Érase una vez un niño llamado Lucas que vivía en un bonito palacio con todas las comodidades y valiosos juguetes que complacían sus caprichos. El palacio estaba rodeado de un bello jardín donde Lucas podía jugar y contemplar tanta hermosura, al mismo tiempo que disfrutaba de la naturaleza. Pero a pesar de todo de lo que poseía, Lucas estaba siempre triste y amargado, no era feliz, por eso le llamaban “el niño de la cara triste”.
Un día, enfurecido consigo mismo, Lucas daba patadas a las bellísimas flores que adornaban el jardín como si ellas fueran culpables de su amargura. De pronto oyó una voz que le decía:
—¿Por qué golpeas las flores? ¿Te han hecho algo?
El niño volvió la cabeza para ver quién le hablaba y se encontró frente a una imagen que surgía de un destello de luz desconocida para él, era la más hermosa que había visto jamás y lo miraba fijamente a los ojos. Lucas sintió como aquella mirada profundizaba dentro de su alma y sintió vergüenza de su comportamiento.
La voz volvió a preguntarle:
—No has contestado a mi pregunta, dime, ¿por qué golpeas las flores? ¿Qué te han hecho?
—Nada —contestó áspero y punzante como las espinas del rosal que estaba golpeando—. Nada de lo que tengo me hace feliz, las flores no sirven para nada son inútiles y mis juguetes no me gustan.
La imagen contestó dulcemente:
—Sí, mi querido niño, las flores sirven para embellecer y perfumar el lugar donde se hallan, además de distraer la mirada de aquellos que saben contemplar la belleza que la naturaleza pone a nuestro alcance.
En ese momento, un niño de su misma edad pasaba por la calle frente a los jardines del palacio, caminaba con la mirada en alto y un bastón blanco en la mano que le ayudaba a detectar los obstáculos; intentaba dirigir sus pasos hacia su destino. La voz continuó hablando:
—Levanta la cabeza y mira al cielo, Lucas. Contempla el azul que lo envuelve y esas nubes blancas que parecen figuras de algodón movidas por la brisa. ¿No crees que ese niño tiene más motivos que tú para estar triste? Él no puede mirar al cielo, tocar las nubes... Ni tan siquiera puede contemplar este jardín y, sin embargo, en sus labios lleva una sonrisa dibujada.
Entonces, Lucas inclinó la cabeza y se volvió hacia su bicicleta y los otros juguetes que aguardaban para ser utilizados en sus juegos. De pronto, en un arrebato, el niño empezó a pisar con furia todo cuanto encontraba a su paso.
La voz volvió a preguntarle:
—¿Por qué rompes los juguetes? ¿No has pensado en la cantidad de niños que hay en el mundo que serían felices con uno solo de los tuyos?
Arrepentido se agachó para ordenar los juguetes pisoteados y, por el rabillo del ojo, vio cómo, desde la calle era observado por un grupito de niños que vestían ropas humildes sin apartar la vista del espectáculo que, sin proponérselo, Lucas estaba ofreciendo a los viandantes.
De pronto sintió dentro de sí un malestar que no podía explicar, ¿vergüenza?, ¿angustia?, ¿arrepentimiento? No sabía lo que era, pero, sin pensarlo dos veces, tomó los juguetes del suelo y los repartió entre los niños que aún seguían con la mirada fija en sus movimientos. Los niños gritaron de alegría al tiempo que reían sin parar, agradeciendo a Lucas su gesto tan generoso. Saltaban y reían una y otra vez, hasta el punto que contagiaron al donante y su cara ya no era triste, sino todo lo contrario, en ella se dibujaba la sonrisa y el placer que le causaba ver a los otros niños felices y contentos. Entonces se volvió hacia la bella figura que también sonreía satisfecha por su trabajo y le preguntó:
—¿Quién eres? ¿Por qué has venido?
—Soy un hada buena y he venido a ayudarte a ser feliz, no podía verte triste, pero ya me voy.
Y diciendo esto, desapareció confundiéndose con los rayos del sol.
El niño contempló las flores del jardín, el cielo azul y las nubes blancas y oyó cantar a los pajarillos. Fue en ese instante cuando supo ver la hermosura del paisaje que lo rodeaba, al tiempo que exclamaba:
—Qué bellas son las flores del jardín! ¡Cuánta hermosura! Perdóname, señor, por no haber sabido ver la grandeza de todo lo que me rodea.
Al día siguiente, el niño del bastón volvió a pasar por la puerta del palacio. Lucas lo vio desde su ventana y corrió a la calle hasta alcanzarlo.
—¡Hola, me llamo Lucas! ¿Y tú?
—Hola, Lucas. Yo me llamo Ángelo.
—¿Quieres que te acompañe?
—Bueno, si tú quieres...
Y así fue cómo los dos niños se hicieron amigos, Lucas acompañaba todos los días a Ángelo, le explicaba cómo era el cielo, las nubes, las estrellas y la luna, las montañas y todos los paisajes que los rodeaban. Lo llevó al palacio, le enseñó su habitación donde tenía sus juguetes y los compartió con él, regalándole parte de ellos. Le explicó lo triste que estaba antes de ver el hada, cuando tenía más juguetes, y cómo desde que repartió gran parte de ellos se sentía muy feliz y había aprendido a apreciar lo afortunado que era de poder ver los paisajes y describírselos a él.
Piedad Martos
3 comentarios:
Hola, amigos y amigas.
Os presento un nuevo cuento que hace algunos años escribí. Hoy he pasado revista por el baúl de los recuerdos y he pensado de sacarlo y airearlo. Espero que os guste.
Y ahora os dejo abrazos y besos para todos llenos de gratitud.
Piedad, qué belleza de relato. El niño de la cara triste es uno de esos cuentos que, aun escritos con sencillez, dejan una huella profunda. La transformación de Lucas —de la amargura al descubrimiento, de la ceguera interior a la gratitud— está narrada con una delicadeza que conmueve. El contraste entre su tristeza injustificada y la sonrisa luminosa del niño invidente es un acierto que ilumina todo el texto.
Me ha emocionado especialmente la aparición del hada, no como un recurso mágico gratuito, sino como una voz que despierta conciencia, que invita a mirar de verdad. Y qué bien está llevado ese momento en que Lucas comprende que la felicidad no nace de lo que se posee, sino de lo que se comparte. La escena en la que reparte los juguetes y descubre la alegría en los otros niños es de una ternura que desarma.
El final, con la amistad entre Lucas y Ángelo, cierra el cuento con una luz serena: dos niños que se acompañan, que se enseñan mutuamente a ver —uno con los ojos, el otro con el alma— y que encuentran en la compañía un modo nuevo de habitar el mundo.
Gracias por rescatar este relato de tu “baúl de los recuerdos”. Tiene la claridad de las historias que hablan al corazón sin artificios.
Un fuerte abrazo.
Que bonito y reconfortante cuento, siempre hay esperanza, siempre se puede convencer a alguien de la bondad de la vida, de que con amigos el mundo es mejor. Un abrazo
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