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Andrés entró en el calabozo de un empujón. Le parecía estar soñando porque estaba viviendo
una pesadilla, de la cual no entendía nada.
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-Que pases buena noche y te diviertas con las ratas, jaja –reía el policía con un punto de ironía
y dándole otro puñetazo-. Tal cual para cual. Ya os iba yo a arreglar a todos vosotros. Aquí te
dejaba yo morir de hambre para que aprendas a respetar a las mujeres. Pero la ley es la ley y
no puedo hacer otra cosa sino quitarte las esposas.
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Acto seguido le dio una patada en el culo y salió rápidamente al pasillo, cerrando la puerta con
llave.
Andrés, con las manos libres, echó una ojeada a su alrededor. El habitáculo parecía un pasillo
sin salida, estrecho y sucio y sin más muebles que una colchoneta y un banco. No tenía más luz
que la que entraba por un ventanuco casi en el techo. Resignándose a lo que le estaba
ocurriendo, porque en esos momentos no podía hacer otra cosa, sacó de su mochila el cuadro
de la joven, le retiró la bufanda con la que lo envolvía y lo puso sobre el banco, al tiempo que
susurraba:
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Por ganarme tu corazón
hoy me siento preso,
pero es tan grande mi amor
que por ti, sufro y muero.
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A continuación, sacó el cuaderno en el que anotaba cada día sus vivencias y se puso a escribir
sentado en la colchoneta, aprovechando la poca luz que entraba por aquel agujero.
De pronto, oyó que se abría la puerta dando paso al guardia que le había pegado e insultado.
Andrés levantó la cabeza y miró al agente que estaba frente a él mirándole fijamente, con la
misma sonrisa burlona con la que lo había encerrado.
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-Ya veo que es verdad lo que de ti se habla en el pueblo –dijo mientras cerraba la puerta a su
espalda.
-¿Y qué es lo que de mí se dice en un pueblo si nadie me conoce?
-Calla, loco. Cuando yo te pregunte, contestas –avanzó unos pasos hasta llegar al banco, cogió
la fotografía, mientras insultaba al muchacho que, sin poderse contener más, dejó el cuaderno
y de un salto se puso en pie.
-¡No lo toques! –gritó-. Manos sucias como las tuyas no merecen tocar la pureza de una
criatura como esa.
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El policía lo cogió por el cuello, lo apretó con fuerza y después lo tiró contra la pared. Abrió la
mochila y sacó todas sus pertenencias esparciéndolas por el suelo. Después tomó la bolsa de la
comida, sin darle tiempo a sacar su contenido, porque Andrés, que ya volvía a estar en pie,
cogió la bufanda y se la rodeó a la boca al tiempo que con la otra mano le sujetaba las suyas. Lo
tiró al suelo, le quitó el manojo de llaves y las esposas. El policía, se levantó rápido, pero el
joven se abalanzó sobre él y los dos cayeron al suelo. Andrés lo tenía debajo usando todas sus
maestrías para defenderse.
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-Ahora me va usted a decir, señor policía, qué es lo que yo he hecho y quién le ha dado
permiso para que me trate de la forma que me está tratando. Ahora yo podría devolverle la
jugada, pegarle en el estómago, esposarlo y dejarlo encerrado en esta cuadra para ratas como
usted. Pero como soy un hombre de buenos principios y con educación, voy a esperar a que
usted me saque de donde me ha metido. Vamos a hablar como personas civilizadas. Dígame,
¿en qué he faltado yo a la ley?
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El policía, negándose a responder, no hizo el menor intento por salir de debajo del corpulento
joven, que aún lo tenía atrapado. No podía dar su brazo a torcer, pero el joven tenía razón. Él se
había dejado llevar por lo que le había dicho el portavoz del grupo que se lo habían entregado.
Se había tomado la justicia por su mano, sin apenas tomarle declaración al acusado.
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-¿No me va usted a contestar, señor policía?
-Está bien, joven. Olvídese de lo ocurrido, ha sido un error. Lo siento.
-¿Lo siente? ¿Y quién me quita ahora los golpes que me ha dado usted?
-Ya le he dicho que lo siento. Devuélvame las llaves y déjeme salir. Haré todo lo que pueda por
usted.
-Las llaves se las daré cuando yo esté en la calle, libre de cargos y limpia mi honra. Saldrá
cuando yo salga… cuando salgamos juntos. Ahora voy a ordenar mis cosas… Las cosas que
usted, agente del orden, me ha desordenado. Pero antes lo voy a esposar, y créame de verdad
que lo siento, pero no me fío de usted ni un pelo.
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Antes de que Andrés acabara la frase, el policía ya tenía las esposas en sus muñecas. De poco le
sirvió el forcejeo que mantuvo con el joven, ya que éste, al ser más joven que él y más fuerte,
le superó en reflejos y habilidad.
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-Ya ve usted, señor policía, que no llevo nada que me comprometa, nada que no esté
permitido. ¿Ve? Este es mi equipaje. Ropa… Comida… Lo necesario para el aseo… Y esta
fotografía que siempre me acompaña. Yo creo que con esto no se le hace mal a nadie, al
contrario, si encuentro a alguien en apuros, lo que hago es socorrerlo.
-Está bien, ya le he dicho que lo siento. Ha sido un mal entendido.
-Sí, un mal entendido, pero a mí, todavía me duele el estómago de sus puñetazos.
-Déjame salir de aquí –suplicó el policía-. Desde aquí no puedo hacer nada para sacarte y
dejarte en libertad.
-Mañana. Esta noche nos vamos a divertir los dos juntos. Ya verá qué bien lo vamos a pasar,
jaja -Andrés se sentó al otro extremo de la colchoneta-. Dígame qué es lo que de mí se habla en
este pueblo. Por la forma que me han recibido parece ser que no soy santo de su devoción, ni
ningún héroe. Cuanto más tiempo tarde en informarme, más tiempo va a tardar en salir de
aquí. Desde ahora, mi suerte será la de usted.
-Está bien, tú has ganado -el policía se puso en pie frente al joven sin apartar la vista de sus
movimientos, no fiándose de él-. Se dice que estás loco, que has atacado a una mujer del
pueblo… Para que lo entiendas mejor: has violado a María, la hija del panadero.
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De un salto, Andrés se puso en pie apretándose las manos para reprimir la rabia que sentía.
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-¿Qué yo he…? ¡Esto es increíble! ¡Cómo se puede ser tan cruel, levantar falsos testimonios!
Escúcheme bien, señor agente, quiero que me traigan a esa mujer y que me diga en mi cara
cuándo me ha visto y cuándo le he puesto yo una mano encima.
Dos golpes secos acompañados por una pregunta sonaron en la puerta. El joven, que tenía la
cara como una amapola de roja por la ira, detuvo su diálogo al instante.
-¿Está bien, señor Gutiérrez?
-Sí, Romero – contestó el retenido-, no te preocupes, enseguida voy. Espérame fuera, tenemos
trabajo.
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El agente miró al peregrino e hizo un gesto indicándole que lo soltara.
-Ya lo has oído, joven. Déjame salir, te doy mi palabra de honor.
Andrés cogió las llaves lentamente y dijo mientras le quitaba las esposas:
-En ella confío. No me decepcione más de lo que ya lo ha hecho. No olvide de traerme a esa
mujer. Quiero que esté presente un médico y un sacerdote. A ver si es capaz de mentir ante la
ciencia y la Iglesia.
-Haré todo lo que esté en mi mano.
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Piedad Martos Lorente
1 comentario:
Hola, amigos y amigas.
Os dejo otro capítulo de el correcaminos a ver que pasa con Andrés...
Muchas gracias por estar ahí y hasta el proximo día.
Un abrazo y mi cariño para todos.
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