domingo, 29 de junio de 2008

CUENTO Nº 3.

NUNCA ES TARDE
Había una vez una ancianita llamada Dorotea que contaba con muchos muchos años de edad, los cuales habían dejado marcadas sus huellas en su cuerpo, mostrando a la vista de todo el mundo su piel arrugada y sus cabellos blancos como la nieve. Pero en su mirada, aún conservaba la ternura de su bondad en la que se envolvía su viejo y servicial corazón, y en sus labios temblorosos permanecía la sonrisa con la que siempre acompañaba en sus saludos a las personas de su entorno. Por todo ello se sentía satisfecha, pero en el fondo de su alma había un hueco vacío porque nunca pudo llenarlo. Era el hueco que dejó su infancia, al pasar ésta tan de prisa sin detenerse junto a ella, que ni siquiera llegó a conocerla y mucho menos aprendió a jugar. No, Dorotea nunca fue niña, ni nunca jugó ni supo lo que era un juguete ni supo lo que era una escuela, porque cuando tuvo edad de jugar, tuvo que trabajar, ayudar en la casa, porque en aquella época, trabajar era lo más importante, ser un niño rentable, o tal vez era la necesidad rainante la que obligaba a desprenderlos de su infancia sin importar demasiado sus sentimientos, sus derechos y la necesidad a ser niño y no adulto antes de madurar. Por eso, Dorotea siente el deseo y esa necesidad que un día tuvo de ser niña y de jugar. Y entre sonrisas y nostalgia recordaba la ancianita­
¡Quién pudiera dar marcha atrás y ser -aunque sólo fuera por un día- una niña, olvidar las preocupaciones que nos envuelven y sentir la feliz inocencia".
Y en cierta forma, Dorotea dio marcha atrás, no para ser una niña como ella pensaba, sino para jugar a ello , para recuperar la asignatura pendiente, de cuyas notas nunca obtuvo puntuación alguna. Sí, la ancianita quiso jugar y jugó a ser niña, se compró una muñeca y un libro para cumplir su deseo. Jugó y leyó como una colegiala, se olvidó de su edad y fue feliz durante aquel juego, al que dedicó un día para encontrarse con la faceta de su infancia perdida, cuyo placer guardó gozosamente en aquel huequecito vacío que apesar de los años transcurridos reclamaba ser cubierto con aquellos inocentes juegos infantiles.
Y esque nunca es tarde si la dicha es buena.

12 comentarios:

Piedad dijo...

Una vez más me he valido de mis fantasías para dar a conocer como podía ser la infancia de la mayoría de los niños de la generación de nuestros abuelos y también de nuestros padres. La mayoría de ellos nunca supieron jugar sino trabajar, ¿no lo crees así?
Un abrazo para amiga@

Joan dijo...

Holaa Piedad, soy Joan de JM Infosistemas.
Me alegro que el blog vaya viento en popa... El primer dia decías que iba a ser imposible aprender, pero le has cogido el ritmo muy rápido, al igual que se lo cogiste al ordenador.
Me alegro que sigas actualizando tu blog y que todo te vaya tan bien.
Saludos de tu informático.
Joan

Conchi dijo...

Piedad, precioso cuento que nos lleva a través de la fantasía a recordar la realidad de todas aquellas personas que en su día no vivieron su infancia. Mi padre con siete y ocho años ya estaba en el campo guardando cochinos. ¿No era muy pronto? Eso es impensable e inimaginable hoy, ¿verdad? Su único juguete eran las piedras, sí, a eso jugaba a tirar piedras... Aprendió a leer y a escribir pero nunca estuvo en la escuela ni tuvo un libro...
Bueno, amiga, no voy a contarte yo ahora mi cuento, jaja.
Me ha parecido muy bien escrito. Sé que te preocupa esto.
Un fuerte y caluroso abrazo!
Conchi

JAL dijo...

Eh! Que sí que me paso por tu blog! Lo que pasa es que normalmente no escribo comentarios. En cualquier caso, me paso un par de veces por semana.
Gracias por el premio!

Driada dijo...

¿ Que tal como va el calor? ¡ vaya pregunta la mia !.
Tu has escrito un cuento, pero no lo es Siguen habiendo niñ@s que su infancia no es juego y por que no los tengamos a nuestro lado no quiere decir que sean fabulaciones existen por desgracia .
Un saludo

Piedad dijo...

Joan, al principio, a mí siempre me parece que no voy a conseguir mis propósitos, pero voy abanzando aunque yo quisiera ir más de prisa. gracias y saludos.
conchi, aunque parezca que no puede ser, era así la vida de nuestros mayores. ahora con 20 años aún siguen siendo niños para algunas cosas.
Bueno Jal, como no dejabas comentarios pensaba que estabas muy ocupado.
Driada, el calor lo llevo a la arrrastras, bueno, no sé si el calor me lleva a mí o yo a él, el caso es que me agovia mucho jajaja. Pero el verano es maravilloso, ¡así que a disfrutarlo lo mejor que se pueda!.
besos calurosos y veraniegos para todos.

sinkuenta dijo...

Nuestras vidas están llenas de huecos que por algún motivo no realizamos... no sólo la infancia que la protagonista de tu cuento no vivió, sino otras muchas facetas pasamos por alto en nuestra carrera hacia adelante... creo que tratar de revivirlos es llenar esos huequecitos y hacer que nuestra vida adquiera mayor solidez. Muy bonito cuento. un abrazo amiga.

Sabela dijo...

¡Hola Piedad!, por aquí ando, aunque no con mucho tiempo disponible, pero sí el suficiente para decirte que está muy bien tu relato, ya ves que se puede conseguir todo aquello que uno con entusiasmo e interés se propone, lo malo es llegar a ese momento.
Estoy de acuerdo con Diadra, es lamentable que hoy en día con todo lo que hay, existan todavía de esosas niños/as... Y..., ¡son demasiados!
Abrazos.

Yeli dijo...

Piedad, te estoy enlazando en uno de mis blogs...si tienes inconveniente déjamelo saber.
Un abrazo
Yeli

Conchi dijo...

Piedad, te he pasado el testigo con un relato compartido. Espero que no te importe. Pásate por mi blog.
Un abrazo.
Conchi

Kety dijo...

Hola Piedad, ante todo mi felicitación por tu blog., o más bien por tu labor en él.
Con el demuestras que las barreras las tiene -la mayoría de las veces-, quien quiere.
Enhorabuena, creo que casi todas las de nuestra generación tenemos un cuento similar.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Esta historia de la ancianita, me recuerda la triste realidad, de una en concreto, aunque se que es la historia de tantos, por suerte todo esto ha canviado, la vida está llena de etapas y esto hace , que cada una sea diferente a la otra. rosa