Piedad
miércoles, 1 de julio de 2026
El correcaminos 3
lunes, 15 de junio de 2026
EL CORRECAMINOS 2
II
A la mañana siguiente, antes de salir el sol, Andrés se ponía en marcha y caminó toda la mañana de un tirón. El carril que lo llevaría a la meta de ese día cruzaba un campo de árboles frutales, el cual le daba al paisaje una vista espectacular. Los diversos colores de las frutas, que se exhibían entre las hojas verdes de las ramas, eran dignos de admiración. El campo estaba solitario, nadie se veía por los alrededores.
De pronto sintió el deseo de coger una manzana que había caído al suelo y que tenía buena vista. Entró en el bancal y se agachó para coger la fruta.
-Deja esa manzana en el suelo.
Andrés se estremeció y dio un respingo, debido a la voz que acababa de escuchar, dejando caer la manzana al suelo. Se incorporó y dirigió su mirada hacia el lugar de donde provenía el sonido.
-Perdone, señor, es que la he visto tan apetecible que he sentido el deseo de clavarle el diente. Como estaba en el suelo, pensé…
-Pensaste que… No, hombre, no, coge una manzana del árbol… Bueno, una o dos…Coge todas las que quieras y come, que son para eso.
-Muchas gracias, señor, yo solo quiero una.
El hombre cogió una bolsa y le puso en ella 10 ó 12 manzanas.
-Toma, come las que quieras. ¿Vas muy lejos?
-Voy a Los Tres Robles.
-¿A Los Tres Robles? Irás en coche, ¿verdad?
-No, señor, voy andando.
-¿Andando? Tú estás loco, hombre, si eso está muy lejos de aquí para ir a pie.
-Ya lo sé, ya. ¿Qué le debo por las manzanas?
-Qué me vas a deber, si te las he regalado yo. Nada, que tengas buen viaje y te vaya bien.
-Muchísimas gracias, señor, que Dios se lo pague.
El joven se alejó a paso firme y ligero, con el propósito de llegar lo antes posible al lugar de su destino, cosa que logró sin dificultad alguna.
lunes, 1 de junio de 2026
MINI NOVELA
EL CORRECAMINOS
I
A primera hora de un domingo de primavera, cuando la ciudad dormía después de una noche festiva, Andrés salía de ella cargando sobre su espalda una mochila y un saco de dormir, dispuesto a iniciar su aventura que duraría varios días, incluso podría durar un mes.
Dejó la carretera y se adentró por atajos, entre la montaña y las tierras de labor en las que crecían los cereales sembrados por los campesinos de la zona. En su mano derecha llevaba un bastón que terminaba en una punta fina de metal, con el que se apoyaba al caminar por los terrenos, a veces rocosos y a veces movedizos, que lo conducirían a otros carriles de mejor acceso. En la mochila llevaba todo su equipaje, un chándal, ropa interior, un chubasquero, una toalla grande y otra más pequeña, una bolsa de aseo con gel, colonia, jabón y cuchillas de afeitar, pasta y cepillo de dientes y jabón para lavar la ropa. También llevaba una bolsa con comida, la cartera con la documentación y cien euros por lo que pudiera necesitar, además de un cuaderno y un bolígrafo. Sobre su pecho descansaba una cantimplora llena de agua.
Caminó toda la mañana sin descansar y sin dejar de pensar en su objetivo, mientras contemplaba el paisaje que lo rodeaba. Quería llegar a la meta que se había propuesto antes de que se hiciera de noche y todavía faltaba un gran trecho para conseguirlo.
La zona estaba solitaria, solo se oían los pájaros que alegres cantaban en las ramas de los árboles. El carril por el que transitaba se escondía tras una pequeña montañita que ocultaba lo que había al otro lado de la misma. Al salir de la curva, se encontró casi por sorpresa, con un vehículo atascado en un bache y a su conductora sentada al volante, intentando salir del barrizal. Andrés se acercó a la ventanilla y preguntó con amabilidad:
-Señora, ¿necesita ayuda?
La mujer, que parecía algo mayor que él, se le quedó mirando. Deseaba decirle que sí, pero… y ¿si aquel joven era un delincuente?… Estaba lejos de su casa y por allí no había nadie más a quien pedir ayuda. Se había quedado sin batería en el móvyl y necesitaba que alguien remolcara su coche para poder seguir. Aquel hombre, si quisiera hacerle daño, se lo haría tanto si le pedía ayuda como si no, así que después de dudarlo unos segundos aceptó.
-¿Me podría prestar el móvil?, me he quedado sin batería y no puedo llamar para que vengan a por mí.
-Lo siento, señora, no llevo móvil. Pero podemos intentarlo.
Ella se encogió de hombros sin dejar de sorprenderse. Un joven, que al parecer iba de excursión por un camino solitario solo y sin móvil… No lo entendía.
Andrés se deshizo de su equipaje, lo dejó en la orilla del camino y se fue a la parte trasera del coche, no sin antes ordenar a la mujer que lo pusiera en marcha. Andrés empleó todas sus fuerzas en empujar y después de unos minutos, el vehículo salió del barro. Sudoroso se acercó a la portezuela cerrada y le dijo:
-Señora, lo hemos conseguido.
-Gracias, joven, si no es por usted no lo habría logrado. ¿Necesita que lo lleve a algún lugar?
-No, muchas gracias, mi misión es de ir andando, pero sí le voy a pedir un favor.
-Si es algo que yo pueda hacer cuente con ello.
Andrés dio unos pasos hacia su equipaje y sacó de él el cuaderno, después se volvió hacia ella y se lo ofreció al tiempo que decía:
-Me gustaría que dejara constancia de este pequeño incidente y firmara con su nombre. Es solo para mis memorias.
Algo tímida, la mujer tomó el cuaderno e hizo lo que él le había indicado, devolviéndoselo acto seguido. Pues no dejaba de sorprenderse y tenía ganas de salir de allí y alejarse de él cuanto antes.
El muchacho continuó su camino y al oscurecer llegó a su primera meta, donde pasó su primera noche en el porche de una vieja casa a las afueras del pueblo.
Bajo la luz de las estrellas abrió la mochila y sacó, de entre sus ropas, un cuadro con el marco plateado, envuelto en una bufanda para protegerlo de algún golpe. En él se podía ver la imagen de una mujer joven y bella. Lucía sobre un fondo oscuro en el que resaltaba pequeñas estrellas plateadas. Lo miró, sonrió y lo apoyó al lado del saco y susurró: “nuestra primera noche de aventura.” A continuación se comió un bocadillo, se enfundó el saco de dormir y cayó en un sueño profundo.
Piedad Martos Lorente
viernes, 1 de mayo de 2026
UN DESEO CALLADO
Tengo los ojos turbios
como una noche cerrada,
que se mueren por ver
una noche estrellada.
****
Si viera la luz
y brillaran las estrellas,
mis ojos verían el cielo
alumbrado por todas ellas.
Y vería el alegre amanecer
con los rayos rojizos,
desapareciendo la noche
hasta ver el sol salido.
Y vería el cielo azul
limpio y transparente,
con algunas nubes blancas
que se mueven lentamente.
Vería el atardecer
con el sol rozando el mar,
fundirse con la tierra
y después la oscuridad.
Y así daría la vuelta
la noche y el día,
y mis ojos estarían espléndidos
gozosos de alegría.
****
Un deseo callado
llevo en el alma,
pensando en mis ojos turbios
que todo lo empañan.
.
Piedad Martos Lorente
lunes, 6 de abril de 2026
EL NIÑO DE LA CARA TRISTE
Érase una vez un niño llamado Lucas que vivía en un bonito palacio con todas las comodidades y valiosos juguetes que complacían sus caprichos. El palacio estaba rodeado de un bello jardín donde Lucas podía jugar y contemplar tanta hermosura, al mismo tiempo que disfrutaba de la naturaleza. Pero a pesar de todo de lo que poseía, Lucas estaba siempre triste y amargado, no era feliz, por eso le llamaban “el niño de la cara triste”.
Un día, enfurecido consigo mismo, Lucas daba patadas a las bellísimas flores que adornaban el jardín como si ellas fueran culpables de su amargura. De pronto oyó una voz que le decía:
—¿Por qué golpeas las flores? ¿Te han hecho algo?
El niño volvió la cabeza para ver quién le hablaba y se encontró frente a una imagen que surgía de un destello de luz desconocida para él, era la más hermosa que había visto jamás y lo miraba fijamente a los ojos. Lucas sintió como aquella mirada profundizaba dentro de su alma y sintió vergüenza de su comportamiento.
La voz volvió a preguntarle:
—No has contestado a mi pregunta, dime, ¿por qué golpeas las flores? ¿Qué te han hecho?
—Nada —contestó áspero y punzante como las espinas del rosal que estaba golpeando—. Nada de lo que tengo me hace feliz, las flores no sirven para nada son inútiles y mis juguetes no me gustan.
La imagen contestó dulcemente:
—Sí, mi querido niño, las flores sirven para embellecer y perfumar el lugar donde se hallan, además de distraer la mirada de aquellos que saben contemplar la belleza que la naturaleza pone a nuestro alcance.
En ese momento, un niño de su misma edad pasaba por la calle frente a los jardines del palacio, caminaba con la mirada en alto y un bastón blanco en la mano que le ayudaba a detectar los obstáculos; intentaba dirigir sus pasos hacia su destino. La voz continuó hablando:
—Levanta la cabeza y mira al cielo, Lucas. Contempla el azul que lo envuelve y esas nubes blancas que parecen figuras de algodón movidas por la brisa. ¿No crees que ese niño tiene más motivos que tú para estar triste? Él no puede mirar al cielo, tocar las nubes... Ni tan siquiera puede contemplar este jardín y, sin embargo, en sus labios lleva una sonrisa dibujada.
Entonces, Lucas inclinó la cabeza y se volvió hacia su bicicleta y los otros juguetes que aguardaban para ser utilizados en sus juegos. De pronto, en un arrebato, el niño empezó a pisar con furia todo cuanto encontraba a su paso.
La voz volvió a preguntarle:
—¿Por qué rompes los juguetes? ¿No has pensado en la cantidad de niños que hay en el mundo que serían felices con uno solo de los tuyos?
Arrepentido se agachó para ordenar los juguetes pisoteados y, por el rabillo del ojo, vio cómo, desde la calle era observado por un grupito de niños que vestían ropas humildes sin apartar la vista del espectáculo que, sin proponérselo, Lucas estaba ofreciendo a los viandantes.
De pronto sintió dentro de sí un malestar que no podía explicar, ¿vergüenza?, ¿angustia?, ¿arrepentimiento? No sabía lo que era, pero, sin pensarlo dos veces, tomó los juguetes del suelo y los repartió entre los niños que aún seguían con la mirada fija en sus movimientos. Los niños gritaron de alegría al tiempo que reían sin parar, agradeciendo a Lucas su gesto tan generoso. Saltaban y reían una y otra vez, hasta el punto que contagiaron al donante y su cara ya no era triste, sino todo lo contrario, en ella se dibujaba la sonrisa y el placer que le causaba ver a los otros niños felices y contentos. Entonces se volvió hacia la bella figura que también sonreía satisfecha por su trabajo y le preguntó:
—¿Quién eres? ¿Por qué has venido?
—Soy un hada buena y he venido a ayudarte a ser feliz, no podía verte triste, pero ya me voy.
Y diciendo esto, desapareció confundiéndose con los rayos del sol.
El niño contempló las flores del jardín, el cielo azul y las nubes blancas y oyó cantar a los pajarillos. Fue en ese instante cuando supo ver la hermosura del paisaje que lo rodeaba, al tiempo que exclamaba:
—Qué bellas son las flores del jardín! ¡Cuánta hermosura! Perdóname, señor, por no haber sabido ver la grandeza de todo lo que me rodea.
Al día siguiente, el niño del bastón volvió a pasar por la puerta del palacio. Lucas lo vio desde su ventana y corrió a la calle hasta alcanzarlo.
—¡Hola, me llamo Lucas! ¿Y tú?
—Hola, Lucas. Yo me llamo Ángelo.
—¿Quieres que te acompañe?
—Bueno, si tú quieres...
Y así fue cómo los dos niños se hicieron amigos, Lucas acompañaba todos los días a Ángelo, le explicaba cómo era el cielo, las nubes, las estrellas y la luna, las montañas y todos los paisajes que los rodeaban. Lo llevó al palacio, le enseñó su habitación donde tenía sus juguetes y los compartió con él, regalándole parte de ellos. Le explicó lo triste que estaba antes de ver el hada, cuando tenía más juguetes, y cómo desde que repartió gran parte de ellos se sentía muy feliz y había aprendido a apreciar lo afortunado que era de poder ver los paisajes y describírselos a él.
Piedad Martos
sábado, 7 de marzo de 2026
ME GUSTA ESTAR EN SILENCIO
TÚ, QUE ERES PLANTA DE TEMPORADA
.
Me gusta estar en silencio
y oír caer la fina lluvia,
mientras, sentada al ordenador
le escribo a la delicada petunia
que está puesta en el balcón.
.
Tú, que eres planta de temporada
y tus flores son como campanitas,
ahora, con el agua sobre tus hojas
te veo linda y bonita.
Parecen diamantes en su esplendor
caídas del cielo divino,
alegrando el color
que entre el verde y la flor a nacido.
.
Las horas van pasando
y yo sigo ausente,
mientras le escribo a las flores
aunque no estén presentes.
Porque me gusta estar en silencio
oyendo caer la lluvia,
sobre la baranda del balcón
y la imaginada petunia.
.
Piedad Martos Lorente