jueves, 15 de octubre de 2026

EL CORRECAMINOS 10

X
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Andrés entró en el calabozo de un empujón. Le parecía estar soñando porque estaba viviendo
una pesadilla, de la cual no entendía nada.
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-Que pases buena noche y te diviertas con las ratas, jaja –reía el policía con un punto de ironía
y dándole otro puñetazo-. Tal cual para cual. Ya os iba yo a arreglar a todos vosotros. Aquí te
dejaba yo morir de hambre para que aprendas a respetar a las mujeres. Pero la ley es la ley y
no puedo hacer otra cosa sino quitarte las esposas.
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Acto seguido le dio una patada en el culo y salió rápidamente al pasillo, cerrando la puerta con
llave.
Andrés, con las manos libres, echó una ojeada a su alrededor. El habitáculo parecía un pasillo
sin salida, estrecho y sucio y sin más muebles que una colchoneta y un banco. No tenía más luz
que la que entraba por un ventanuco casi en el techo. Resignándose a lo que le estaba
ocurriendo, porque en esos momentos no podía hacer otra cosa, sacó de su mochila el cuadro
de la joven, le retiró la bufanda con la que lo envolvía y lo puso sobre el banco, al tiempo que
susurraba:
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Por ganarme tu corazón
hoy me siento preso,
pero es tan grande mi amor
que por ti, sufro y muero.
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A continuación, sacó el cuaderno en el que anotaba cada día sus vivencias y se puso a escribir
sentado en la colchoneta, aprovechando la poca luz que entraba por aquel agujero.
De pronto, oyó que se abría la puerta dando paso al guardia que le había pegado e insultado.
Andrés levantó la cabeza y miró al agente que estaba frente a él mirándole fijamente, con la
misma sonrisa burlona con la que lo había encerrado.
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-Ya veo que es verdad lo que de ti se habla en el pueblo –dijo mientras cerraba la puerta a su
espalda.
-¿Y qué es lo que de mí se dice en un pueblo si nadie me conoce?
-Calla, loco. Cuando yo te pregunte, contestas –avanzó unos pasos hasta llegar al banco, cogió
la fotografía, mientras insultaba al muchacho que, sin poderse contener más, dejó el cuaderno
y de un salto se puso en pie.
-¡No lo toques! –gritó-. Manos sucias como las tuyas no merecen tocar la pureza de una
criatura como esa.
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El policía lo cogió por el cuello, lo apretó con fuerza y después lo tiró contra la pared. Abrió la
mochila y sacó todas sus pertenencias esparciéndolas por el suelo. Después tomó la bolsa de la
comida, sin darle tiempo a sacar su contenido, porque Andrés, que ya volvía a estar en pie,
cogió la bufanda y se la rodeó a la boca al tiempo que con la otra mano le sujetaba las suyas. Lo
tiró al suelo, le quitó el manojo de llaves y las esposas. El policía, se levantó rápido, pero el
joven se abalanzó sobre él y los dos cayeron al suelo. Andrés lo tenía debajo usando todas sus
maestrías para defenderse.
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-Ahora me va usted a decir, señor policía, qué es lo que yo he hecho y quién le ha dado
permiso para que me trate de la forma que me está tratando. Ahora yo podría devolverle la
jugada, pegarle en el estómago, esposarlo y dejarlo encerrado en esta cuadra para ratas como
usted. Pero como soy un hombre de buenos principios y con educación, voy a esperar a que
usted me saque de donde me ha metido. Vamos a hablar como personas civilizadas. Dígame,
¿en qué he faltado yo a la ley?
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El policía, negándose a responder, no hizo el menor intento por salir de debajo del corpulento
joven, que aún lo tenía atrapado. No podía dar su brazo a torcer, pero el joven tenía razón. Él se
había dejado llevar por lo que le había dicho el portavoz del grupo que se lo habían entregado.
Se había tomado la justicia por su mano, sin apenas tomarle declaración al acusado.
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-¿No me va usted a contestar, señor policía?
-Está bien, joven. Olvídese de lo ocurrido, ha sido un error. Lo siento.
-¿Lo siente? ¿Y quién me quita ahora los golpes que me ha dado usted?
-Ya le he dicho que lo siento. Devuélvame las llaves y déjeme salir. Haré todo lo que pueda por
usted.
-Las llaves se las daré cuando yo esté en la calle, libre de cargos y limpia mi honra. Saldrá
cuando yo salga… cuando salgamos juntos. Ahora voy a ordenar mis cosas… Las cosas que
usted, agente del orden, me ha desordenado. Pero antes lo voy a esposar, y créame de verdad
que lo siento, pero no me fío de usted ni un pelo.
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Antes de que Andrés acabara la frase, el policía ya tenía las esposas en sus muñecas. De poco le
sirvió el forcejeo que mantuvo con el joven, ya que éste, al ser más joven que él y más fuerte,
le superó en reflejos y habilidad.
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-Ya ve usted, señor policía, que no llevo nada que me comprometa, nada que no esté
permitido. ¿Ve? Este es mi equipaje. Ropa… Comida… Lo necesario para el aseo… Y esta
fotografía que siempre me acompaña. Yo creo que con esto no se le hace mal a nadie, al
contrario, si encuentro a alguien en apuros, lo que hago es socorrerlo.
-Está bien, ya le he dicho que lo siento. Ha sido un mal entendido.
-Sí, un mal entendido, pero a mí, todavía me duele el estómago de sus puñetazos.
-Déjame salir de aquí –suplicó el policía-. Desde aquí no puedo hacer nada para sacarte y
dejarte en libertad.
-Mañana. Esta noche nos vamos a divertir los dos juntos. Ya verá qué bien lo vamos a pasar,
jaja -Andrés se sentó al otro extremo de la colchoneta-. Dígame qué es lo que de mí se habla en
este pueblo. Por la forma que me han recibido parece ser que no soy santo de su devoción, ni
ningún héroe. Cuanto más tiempo tarde en informarme, más tiempo va a tardar en salir de
aquí. Desde ahora, mi suerte será la de usted.
-Está bien, tú has ganado -el policía se puso en pie frente al joven sin apartar la vista de sus
movimientos, no fiándose de él-. Se dice que estás loco, que has atacado a una mujer del
pueblo… Para que lo entiendas mejor: has violado a María, la hija del panadero.
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De un salto, Andrés se puso en pie apretándose las manos para reprimir la rabia que sentía.
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-¿Qué yo he…? ¡Esto es increíble! ¡Cómo se puede ser tan cruel, levantar falsos testimonios!
Escúcheme bien, señor agente, quiero que me traigan a esa mujer y que me diga en mi cara
cuándo me ha visto y cuándo le he puesto yo una mano encima.
Dos golpes secos acompañados por una pregunta sonaron en la puerta. El joven, que tenía la
cara como una amapola de roja por la ira, detuvo su diálogo al instante.
-¿Está bien, señor Gutiérrez?
-Sí, Romero – contestó el retenido-, no te preocupes, enseguida voy. Espérame fuera, tenemos
trabajo.
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El agente miró al peregrino e hizo un gesto indicándole que lo soltara.
-Ya lo has oído, joven. Déjame salir, te doy mi palabra de honor.
Andrés cogió las llaves lentamente y dijo mientras le quitaba las esposas:
-En ella confío. No me decepcione más de lo que ya lo ha hecho. No olvide de traerme a esa
mujer. Quiero que esté presente un médico y un sacerdote. A ver si es capaz de mentir ante la
ciencia y la Iglesia.
-Haré todo lo que esté en mi mano.
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Piedad Martos Lorente

jueves, 1 de octubre de 2026

EL CORRECAMINOS 9

IX
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Un grupo de cuatro hombres, armados con palos y bastones, se dirigieron al arroyo
dispuestos a tomarse la justicia por su mano.
Andrés estaba doblando la ropa recién lavada y ordenando la mochila, para ponerse en
marcha nuevamente.
-Buenas tardes -saludaron los hombres sin apartar la vista del rostro recién afeitado
observando los movimientos del joven caminante.
-Buenas tardes –contestó él sonriente.
-Qué, ¿preparando la marcha? –preguntó el hombre más mayor.
-Así es, quiero buscar un lugar seguro para pasar la noche.
-Nosotros conocemos un lugar muy, pero que muy seguro. Si nos quieres acompañar, con
mucho gusto te lo mostramos.
-Ah, sí, en cuanto termine de recoger todo esto me pongo en marcha. No sabe cuánto se
lo agradezco, porque tal como está la vida no se puede uno fiar de nadie.
-Así es, amigo. –contestó otro de ellos-. Dime, ¿cómo se te ha dado el día? ¿Tienes ya tu
presa elegida?
Andrés levantó la mirada del saco que acababa de cerrar y miró al grupo que le observaban
extrañados.
-No te entiendo… No sé qué quieres decir.
-Nada, es una broma.
-Y qué, ¿piensas quedarte muchos días por aquí? –preguntó otro del grupo, buscando
alguna reacción anormal en el comportamiento del joven, para liarse a palos con él y darle
su merecido. Pero Andrés no dio muestras de locura en ningún momento, por lo que
tuvieron que reprimir sus deseos y esperar a llevarlo al cuartelillo.
-Voy de paso. Mañana, en cuanto amanezca, me pongo en marcha otra vez, porque luego
calienta mucho el sol y es muy pesado andar en esas condiciones.
-¿Vas muy lejos?
- Primero voy a Los Canales y después ya veremos.
-¿A Los Canales…? Pues te vas a dar una buena caminata.
-Como todos los días, ni más ni menos.
Se colgó todo su equipaje y, aunque algo receloso por las miradas de sus visitantes, se
puso en camino junto a ellos.
Llegaron a las dependencias de la policía local. Uno de los hombres se adelantó unos
pasos y habló algo con el agente que había en la puerta y que él no llegó a oír, pero a
juzgar por sus gestos, no era nada grato.
-Encierra a este tipo y cuídalo bien… Ya me entiendes. Aunque no lo parece, está loco y
ha intentado abusar de María, la hija del panadero.
-Te dejamos en buenas manos, él te acompañará al mejor hotel del pueblo, donde pasarás
una noche inolvidable –le anunció el más mayor.
El grupo rio y se dispuso a salir del local, pero el agente les llamó la atención. Mientras
otro compañero le tomaba los datos, él cogió a Andrés y lo esposó sin más.
El muchacho, sorprendido por la reacción del agente, empezó a protestar mientras se
negaba a ser esposado, intentando salir de allí. El agente le dio un puñetazo en el
estómago, que le hizo retorcerse y estuvo a punto de caer al suelo.
-No entiendo por qué me tratan así, si yo no he hecho nada.
-Ahórrate las explicaciones. Eso ya se lo dirás al juez. Venga, muévete si no quieres que
te dé otro puñetazo.
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Piedad Martos Lorente

martes, 15 de septiembre de 2026

El correcaminos 8

 

VIII

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Llegó a Villa Verde de los Lagos. Cruzó el pueblo y buscó un lugar tranquilo a la orilla de un arroyo para lavarse y comer bajo las sombras de los arbustos.

 

-Pepita, ¿tú estás viendo lo que yo veo?

-¿Qué ves, María?

 

Dos mujeres de mediana edad, miraban hacia el riachuelo.

-Mira, allí, en aquellas sombras.

-Ah, sí, hay algo que brilla, ¿verdad? Parece una… Parece una luz, ¿o qué es eso?

-Vamos a ver lo que es.

-Sí, vamos.

 

Una mochila, ropa doblada y una foto en un marco de sobremesa reposaba en las sombras y entre algún rayo de sol, que al contacto con el cristal del cuadro, brillaba como una luz intensa.

 

Las mujeres miraron a su alrededor y no vieron a nadie. María se acercó y cogió la foto, sin darse cuenta que era observada desde el otro lado de los arbustos.

Andrés se bañaba desnudo en las aguas que corrían tras los matorrales de la orilla, cuando oyó que alguien se acercaba. Miró por entre la espesura verde haciendo un hueco con las manos para dejar ver lo que había al otro lado e interrumpió su lavado para no hacer ruido.

 

-¡Qué guapa! –exclamó María.

-Deja eso donde estaba.

 

La voz de un hombre sonó inesperadamente haciendo que María diera un respingo tan grande que estuvo a punto de que se le cayera el cuadro. La mujer lo soltó con cuidado mientras miraba hacia donde provenía la voz, sin saber qué decir para disculparse. Solo le dio tiempo para verle el rostro que emergía de las cristalinas aguas y, acto seguido, las dos mujeres reanudaron su camino, riendo y haciendo comentarios sobre lo ocurrido.

 

-¿Quién será ese hombre y por qué llevará esa fotografía?

-Algún chiflado, seguro, porque para viajar con una mochila y un cuadro de una mujer no se puede estar muy cuerdo, aunque hay que reconocer que la joven es guapísima.

-Podría ser su madre…

-¿Su madre? Pero si es una chica joven.

-Sí, es joven pero yo creo que esa fotografía no es reciente. Podría ser que esté muerta porque si te has dado cuenta, el fondo de la foto es un cielo con estrellas, y eso quiere decir que está en el cielo. Además, se parece mucho a él.

-¡No digas tonterías! ¡Cómo vas a decir que se parece si ni siquiera le hemos visto la cara!

-Serás tú, yo sí se la he visto. Es muy joven y guapo.

 

Los comentarios corrieron de boca en boca por todo el pueblo, tomando fuerza en su variedad para todos los gustos.

“Dicen que en el arroyo hay un joven loco, que viaja con una fotografía de su madre muerta”.

“Ha perdido la razón después de perder a su madre”.

“No tiene casa y por eso va de un lado a otro con una mochila y una fotografía de una mujer muy guapa”.

“María, la hija del panadero, lo ha visto con sus propios ojos. Dice que es muy guapo, que se parece a su madre, pero que se le nota mucho que está chiflado”.

”Es un peligro que una persona en estas condiciones viva en el arroyo. Puede coger a alguna muchacha y hacerle daño, hay que denunciarlo antes que sea demasiado tarde”.

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Piedad Martos Lorente

martes, 1 de septiembre de 2026

EL CORRECAMINOS 7

 

VII

 

Cuando amaneció, Andrés ya había recogido su saco, había cortado un trozo de pan y un trozo de queso para cada uno y había salido a la calle para ver el amanecer, digno de fotografiar. Allí esperó a que la luz del día iluminara el cielo azul, para después coger el cuaderno y escribir en él un resumen de lo vivido el día anterior. Al acabar, entró en la cabaña y llamó a Pepe, que dormía profundamente como un niño pequeño.

 

-¿Pepe? –el anciano abrió los ojos, miró a su alrededor con asombro y se llevó las manos a la cabeza para alisarse el poco cabello que lo poblaba.

-Buenos días, amigo. ¿Qué tal ha pasado la noche?

-¿Quién es usted? ¿Por qué está en mi casa?

-Soy Andrés, su amigo y esta no es su casa, pero pronto llegaremos a ella. Venga, levántese, que nos vamos a poner en marcha en cuanto comamos un poco.

 

Llegaron a Campollano pasadas las doce del mediodía.

-A ver, Pepe, ¿dónde vive usted?

 

Pepe se detuvo, miró a un lado y a otro de la calle y se puso en marcha de nuevo. Andrés lo seguía, observando todos los movimientos del hombre. Éste se paraba de vez en cuando y se fijaba en cualquier cosa: en una puerta, en una ventana, algo que pudiera aportarle alguna pista que le hiciera recuperar la memoria, al parecer ausente.

En un cruce de dos calles Pepe se paró, miró a un lado y a otro sin saber por la que seguir. Andrés tampoco conocía el lugar. Preguntó a un muchacho dónde podía encontrar a la policía municipal y una vez informado, cogió a su protegido del brazo y se dirigió hacia la comisaría.

El policía que los atendió, tomó nota y consultó algo en el ordenador. En la pantalla apareció la fotografía de Pepe.

 

-Aquí está, hace dos días que lo estamos buscando. ¿Dónde lo ha encontrado?

-Lo encontré ayer a primera hora de la tarde en el camino de las laderas. Me dijo que había ido a ver a sus padres, entonces comprendí que estaba perdido, pero no me sabe decir dónde ni con quien vive.

-Déjeme su D N I, por favor.

 

Andrés sacó su cartera y de ella el carnet de entidad. El policía anotó los datos y se lo devolvió de nuevo.

-Espere aquí, voy a dar el aviso.

 

El agente entró en un despacho y después de unos minutos salió con nuevas órdenes.

-Dentro de pocos minutos estará con su familia, un coche patrulla lo llevará a su casa. ¿Usted querrá acompañarle?

-Sí, por favor.

 

Media hora más tarde, Pepe se hallaba entre los brazos de su hija que lo abrazaba fuertemente con lágrimas en los ojos y la alegría de haberlo encontrado sano y salvo, reflejada en su rostro.

 

-¡Gracias a Dios que ha vuelto! ¿Cómo estás, papá? ¿A dónde has ido y por qué no me dijiste que te ibas? Ay, papá, qué susto me has dado, pensaba que no volvería a… -la mujer, no podía contener el llanto producido por el temor a perderlo. Cuando se recuperó de la emoción, se dirigió a su acompañante para agradecerle el gesto bondadoso de llevarlo hasta su casa, y la molestia de haber interrumpido su marcha.

-No tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mi padre.

-No tiene importancia, usted también lo habría hecho por el mío, o por cualquier otra persona, ¿no?

-Claro que sí, pero es que lo he pasado tan mal… que el verlo otra vez sano y salvo, cuando había perdido la esperanza… Eso no se paga con dinero. Perdone, no le he ofrecido mi casa. Pase y siéntese, por favor. Voy a preparar algo para comer.

 

Durante la comida, Andrés entabló conversación con la mujer. Esta, le habló de la enfermedad de su padre y de lo que le preocupaba la pérdida de memoria. Él le contó que iba de viaje y que lo hacía a pie.

 

-Esta tarde ya no le da tiempo para llegar a Villa Verde de los Lagos, eso está a 30 kilómetros de aquí y ya es media tarde, así que yo le sugiero que duerma en mi casa, descanse y mañana salga a primera hora.

-¿Y cómo es que va a pie?

-Bueno, son cosas de la vida. Digamos que es una promesa.

 

Ya en la sobremesa, la mujer no dejaba de pensar en aquel misterioso joven y en su empeño en viajar andando, entonces sacó 50 euros y se los ofreció.

-Tenga, joven, para que se tome algo en su viaje a la salud de mi padre.

-No, no, ni hablar. Si lo he traído hasta su casa no ha sido para que me pague, sino por humanidad. No podía dejarlo desamparado, perdido e indefenso. Guárdese el dinero, por favor.

-Pero si esto no es pagarle, lo que ha hecho no tiene precio ni yo tengo suficiente dinero para ello.

-No se hable más, Adela, con la comida que acabo de digerir ya me ha pagado con creces. La sopa me ha resucitado, y los filetes… qué decir de ellos, todo estaba riquísimo. Si quiere pagarme –el joven se levantó para dirigirse a donde reposaba su mochila, sacó el cuaderno y volvió a la mesa con él en las manos- deje constancia de mi visita a su casa y de lo ocurrido en este cuaderno, podría ser que algún día me sirva de mucho.

-¿En qué le puede servir que yo le de las gracias por escrito?

-Qué se sabe… Si alguna vez escribo mis memorias… -Andrés rio simpático y ella le imitó mientras firmaba después de escribir unas breves palabras.

-Ande, siéntese en el sofá junto a mi padre, mientras yo le preparo la cama.

-No se moleste, por favor, yo duermo en cualquier sitio con el saco, aquí mismo, o en la cochera.

-¿En la cochera? ¡Ay, qué cosas dice usted, Andrés! La cochera es para los coches además de un montón de trastos que tengo en ella, que por cierto, lo tengo todo por medio. Lo estaba ordenando cuando desapareció mi padre y sigue todo de la misma manera que lo dejé para salir en su busca. Me puse tan nerviosa y tan preocupada que no he vuelto a entrar.

-Me alegro que no lo haya recogido todavía, así le ayudo yo. Vamos, dígame dónde está y lo que quiere hacer.

-Usted está cansado, no puede ponerse a trabajar cuando lo que tendría que hacer es descansar.

-No se hable más, Adela, cuanto más tiempo dejemos pasar, más tarde se hará, así que vamos a empezar.

 

La llegada de Andrés con Pepe en aquella casa, para Adela fue una bendición de Dios. Además de recuperar a su padre después de creerlo muerto, tuvo la recompensa de su ayuda con la que ordenó y limpió todo dejando cada cosa en su lugar.

El joven, haciendo oídos sordos a la protesta de Adela, cogió su equipaje y lo colocó en un rincón de la cochera.

 

-¡Pero cómo vas a dormir en el suelo, hombre, hazme caso!

-Aquí voy a dormir divinamente, se lo aseguro.

 

La mujer buscó, de entre los objetos que almacenaba en otro rincón, una colchoneta y se la ofreció acto seguido.

-Toma, pon esto debajo del saco que algo te protegerá.

 

Después le preparó una bolsa con bocadillos y fruta y se despidieron, ya que Andrés reanudaría su viaje al ser de día.

Antes de apagar la luz, sacó de la mochila la fotografía y la colocó junto a su cabecera, al tiempo que susurraba en voz baja:

 

No hay astros que brillen más

que la estrella de tu rostro,

la luna de tu boca

y los luceros de tus ojos.

 

Adela, extrañada, lo observaba por una rendija de la puerta.

 

Piedad Martos Lorente

 

sábado, 15 de agosto de 2026

EL CORRECAMINOS 6

VI

 

Andrés reanudó su camino y Pepe lo seguía unos metros más atrás, pero le era imposible seguir su paso, pues aunque no iba ligero sí andaba más rápido que él. Contrariado, se detuvo, volvió la cabeza y le habló en voz fuerte.

 

-Venga, hombre, dese prisa que nos va a oscurecer ya mismo y, andar de noche por estos caminos, a mí no me hace ni pizca de gracia.

 

Pepe llegó a su altura y Andrés aflojó el paso para no dejarlo atrás. Estaba claro que no iba a llegar a la hora que se había propuesto, pero cómo lo dejaba solo.

 

-Dígame, Pepe, ¿con quién vive usted?

-Yo vivo con… Vivo solo.

-Ya, ¿y a dónde iba usted por aquí tan lejos de su casa?

-Pues a dónde iba a ir, a ver a mis padres que hace tiempo que no los había visto.

-Ah, ¿y cómo están?

-Bien, gracias a Dios, ellos están muy bien.

-Sus padres serán muy mayores ¿verdad?

-Sí, bueno, muy mayores, lo que se dice muy mayores, no. Tendrán sesenta años…

-Ah, ¿sí? Pues entonces sí que son jóvenes. Y usted ¿cuántos tiene?

-Uf, yo soy muy mayor. Yo tengo… Creo que tengo ochenta o noventa, no recuerdo.

 

Andrés mantenía, aparentemente, una conversación natural como si su acompañante estuviera tan cuerdo como él, pero en el fondo de su alma se sentía muy preocupado. No podía dejarlo en aquellas condiciones en un desierto en el que no habitaba nadie, ni siquiera encontró una persona trabajando en el campo. La tarde avanzaba y pronto daría paso a la noche y todavía faltaba mucho para llegar al pueblo más cercano.

 

Por unos instantes pensó en registrarle los bolsillos para ver si encontraba algo que pudiera identificarlo, saber dónde vivía, quién era aquel hombre, pero al momento desistió la idea pues le parecía incorrecto invadir su intimidad. Mientras hablaba con él, pensaba cómo se las arreglaría para pasar la noche en pleno campo y no encontraba salida a su preocupación. A lo lejos divisó algo que le llamó la atención devolviéndole la tranquilidad que desde hacía rato no tenía. Dejaron el camino que llevaban y se metieron entre la maleza en dirección al lugar, con la esperanza de encontrar refugio en lo que parecía ser una cabaña.

 

-Mire, Pepe, me parece que vamos a tener suerte. Aquí podemos pasar la noche, ¿qué le parece?

-Bien, parece bonita.

-Bueno, bonita, lo que se dice bonita no lo es, pero nos va a salvar de la humedad de la noche.

 

Abrieron la puerta que estaba sujeta con una cuerda y entraron en el interior.

La sorpresa fue superior a lo que imaginaba. Dentro hallaron, además de herramientas de labor, una manta sobre un colchón que, aunque estaba bastante gastado, le serviría para que Pepe descansara en él aislándolo del frío del suelo.

 

Andrés cogió de su mochila dos manzanas que se comieron antes de acostarse, él en el saco y Pepe en el colchón. El joven lo tapó con la manta y cerró la puerta, sacó la fotografía y la puso de pie a su lado, le dedicó una amplia sonrisa como si la joven pudiera verlo y, con esa alegría reflejada en su cara, cerró los ojos para quedarse profundamente dormido.

 

 

 Piedad Martos Lorente

 

sábado, 1 de agosto de 2026

EL CORRECAMINOS 5

V
Levantó el aposento muy temprano para continuar su viaje. El camino se hacía largo y pesado,
ya que la distancia que le separaba de la meta propuesta era de muchos kilómetros y de difícil
acceso.
Se sentía cansado y todo lo que llevaba sobre su cuerpo le pesaba mucho. Entonces se paró,
descargó el equipaje, se sentó en un ribazo a la orilla del camino y miró el reloj. Las tres de la
tarde, ¡con razón su cuerpo pedía un descanso y algo de comer! Llevaba nueve horas andando
sin parar ni para respirar el aire fresco y puro del campo.
Abrió la mochila y sacó la fotografía, le dedicó una sonrisa como de costumbre y la apoyó
sobre el saco de dormir. Después cogió la bolsa de la comida y se dispuso a comer un bocadillo.
Absorto en sus pensamientos, no advirtió que alguien se aproximaba entre el matorral que
flanqueaba el camino.
Un ruido inesperado le hizo volver la cabeza hacia atrás. Un hombre de avanzada edad rodaba
por una pequeña pendiente sin poder detener sus pies entorpecidos. Andrés devolvió el
bocadillo a la bolsa y corrió a socorrerlo. Lo cogió por la cintura y lo puso en pie, sin soltarlo
hasta recuperar el equilibrio, mientras le preguntaba:
-¿Se ha hecho daño, señor?
-No, gracias, joven.
Andrés, sin soltarlo del brazo, lo acompañó al lugar de su aposento y le invitó a sentarse junto a
él sobre unas piedras que servían de asiento. El hombre aceptó sin dejar de mirarlo fijamente
con una extraña expresión. Entonces reparó en el cuadro que reposaba junto al saco de dormir
y le dedicó una sonrisa de agrado, satisfactoria para Andrés que lo observaba
disimuladamente.
-Es guapa, ¿verdad?
-Sí, mucho.
Volvió a coger el bocadillo no sin antes ofrecerle otro.
-¿Quiere usted un bocadillo? Llevo poca cosa pero podemos compartir ese poco…
-Sí, por favor, tengo mucha hambre.
-¿No ha comido usted?
-No, hace muchos días que no como.
Mientras sacaba el bocadillo de la bolsa, el muchacho le echó una ojeada a las ropas sucias que
vestía, así como a su rostro demacrado con barba de varios días, y creyó firmemente en las
palabras del anciano. Éste, alargó sus manos arrebatándole el alimento antes de ofrecérselo y,
empezó a comer con el ansia de un animal hambriento.
-No me he presentado, me llamo Andrés, ¿y usted?
-Yo me llamo… yo me llamo… -se detuvo unos segundos sin dejar de comer a dos carrillos-.
Antonio… No, no, me llamo Pepe, ya no me acordaba. Debe ser por el hambre que he pasado.
-Claro, el hambre es muy mala. ¿Y dónde vive usted, si se puede saber?
-Sí, hombre, claro que se puede saber, como no. Vivo en…
Vaya, ahora no me acuerdo como se llama mi pueblo… Debe ser el hambre.
-Bueno, no se preocupe, ya se acordará, ahora relájese.
Acabaron de comer y Andrés recogió todo para guardarlo en la mochila y, cuando cogió la
fotografía, el anciano volvió a sonreír.
-Yo la conozco. –Andrés se detuvo en seco y miró a su protegido.
-¿Usted la conoce?
-Pues claro que la conozco, es mi hermana –afirmaba sin dejar de reír-, pero hace muchos años
que no nos vemos.
-Comprendo. Bueno, señor, yo me pongo en marcha, que todavía me falta un buen rato para
llegar a mi destino. Usted tendría que hacer lo mismo…
-Sí, yo también voy para allá.
-Ah, ¿vive usted en Campo llano?
-Campo llano… no sé lo que es eso, lo siento.
El muchacho lo observó y vio una mirada ausente, perdida, sin brillo en aquellos ojos sin
expresión. Miró a su alrededor y no vio nada que se pareciera a una vivienda, ni nadie que
anduviera por ninguna parte. “¿Quién sería aquel hombre que no recordaba su nombre ni
dónde vivía? ¿Estaría perdido?”
-Bueno, Pepe, si se viene, tendrá que ponerse en marcha.
 
Piedad Martos Lorente
 

miércoles, 15 de julio de 2026

EL CORECAMINOS 4

IV
Andrés se sentía descansado y ágil, pues había dormido bien y le cundía andar, por lo que pasó
la mañana de un tirón y pronto llegó a las inmediaciones del siguiente pueblo. Se sentó bajo la
sombra de un árbol, sacó el marco con la fotografía y lo apoyó sobre el saco de dormir, después
se dispuso a degustar el estofado que le había preparado Ángeles. Desde que había salido de
su casa, hacía ya muchos días, no había comido un guiso de carne por lo que le supo delicioso.
Cuando ya recogía todo, dos muchachos con aspecto desagradable aparecieron de repente.
Andrés cargó sus cosas y abandonó el sitio que le había servido de aposento. Cogió el bastón
fuertemente, pues le dio la impresión de que lo iba a necesitar.
-Oye, tú, ¿ese pueblo que se ve allí es Cuenca del Moral?
-Eso creo -contestó Andrés mirando de reojo.
-¿Sólo lo crees? –dijo uno de ellos- ¿Te diriges a él y no lo sabes?
-Vosotros también os dirigís a él y tampoco lo sabéis.
Uno de ellos se adelantó dos pasos y se puso a la altura de Andrés, a la vez que le hacía la
zancadilla. Este estuvo a punto de caer pero recuperó el equilibrio a tiempo. Entonces, se
volvió hacia ellos y se puso en frente de los dos, apoyando el bastón en el pecho del que le
había agredido.
-Si os acercáis a mí, hago de vosotros un pincho moruno.
-Sólo hemos hecho una pregunta.
-Y yo os la he contestado, así que tened mucho cuidado con lo que hacéis. Manteneros lejos de
mi vista si no queréis acabar mal, ¿entendidos?.
-Tranquilo, hombre, tranquilo.
Andrés apresuró el paso y se alejó de ellos. Llegó al pueblo y recorrió parte de sus calles. La
gente se le quedaba mirando como el que ve un bicho raro y decidió salir de él… de seguir su
camino, pues no estaba cansado. A media tarde llegó a un hermoso paraje donde reinaba la
paz y la tranquilidad. El cielo estaba claro y decidió pasar la noche bajo las estrellas,
contemplando su belleza, como había hecho unas noches antes bajo aquel porche. Se
resguardó un poco bajo un árbol. Allí se relajó, escribió lo visto y vivido ese día y después habló
con la joven del cuadro, como si ella lo pudiera oír.
“Una estrella me acompaña en esta noche estrellada.”
Al día siguiente otra meta, otra aventura, que quizá algún día le serviría para contar a sus hijos.
Piedad Martos Lorente