V
Levantó el aposento muy temprano para continuar su viaje. El camino se hacía largo y pesado,
ya que la distancia que le separaba de la meta propuesta era de muchos kilómetros y de difícil
acceso.
Se sentía cansado y todo lo que llevaba sobre su cuerpo le pesaba mucho. Entonces se paró,
descargó el equipaje, se sentó en un ribazo a la orilla del camino y miró el reloj. Las tres de la
tarde, ¡con razón su cuerpo pedía un descanso y algo de comer! Llevaba nueve horas andando
sin parar ni para respirar el aire fresco y puro del campo.
Abrió la mochila y sacó la fotografía, le dedicó una sonrisa como de costumbre y la apoyó
sobre el saco de dormir. Después cogió la bolsa de la comida y se dispuso a comer un bocadillo.
Absorto en sus pensamientos, no advirtió que alguien se aproximaba entre el matorral que
flanqueaba el camino.
Un ruido inesperado le hizo volver la cabeza hacia atrás. Un hombre de avanzada edad rodaba
por una pequeña pendiente sin poder detener sus pies entorpecidos. Andrés devolvió el
bocadillo a la bolsa y corrió a socorrerlo. Lo cogió por la cintura y lo puso en pie, sin soltarlo
hasta recuperar el equilibrio, mientras le preguntaba:
-¿Se ha hecho daño, señor?
-No, gracias, joven.
Andrés, sin soltarlo del brazo, lo acompañó al lugar de su aposento y le invitó a sentarse junto a
él sobre unas piedras que servían de asiento. El hombre aceptó sin dejar de mirarlo fijamente
con una extraña expresión. Entonces reparó en el cuadro que reposaba junto al saco de dormir
y le dedicó una sonrisa de agrado, satisfactoria para Andrés que lo observaba
disimuladamente.
-Es guapa, ¿verdad?
-Sí, mucho.
Volvió a coger el bocadillo no sin antes ofrecerle otro.
-¿Quiere usted un bocadillo? Llevo poca cosa pero podemos compartir ese poco…
-Sí, por favor, tengo mucha hambre.
-¿No ha comido usted?
-No, hace muchos días que no como.
Mientras sacaba el bocadillo de la bolsa, el muchacho le echó una ojeada a las ropas sucias que
vestía, así como a su rostro demacrado con barba de varios días, y creyó firmemente en las
palabras del anciano. Éste, alargó sus manos arrebatándole el alimento antes de ofrecérselo y,
empezó a comer con el ansia de un animal hambriento.
-No me he presentado, me llamo Andrés, ¿y usted?
-Yo me llamo… yo me llamo… -se detuvo unos segundos sin dejar de comer a dos carrillos-.
Antonio… No, no, me llamo Pepe, ya no me acordaba. Debe ser por el hambre que he pasado.
-Claro, el hambre es muy mala. ¿Y dónde vive usted, si se puede saber?
-Sí, hombre, claro que se puede saber, como no. Vivo en…
Vaya, ahora no me acuerdo como se llama mi pueblo… Debe ser el hambre.
-Bueno, no se preocupe, ya se acordará, ahora relájese.
Acabaron de comer y Andrés recogió todo para guardarlo en la mochila y, cuando cogió la
fotografía, el anciano volvió a sonreír.
-Yo la conozco. –Andrés se detuvo en seco y miró a su protegido.
-¿Usted la conoce?
-Pues claro que la conozco, es mi hermana –afirmaba sin dejar de reír-, pero hace muchos años
que no nos vemos.
-Comprendo. Bueno, señor, yo me pongo en marcha, que todavía me falta un buen rato para
llegar a mi destino. Usted tendría que hacer lo mismo…
-Sí, yo también voy para allá.
-Ah, ¿vive usted en Campo llano?
-Campo llano… no sé lo que es eso, lo siento.
El muchacho lo observó y vio una mirada ausente, perdida, sin brillo en aquellos ojos sin
expresión. Miró a su alrededor y no vio nada que se pareciera a una vivienda, ni nadie que
anduviera por ninguna parte. “¿Quién sería aquel hombre que no recordaba su nombre ni
dónde vivía? ¿Estaría perdido?”
-Bueno, Pepe, si se viene, tendrá que ponerse en marcha.
Piedad Martos Lorente
1 comentario:
Amigas y amigos, os dejo otro capítulo más de esta historia. Poco a poco irán conociendo a este joven que no le gusta la violencia, igual que a su autora, que soy yo, jaja.
Agradezco vuestros comentarios y os deseo feliz mes de agosto.
Os dejo un abrazo muy grande.
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