viernes, 15 de noviembre de 2019

OTRO CUENTO

Este cuento está galardonado con el premio "Roc Boronat" 2012 de la ONCE en Barcelona .
 
Prohibida su reproducción total o parcial, sin permiso de la autora.
 
 

CAMINO DEL VALLE

 

 

¿Te imaginas vivir en una montaña lejos de la ciudad apartada de todas las comodidades que hoy disfrutamos? ¿Sin coche, televisión, ordenador, móvil, y sin otras comodidades que no nombro? Pues Kathy y Frederic vivían en una montaña alejados de todas esas comodidades que todos disfrutamos. En primer lugar, porque en aquella época la tecnología no existía, sobre todo la informática estaba muy lejos de cualquier sueño de cualquier niño o adulto. En segundo lugar, la pobreza que envolvía a la familia le privaba vivir cómoda y dignamente.

 

Un día ocurrió algo inesperado que hizo que la madre de los niños tuviera que salir de la casa con urgencia en busca de su padre. Pero antes de partir ordenó a los pequeños que fueran en busca de su abuela que vivía al otro lado de la montaña en el Valle de los Lirios morados, un lugar precioso donde la madre naturaleza hacía crecer aquella maravilla de flores. Les preparó una mochila a cada uno con algo de ropa y comida para el viaje, ya que este duraría varias horas, y se la colgó a la espalda al tiempo que les decía:

-Os dais la mano y no os salgáis del camino para nada, el bosque es muy peligroso y os podéis perder.

-No temas, mamá, no nos pasará nada. Yo sé ir a casa de la abuelita -contestó la niña que era tres años mayor que el niño. Y cogidos de la mano, su madre los vio perderse en la distancia por el camino del bosque.

 

Durante un buen rato anduvieron montaña arriba sin dejar el sendero, tal como le prometieron a su madre hasta que algo llamó su atención. Entre los matorrales y los árboles lucía el colorido de las frutas silvestres colgando de los arbustos. Kathy sintió el deseo de coger aquellos deliciosos frutos y, sin pensarlo dos veces, se adentraron entre la maleza, arañándose las piernas y las manos con las zarzas existentes. Comieron algunas frutas y otras las guardaron en la mochila para llevárselas a su abuela, luego volvieron al camino. La espesura del bosque oscurecía la luz del día hasta el punto que parecía ser de noche. El cansancio del viaje ya se dejaba sentir en sus piernas, tanto que arrastraban las piedras del camino pues no tenían fuerzas para levantar los pies por encima de las mismas, pero recordando los consejos de su madre siguieron montaña arriba, para después volverla a bajar por el otro lado hasta llegar al valle.

Por fin, llegaron a la cima de la cordillera desde donde podían divisar la casa de su abuela situada entre la montaña y el río, que vista desde arriba parecía una casita de juguete. Frederic observó el paisaje de alrededor y exclamó:

-¡Mira, Kathy, un castillo!

-Sí, es el castillo de los encantados.

¿Por qué le llaman el castillo de los encantados?

-Porque en él se halla una princesa encantada que espera a su príncipe para que la desencante.

-Pero si el castillo está en ruinas.

-Sí, Frederic, pero eso no importa, la princesa estará en cualquier rincón, ¿No ves que el castillo es muy grande?

-Yo quiero verlo.

-No podemos ir.

-¿Por qué no podemos ir?

-Porque mamá nos ha dicho que no dejemos el camino y si empezamos a perder tiempo se hará noche antes de llegar a casa de la abuelita.

-Pues yo quiero ver a la princesa.

-¡Cómo vas a ver tú a la princesa si está encantada!

-¿No dices que está esperando a su príncipe?

-Claro, eso dicen las leyendas.

-¿Y dónde lo has leído tú, Kathy?

-Yo le pregunté a mamá y ella me dijo eso.

-Yo quiero ir al castillo y, a lo mejor, cuando me vea la princesa se desencanta creyendo que yo soy su príncipe.

-Pero no lo eres.

-Y qué se sabe, ahora no lo soy, pero si la princesa se despierta al verme después me pueden hacer príncipe...

-¿Y quién te iba a hacer príncipe, a ver, dime?

-Pues... la princesa.

-Eso no puede ser, a lo mejor cuando seas más grande pero todavía eres un niño. Y ahora date prisa, que cada vez está más oscuro.

 

Frederic levantó la mirada hacia el sol para ver el trozo que aún quedaba y vio como el cielo se cubría de nubes negras que amenazaban lluvias.

-Mira, Kathy, hay tormenta.

-¡Oh, sí, corre que nos mojaremos!

-¡Espera, Kathy, no corras, dame la mano como dijo mamá!

En aquel mismo instante, un relámpago iluminó todo el bosque y el cielo parecía que ardía en llamas y a continuación sonó un aparatoso trueno que ensordeció a los niños, desencadenando una fuerte tormenta de aire, granizo y lluvia.

Cogidos de la mano corrieron hacia el viejo castillo pero antes de llegar a las ruinas, los relámpagos iluminaban sucesivamente el cielo cubierto de nubes cada vez más negras.

Jadeantes se refugiaron en un rincón apartados de la corriente de aire, se sentaron en el suelo polvoriento acompañados por el ruido de la tormenta, pensando dónde estaría la princesa encantada.

Frederic gritó:

-¿Princesaaaaa? ¡Soy tu príncipe que vengo a rescatarte!

Y en aquel preciso instante se oyó un estrepitoso ruido que retumbó al fondo del castillo, debido a una ventana que voló por los aires movida por el viento.

-¡Ay, qué susto! -exclamó la niña.

-Hermanita, no te asustes, es una señal de la princesa. Ahora la tengo que buscar, tengo que ir a su encuentro. ¿Dónde estás princesa, amada mía? -gritaba Frederic puesto en pie mirando hacia el interior y dando unos pasos en dirección a donde se había oído el ruido-.

La respuesta fue el maullido de un gato refugiado de la lluvia igual que los niños.

-¿Has oído, Kathy? ¡Es ella! ¡Vamos a buscarla!

-No, yo no voy.

-¿Pero por qué? ¿No quieres que tu hermano sea príncipe?

-No es eso, es que yo no he oído la voz de una princesa, sino el maullido de un gato.

-No, lo que has oído ha sido la voz de la princesa, lo que pasa es que de estar tanto tiempo callada tiene la voz tomada y no sabe pronunciar las palabras. Si la encontramos entre los dos, tú también puedes ser princesa. Estoy seguro que ella no tendrá inconveniente alguno en compartir su título contigo.

Avanzaron unos pasos por la ruinosa estancia valiéndose de la luz de los relámpagos que iluminaba la sala, y con la que pudieron descubrir una escalera que subía al piso superior. Frederic, decidido comenzó a subir los viejos peldaños sin dejar de gritar:

-¿Princesa? Sé que estás ahí y vengo a rescatarte de tu encanto.

-No grites, Frederic, la princesa no te va a contestar.

-¿Y tú qué sabes? Anda, sígueme.

 

Kathy no se atrevía a dejar la escalera a su espalda, pero su hermano avanzaba por el largo pasillo salteando los escombros caídos del techo y ventanas rotas por donde entraba la lluvia con la fuerza del viento, alumbrándose por los relámpagos que todavía acompañaban a la tormenta.

-Princesaaaa. –insistía Frederic, cuando de pronto oyó unos golpes que retumbaron en sus oídos. Eran dos golpes secos: Pun, pun.

-¿Te das cuenta, Kathy? ¡La princesa existe! ¡Amada mía, hazme otra señal para que yo pueda llegar hasta ti!

 

De nuevo, dos golpes secos como los anteriores sonaron en un lado del pasillo, pun, pun. El miedo paralizó el corazón de Kathy negándose a seguir la aventura de su hermano que seguía avanzando entre las sombras de la noche que acababa de comenzar.

-Frederic, vámonos de aquí, esto no me gusta nada. Además, no se ve por dónde andamos y nos podemos caer.

-No, Kathy, yo no me voy. Mi corazón me dice que la princesa está aquí y me espera, no puedo defraudarla. ¿Princesa?

 

Cada vez que Frederic la llamaba, los golpes retumbaban en una de las salas del castillo. ¿Pero dónde se encontraba? Todo estaba tan oscuro y era tan grande que al niño le era imposible dar con ella. Tenía que esperar a que los relámpagos alumbraran el pasillo para poder continuar con la búsqueda. Parado frente a lo que en sus tiempos fuera una puerta, el niño esperaba la luz del relámpago para ver lo que había al otro lado de aquel hueco y, cuál fue su sorpresa al ver una figura humana que no se parecía en nada a la de una princesa. Vestía un hábito, no se sabía de qué color, que le cubría hasta los pies. Una barba blanca le tapaba el pecho y, por la espalda, le colgaba una larga melena del mismo color, pero sin embargo,  en la cabeza no se le veía pelo. Su imagen era tan diferente a la que él había forjado en su mente que quiso huir de allí sin pérdida de tiempo y, retrocediendo sobre sus pasos, abandonaron aquellas ruinas tropezando en todo lo que encontraban.

Bajaron la escalera casi de un salto sin atreverse a volver la cabeza, temiendo encontrar tras ellos la horrible imagen que acababan de descubrir. Si aquella era la princesa encantada, Frederic renunciaba a ser príncipe.

 

Escondidos en un rincón, amparados en las sombras de la noche, los niños hablaban en voz muy baja para que la princesa no pudiera encontrarlos.

-Kathy, ¿has visto lo fea que es la princesa? Yo creía que sería como las de los cuentos, joven y bella. Pero es vieja, sucia y feísima, tiene barbas como los hombres.

-Claro, como lleva tantos siglos encantada...

-¿Y ahora qué vamos a hacer?

-Nada, quedarnos aquí escondidos.

-Ah no, yo no me quedo aquí, no quiero que la princesa me encuentre. Ya no quiero ser príncipe ni quiero verla.

-Pues tampoco nos podemos ir porque está lloviendo mucho y, además, es de noche y no encontraríamos el camino del valle y si nos perdemos en el bosque nos pueden comer los lobos.

-Pues aquí tampoco estamos seguros.

-Pero aquí no nos mojamos y cuando sea de día nos iremos sin hacer ruido y mientras tanto podemos descansar y hasta dormir un rato.

-¡Ni hablar! ¡No quiero quedarme encantado como la princesa!

-Calla. Baja la voz que no nos oiga.

Acurrucados uno al lado del otro fueron vencidos por el sueño.

 

Cuando Kathy despertó, el sol brillaba por encima del bosque y el castillo estaba iluminado por sus rayos. Zarandeó a su hermano para que despertara.

-No, no quiero ser príncipe... -gritó el niño.

-¡Calla, no grites! Soy Kathy, vámonos de aquí. ¡Date prisa! -ordenó ella. Y se pusieron en marcha sin pérdida de tiempo.

 

La bajada al valle fue menos cansada y más rápida por lo que a primera hora de la mañana ya estaban con su abuela, explicándole su aventura en el castillo. La abuela se rio imaginándose a los niños buscando a la princesa. Pero Frederic no podía borrar de su mente la imagen de aquel ser tan desastroso.

-Abuela, ¿las princesas también tienen barba y están calvas?

-Mi querido nieto, no existen las princesas encantadas, ni en el castillo hay ninguna princesa, sino un anciano ermitaño que lo habita desde que su cabaña fue destruida por un temporal de agua y viento.

-¿Y la princesa?

-Eso solo son leyendas de otros siglos.

Frederic y Kathy sonrieron mientras escuchaban nuevas historias contadas por su abuela.

 

 

Piedad Martos Lorente.

 

Octubre de 2011

13 comentarios:

Piedad dijo...

Como siempre, os agradezco vuestros comentarios y el tiempo que me dedicáis en leerme. Para mí es un placer.
Como ya he dicho, este cuento fue ganador del premio Roc Boronat en lengua catalana.
espero que os guste.

Os deseo feliz fin de semana y junto a mi deseo os dejo un fuerte abrazo y todo mi cariño.

Elda dijo...

Bellísimo este cuento que he leído con entusiasmo, y desde luego me parece muy merecedor del premio que te dieron, y de muchas lecturas.
Tienes unos cuentos preciosos, ¿no has pensado en intentar que te los editen?, a los niños les encantarían como a mi.
Ha sido un placer la lectura Piedad.
Un abrazo y pasa un buen fin de semana.

CHARO dijo...

Bonito cuento que me ha mantenido intrigada hasta el final pensando que podría pasarles algo a los niños.Muy merecido el galardón.Besicos

Marina Filgueira dijo...

¡Ay, Piedad amiga, que cuento tan hermoso nos regalas! Para nuestro deleite, con ese pizco de intriga que va punzando al lector, pensando que podría pasarle algo a los chicos. La noche acercándose... La tormenta, el castillo en ruinas, ¡luego el ermitaño!... Pero afortunadamente con un final feliz que fue todo un lujo leerlo, reina.
Te felicito y te dejo mi enhorabuena, eres una gran escritora sin duda alguna.

Te dejo mi gratitud por tu buen hacer y por tu huella en mi puerto.
Un abrazo y se muy muy feliz.

joaki007 dijo...

Tus cuentos , són mas que cuentos , son historias que te salen del alma y las plasmas aqui para que nosotros disfrutemos de ellas.

Siempre te felicitaré pues eres maravillosa , en todos los aspectos .

No me olvido de nuestra cita ...

Un beso de los dos .

Kasioles dijo...

Me encanta como escribes, me he vuelto a sentir niña mientras leía tu galardonado cuento.
Yo también te dejo mis felicitaciones, ha sido un placer visitarte hoy.
Te dejo un fuerte abrazo con mis cariños.
Kasioles

Marina-Emer dijo...

Mi querida amiga Piedad: Tu si que escribes bonito, formas familias y sobre todo los niños parece que si no existe un castillo u otra Blanca Nieves con sus enanitos para los pequeños y mayores no sería cuentos ...preciso todo el ,eres una gran Escritora y además tú con doblados valores, eres especias ,yo que te conozco hace tantos años. Te quiero amiga y te admiro, agradezco siempre tu visita y elogios ,los mío; ya ves ...pero tus cuentos son dignos de que sean leídos en el mundo entero y se sepa bien quien eres.
Besitos de esta mujer y amiga que te quiere y admira .
Marina

Conchi dijo...

He estado en vilo mientras leía el cuento con la incertidumbre de lo que pudiera pasarle a los hermanos, al final todo ha sido feliz.

Un abrazos Piedad.

Conral dijo...

Tus cuentos son preciosos, Piedad. Te mantienen con la intriga hasta el final. No me importa leerlos en más de una ocasión porque están llenos de imaginación y fantasía y te hacen soñar.
Gracias por desempolvarlos!
Un abrazo, amiga.
Conchi

Manuel dijo...

Un bonito cuento con un final feliz, pero mientras he llegado al final, Piedad, que miedo me has hecho pasar pensando que les iba a pasar algo malo.
Me ha gustado mucho, y te felicito por ese merecido premio.
Saludos, amiga.

mari carmen G franconetti dijo...


Con retraso por no poder hacerme seguidora tuya, no tienes activado eso, pero aquí estoy. Es un precioso cuento que me encanta. Pleno de fantasía y creatividad, una delicia su lectiura.

Felicidades, preciosa.

Besos.

Julia dijo...

¡Precioso cuento! con un suspense que te atrapa y merecidamente premiado.
Cuando era niña, no vivía en la montaña, pero tampoco tenía ninguna de esas comodidades que dices, muchos nos sentimos identificados.
Un abrazo

Eugenia dijo...

A mi me encantaria vivir en un lugar asi. Que bonito cuento Piedad. Igual que todo lo que escribes. Dios te bendiga.