de 2026

EL NIÑO DE LA CARA TRISTE

Érase una vez un niño llamado Lucas que vivía en un bonito palacio con todas las comodidades y valiosos juguetes que complacían sus caprichos. El palacio estaba rodeado de un bello jardín donde Lucas podía jugar y contemplar tanta hermosura, al mismo tiempo que disfrutaba de la naturaleza. Pero a pesar de todo de lo que poseía, Lucas estaba siempre triste y amargado, no era feliz, por eso le llamaban “el niño de la cara triste”.

Un día, enfurecido consigo mismo, Lucas daba patadas a las bellísimas flores que adornaban el jardín como si ellas fueran culpables de su amargura. De pronto oyó una voz que le decía:

—¿Por qué golpeas las flores? ¿Te han hecho algo?

El niño volvió la cabeza para ver quién le hablaba y se encontró frente a una imagen que surgía de un destello de luz desconocida para él, era la más hermosa que había visto jamás y lo miraba fijamente a los ojos. Lucas sintió como aquella mirada profundizaba dentro de su alma y sintió vergüenza de su comportamiento.

La voz volvió a preguntarle:

—No has contestado a mi pregunta, dime, ¿por qué golpeas las flores? ¿Qué te han hecho?

—Nada —contestó áspero y punzante como las espinas del rosal que estaba golpeando—. Nada de lo que tengo me hace feliz, las flores no sirven para nada son inútiles y mis juguetes no me gustan.

La imagen contestó dulcemente:

—Sí, mi querido niño, las flores sirven para embellecer y perfumar el lugar donde se hallan, además de distraer la mirada de aquellos que saben contemplar la belleza que la naturaleza pone a nuestro alcance.

En ese momento, un niño de su misma edad pasaba por la calle frente a los jardines del palacio, caminaba con la mirada en alto y un bastón blanco en la mano que le ayudaba a detectar los obstáculos; intentaba dirigir sus pasos hacia su destino. La voz continuó hablando:

—Levanta la cabeza y mira al cielo, Lucas. Contempla el azul que lo envuelve y esas nubes blancas que parecen figuras de algodón movidas por la brisa. ¿No crees que ese niño tiene más motivos que tú para estar triste? Él no puede mirar al cielo, tocar las nubes... Ni tan siquiera puede contemplar este jardín y, sin embargo, en sus labios lleva una sonrisa dibujada.

Entonces, Lucas inclinó la cabeza y se volvió hacia su bicicleta y los otros juguetes que aguardaban para ser utilizados en sus juegos. De pronto, en un arrebato, el niño empezó a pisar con furia todo cuanto encontraba a su paso.

La voz volvió a preguntarle:

—¿Por qué rompes los juguetes? ¿No has pensado en la cantidad de niños que hay en el mundo que serían felices con uno solo de los tuyos?

Arrepentido se agachó para ordenar los juguetes pisoteados y, por el rabillo del ojo, vio cómo, desde la calle era observado por un grupito de niños que vestían ropas humildes sin apartar la vista del espectáculo  que, sin proponérselo, Lucas estaba ofreciendo a los viandantes. 

De pronto sintió dentro de sí un malestar que no podía explicar, ¿vergüenza?, ¿angustia?, ¿arrepentimiento? No sabía lo que era, pero, sin pensarlo dos veces, tomó los juguetes del suelo y los repartió entre los niños que aún seguían con la mirada fija en sus movimientos. Los niños gritaron de alegría al tiempo que reían sin parar, agradeciendo a Lucas su gesto tan generoso. Saltaban y reían una y otra vez, hasta el punto que contagiaron al donante y su cara ya no era triste, sino todo lo contrario, en ella se dibujaba la sonrisa y el placer que le causaba ver a los otros niños felices y contentos. Entonces se volvió hacia la bella figura que también sonreía satisfecha por su trabajo y le preguntó:

—¿Quién eres? ¿Por qué has venido?

—Soy un hada buena y he venido a ayudarte a ser feliz, no podía verte triste, pero ya me voy.

Y diciendo esto, desapareció confundiéndose con los rayos del sol.

El niño contempló las flores del jardín, el cielo azul y las nubes blancas y oyó cantar a los pajarillos. Fue en ese instante cuando supo ver la hermosura del paisaje que lo rodeaba, al tiempo que exclamaba:

—Qué bellas son las flores del jardín! ¡Cuánta hermosura! Perdóname, señor, por no haber sabido ver la grandeza de todo lo que me rodea.

Al día siguiente, el niño del bastón volvió a pasar por la puerta del palacio. Lucas lo vio desde su ventana y corrió a la calle hasta alcanzarlo.

—¡Hola, me llamo Lucas! ¿Y tú?

—Hola, Lucas. Yo me llamo Ángelo.

—¿Quieres que te acompañe?

—Bueno, si tú quieres...

Y así fue cómo los dos niños se hicieron amigos, Lucas acompañaba todos los días a Ángelo, le explicaba cómo era el cielo, las nubes, las estrellas y la luna, las montañas y todos los paisajes que los rodeaban. Lo llevó al palacio, le enseñó su habitación donde tenía sus juguetes y los compartió con él, regalándole parte de ellos. Le explicó lo triste que estaba antes de ver el hada, cuando tenía más juguetes, y cómo desde que repartió gran parte de ellos se sentía muy feliz y había aprendido a apreciar lo afortunado que era de poder ver los paisajes y describírselos a él.

Piedad Martos


 

sábado, 7 de marzo de 2026

ME GUSTA ESTAR EN SILENCIO

TÚ, QUE ERES PLANTA DE TEMPORADA

. 

Me gusta estar en silencio

y oír caer la fina lluvia,

mientras, sentada al ordenador

le escribo a la delicada petunia

que está puesta en el balcón.

 .

Tú, que eres planta de temporada

y tus flores son como campanitas,

ahora, con el agua sobre tus hojas

te veo linda y bonita.

Parecen diamantes en su esplendor

caídas del cielo divino,

alegrando el color

que entre el verde y la flor a nacido.

 .

Las horas van pasando

y yo sigo ausente,

mientras le escribo a las flores

aunque no estén presentes.

Porque me gusta estar en silencio

oyendo caer la lluvia,

sobre la baranda del balcón

y la imaginada petunia.

 .

Piedad Martos Lorente

 

domingo, 15 de febrero de 2026

OTRO CAPÍTULO DE MOGINES

Agradezco enormemente el tiempo que dedicáis a la lectura de mis cuentos, relatos y poesías ya que estos son más largos de lo que os gustaría. Por eso mismo os doy las gracias y os invito a leer otro capítulo de mogines y sus aventuras, esperando que os guste y no os aburra.
 
capílo 3 de mogines.pdf
CAPÍTULO 3: PATINAJE ARTÍSTICO
El gato Mojines
se levanta muy temprano,
se lava la cara con la mano
y se pone los patines.
Sale a pasear y, como siempre,
saluda a sus amigos
simpático y sonriente.
Se encuentra con un ratón
que ha salido a tomar el sol,
se detiene y lo saluda
con educación.
Pues aunque para él es un desconocido,
lo trata como a cualquier amigo.
Buenos días amigo ratón,
encantado de conocerte
y de tenerte...
El ratón, no responde
a tan gentil gesto
y, asustado, huye y
desaparece en un momento.
Mojines se sorprende
porque la actitud del ratón
no comprende.
¿Qué le pasa?
¿De qué se ha asustado?
¿Se quemará su casa?
¡Ha salido disparado!
Voy a dar una vuelta a ver qué veo,
igual necesita ayuda…
aunque no lo creo.
¿Seré yo el causante de su miedo?
Los gatos tenemos mala fama,
pero si yo no me meto con nadie…
nunca hago nada…
Nada que no se deba,
porque si él está en peligro,
aquí está mi menda…
Para lo que pueda servir,
que yo, haciendo bien,
me siento feliz.
Y eso hizo,
el gato dio una vuelta
por el recinto.
Al principio no vio nada
pero después divisó una caravana.
Hacia ella se dirigió,
con la esperanza de ver algo nuevo.
Era un espectáculo
que venía de otro pueblo.
¡Caramba, si tenemos fiesta en el barrio,
no lo sabía!
–exclamó dirigiéndose al lugar
con alegría.
Sí, allí estaba la última moda,
una pista de hielo que tanto mola.
Se abrió paso entre los espectadores
comprobando que entre ellos,
había un grupo de ratones.
También había un quiosco
de refrescos y golosinas,
y un puesto donde alquilaban
patines en la otra esquina.
Todos hacían cola
para entrar en la pista
y deslizarse por el hielo
como hacen los artistas.
Los perritos, Perla y Cascabel,
cogidos de la mano,
comenzaron a patinar
por el suelo helado.
Socorrooo, gritaba ella
sin poderse detener,
tirando con fuerza de
la mano de Cascabel.
Era muy divertido,
aunque a Cascabel
le costaba mantener el equilibrio.
Nunca había patinado
y llevando a Perla de la mano…
¡Uf, qué pesado!
Cuando acabó su turno,
aplaudieron los espectadores
y ellos salieron triunfantes
como dos campeones.
Después entró un pato
de blanco plumaje,
con el pico dorado,
todo él muy elegante.
Se movía como una pluma en el aire,
equilibrando sus pasos sin esforzarse.
En la pista quedó solo,
sin nadie que entorpeciera
los movimientos
de su cuerpo con piruetas
como movidas por el viento.
De nuevo aplaudieron
al acabar su exhibición,
por el espectáculo ofrecido
digno de admiración.
Ahora toca el turno
a un cerdito gordinflón,
que desde hace rato espera
con impaciencia hacer su demostración.
Así, con el rabo enroscado sobre el lomo,
todo él muy erguido y dispuesto,
arrastra sus patines alegre y contento.
Pronto empezó el espectáculo
y la sonrisa del cerdito
se convirtió en sabor amargo.
De pronto pegó un chillido
pidiendo socorro,
el cerdito no podía
con su cuerpo tan gordo.
La falta de experiencia
desequilibró su patinaje,
cayendo al hielo
sin poder levantarse.
Se da la vuelta,
se pone de rodillas,
al ponerse en pie cae de nuevo
y con el hielo se golpea la barbilla.
Venga, vamos
–gritan los de fuera-,
levanta el rabo
y empina las orejas.
El cerdito contestaba:
– Si de esta me salvo y no muero,
no quiero más pistas de hielo.
– Venga, hombre, no te rindas,
que eso le pasa a cualquiera,
la próxima vez
tendrás más experiencia.
Él lo vuelve a intentar,
pero el hielo cada vez
resbala más.
Aunque mucho se esforzaba
no había manera,
así que arrastrando el pesado culo,
de un impulso saltó a la acera.
¡Por fin!
Tenía el lomo helado
y la mirada triste…
¡Se sentía avergonzado!
Al momento, el espectáculo continuó
y al ratón el turno le tocó.
Éste, con su pandilla,
patinaba como loco
de orilla a orilla.
Se deslizaban con facilidad en el aire,
bailaban y hacían piruetas
como hacen los profesionales.
Mas de pronto,
pasó algo inesperado.
– ¡Un agujero en el hielo
a los ratones se los ha tragado!
–gritaba el público horrorizado-.
¡Qué pena y qué dolor,
entre esos bloques de hielo
ya no tienen salvación!
La lucha del cerdito
por levantar su cuerpo pesado,
ha hecho que el hielo
se haya ablandado.
Todos gritaban
pero nadie corría al lugar,
pues les faltaba experiencia
para poder ayudar.
Mojines, voluntario como siempre,
se mete en la pista
y en el socavón se detiene.
Los ratones, al descubrir
la presencia del gato,
corren y gritan con horror y espanto.
No tengáis miedo,
gritaba el felino,
yo solo quiero ayudaros
y ser vuestro amigo.
Entonces, los ratones callaron sus voces
y esperaron aliviados a ser rescatados.
El gato buscó una escalera,
la introdujo en el agujero
y ordenó a los roedores
que de allí salieran.
Uno tras otro por la escalera subieron,
saludaron a Mojines
y las gracias le dieron.
Entonces, él también
quiso sentir la emoción
de patinar sobre el hielo
al son de una canción.
Bailaba al compás de la música
sin esfuerzo aparente,
mientras oía los aplausos
fervorosos de la gente.
¡Qué agilidad!
¡Qué sabiduría!
La inteligencia de aquel gato,
en el barrio nadie la conocía.
Los ratones, recuperados de la tragedia,
reanudaron la diversión en la feria.
Invitaron a Mojines
con mucho respeto y educación
a tomar unas tapas
de chorizo y jamón.
Él, agradecido por el detalle,
aceptó con mucho gusto
y conversó con ellos
mientras paseaban por la calle.
Al día siguiente,
Mojines se sorprendía,
al leer en la prensa
lo que de él se decía.
He aquí un felino bondadoso,
que salva a un grupo de roedores
de morir en un pozo.
Los gatos, que de por sí,
tienen mala fama con los ratones,
Mojines ofrece su ayuda
al que está en peligro
sin mirar raza ni condiciones.
Y así, de esta manera,
nuestro amigo se hizo famoso
porque todos supieron como él era.
.
Piedad Martos Lorente