EL CORRECAMINOS
I
A primera hora de un domingo de primavera, cuando la ciudad dormía después de una noche festiva, Andrés salía de ella cargando sobre su espalda una mochila y un saco de dormir, dispuesto a iniciar su aventura que duraría varios días, incluso podría durar un mes.
Dejó la carretera y se adentró por atajos, entre la montaña y las tierras de labor en las que crecían los cereales sembrados por los campesinos de la zona. En su mano derecha llevaba un bastón que terminaba en una punta fina de metal, con el que se apoyaba al caminar por los terrenos, a veces rocosos y a veces movedizos, que lo conducirían a otros carriles de mejor acceso. En la mochila llevaba todo su equipaje, un chándal, ropa interior, un chubasquero, una toalla grande y otra más pequeña, una bolsa de aseo con gel, colonia, jabón y cuchillas de afeitar, pasta y cepillo de dientes y jabón para lavar la ropa. También llevaba una bolsa con comida, la cartera con la documentación y cien euros por lo que pudiera necesitar, además de un cuaderno y un bolígrafo. Sobre su pecho descansaba una cantimplora llena de agua.
Caminó toda la mañana sin descansar y sin dejar de pensar en su objetivo, mientras contemplaba el paisaje que lo rodeaba. Quería llegar a la meta que se había propuesto antes de que se hiciera de noche y todavía faltaba un gran trecho para conseguirlo.
La zona estaba solitaria, solo se oían los pájaros que alegres cantaban en las ramas de los árboles. El carril por el que transitaba se escondía tras una pequeña montañita que ocultaba lo que había al otro lado de la misma. Al salir de la curva, se encontró casi por sorpresa, con un vehículo atascado en un bache y a su conductora sentada al volante, intentando salir del barrizal. Andrés se acercó a la ventanilla y preguntó con amabilidad:
-Señora, ¿necesita ayuda?
La mujer, que parecía algo mayor que él, se le quedó mirando. Deseaba decirle que sí, pero… y ¿si aquel joven era un delincuente?… Estaba lejos de su casa y por allí no había nadie más a quien pedir ayuda. Se había quedado sin batería en el móvyl y necesitaba que alguien remolcara su coche para poder seguir. Aquel hombre, si quisiera hacerle daño, se lo haría tanto si le pedía ayuda como si no, así que después de dudarlo unos segundos aceptó.
-¿Me podría prestar el móvil?, me he quedado sin batería y no puedo llamar para que vengan a por mí.
-Lo siento, señora, no llevo móvil. Pero podemos intentarlo.
Ella se encogió de hombros sin dejar de sorprenderse. Un joven, que al parecer iba de excursión por un camino solitario solo y sin móvil… No lo entendía.
Andrés se deshizo de su equipaje, lo dejó en la orilla del camino y se fue a la parte trasera del coche, no sin antes ordenar a la mujer que lo pusiera en marcha. Andrés empleó todas sus fuerzas en empujar y después de unos minutos, el vehículo salió del barro. Sudoroso se acercó a la portezuela cerrada y le dijo:
-Señora, lo hemos conseguido.
-Gracias, joven, si no es por usted no lo habría logrado. ¿Necesita que lo lleve a algún lugar?
-No, muchas gracias, mi misión es de ir andando, pero sí le voy a pedir un favor.
-Si es algo que yo pueda hacer cuente con ello.
Andrés dio unos pasos hacia su equipaje y sacó de él el cuaderno, después se volvió hacia ella y se lo ofreció al tiempo que decía:
-Me gustaría que dejara constancia de este pequeño incidente y firmara con su nombre. Es solo para mis memorias.
Algo tímida, la mujer tomó el cuaderno e hizo lo que él le había indicado, devolviéndoselo acto seguido. Pues no dejaba de sorprenderse y tenía ganas de salir de allí y alejarse de él cuanto antes.
El muchacho continuó su camino y al oscurecer llegó a su primera meta, donde pasó su primera noche en el porche de una vieja casa a las afueras del pueblo.
Bajo la luz de las estrellas abrió la mochila y sacó, de entre sus ropas, un cuadro con el marco plateado, envuelto en una bufanda para protegerlo de algún golpe. En él se podía ver la imagen de una mujer joven y bella. Lucía sobre un fondo oscuro en el que resaltaba pequeñas estrellas plateadas. Lo miró, sonrió y lo apoyó al lado del saco y susurró: “nuestra primera noche de aventura.” A continuación se comió un bocadillo, se enfundó el saco de dormir y cayó en un sueño profundo.
Piedad Martos Lorente
1 comentario:
Amigos y amigas, os dejo el capítulo 1 de este relato o mininovela que escribí hace algunos años y todavía no la había sacado a la luz. Espero que os guste, jaja.
Gracias por vuestros comentarios.
Publicar un comentario