III
Al día siguiente reanudó su camino. El aspecto del terreno de aquella zona era solitario, seco y
rocoso. La vegetación había mermado así como las tierras de labor, al hallarse éstas con un
poco de pendiente.
Los alaridos de una persona llamaron su atención. Por unos instantes, Andrés detuvo sus pasos
para observar de dónde provenían. No veía nada parecido a un ser humano, lo que le hizo
pensar que podría ser algún animal salvaje. Continuó andando y subió a lo alto de una
pequeña montaña, desde donde podía divisar las tierras más bajas.
Allí, en lo hondo de la ladera, había volcado un tractor y su ocupante estaba tumbado en el
suelo sin poderse mover. El muchacho bajó corriendo por mitad del campo, hasta llegar al
accidentado. El campesino, al ver que iba a volcar se tiró del tractor por el lado opuesto, con la
mala suerte que al caer se quedó enganchado de un pie, hiriéndose gravemente. El hombre
gritaba pidiendo auxilio, aunque dudaba que alguien acudiera en su ayuda, pues sabía que en
aquella zona no había nadie cerca, a no ser que pasaran por el camino.
-¿Está bien, señor?
-Sí… bueno, no. No puedo sacar el pie de ahí y me duele mucho.
Tenía el pie doblado entre los hierros del tractor y sangraba mucho. Andrés se deshizo de su
equipaje rápidamente.
-Tranquilícese. Voy a intentar liberarle el pie lo antes posible. Lo haré lo mejor que pueda para
no causarle más dolor del que tiene, aunque lo veo muy difícil.
-Haga lo que pueda, joven.
Andrés hizo todo lo que estaba en su mano, usando su imaginación y estrategia para lograr su
propósito.
La pierna sangraba sin parar y parecía ser que, además de la herida, también estaba fracturada.
Cogió una toalla, la dobló a lo largo y vendó la pierna con ella, con el fin de cortar la
hemorragia. El hombre estaba pálido, había perdido mucha sangre y tenía la boca seca.
-¿Tiene coche? –preguntó Andrés.
-Sí, lo tengo ahí, un poco más arriba. En este bolsillo están las llaves.
-Pues en marcha, vámonos al pueblo.
Andrés se cargó a la espalda al tractorista y recorrió los metros que le separaban del vehículo.
Abrió la puerta de atrás y lo colocó de forma que la pierna accidentada pudiera descansar
sobre el otro asiento. Después volvió a por sus bártulos y al momento arrancó el motor para
dirigirse hacia el pueblo más cercano, Los Morales, que era el lugar donde él tenía previsto
pasar la noche.
-¿Cómo se encuentra?
-Mucho mejor, sobre todo, más tranquilo. Llegué a pensar que me moría porque no podía
sacar la pierna de ninguna de las maneras, y claro, allí no había nadie por mucho que gritara, ni
tampoco hay cobertura para llamar a mi casa. He tenido mucha suerte que tú me oyeras.
-La verdad es que sí ha tenido suerte. Yo lo había oído pero, como no veía nada, pensé que era
algún animal del bosque. Por cierto, no me he presentado. Me llamo Andrés.
-Yo me llamo Vicente.
-Vicente, me tendrá que guiar un poco para ir al hospital o lo que haya aquí donde lo puedan
curar, porque yo desconozco la zona.
-Sí, ya te diré.
-¿Se encuentra bien?
-Sí, pero estoy muy cansado, no tengo fuerzas ningunas.
Vicente indicó a Andrés, con dificultad por el agotamiento, el camino más recto para llegar al
hospital. Quince minutos después Vicente era atendido por el equipo de urgencias, el cual le
comunicó a Andrés que había llegado muy apurado por la sangre que había perdido y que se
tendría que quedar unas horas en observación. Desde allí avisaron a su esposa, que en pocos
minutos se personó en el centro. Vicente, algo más recuperado, indicó a su mujer que
atendiera lo mejor posible al joven que le había salvado la vida. Que no lo dejara marchar sin
despedirse de él.
Aquella noche, Andrés fue atendido por la esposa e hijos de Vicente como jamás hubiese
imaginado.
-Por favor, Ángeles, que yo no merezco tantas atenciones.
-Calla, come y obedece. Si tú no te hubieses presentado en aquel instante, mi marido hubiese
fallecido.
-Bueno, eso ya estaría escrito en su destino y en el mío. Yo no he hecho nada más que
ayudarle.
-¿Y te parece poco? Venga, come. Después me das la ropa que te la lave, te das una ducha y te
acuestas a descansar, que debes estar agotado.
-Sí, un poco cansado sí que estoy, pero ya tengo tiempo de descansar. La ropa me la puedo
lavar mañana en el río y a la misma vez me baño.
-La ropa te la voy a lavar yo ahora mismo.
-Pero…
-No hay peros que valgan.
-Ángeles, le voy a pedir un favor, si no le sabe mal.
-Tú dirás.
Andrés se levantó de la silla y sacó de su mochila el cuaderno, donde guardaba todas sus
vivencias y las impresiones que sentía durante el día, y se lo dio a la mujer.
-Me gustaría que me firmara debajo de este escrito. Es la experiencia que he vivido hoy.
-Claro que sí, hombre. Eso está hecho.
Esa noche, el aventurero no pudo sonreírle a la joven de la fotografía, ya que compartió
habitación con el chico de Vicente y, si ya le habían tomado por loco cuando les explicó que iba
andando de un pueblo a otro por caminos solitarios, qué dirían si le vieran hablar y sonreír
ante una imagen de papel.
A la mañana siguiente, antes de partir, fue a visitar al herido que ya le estaba esperando. Su
aspecto era mucho mejor que cuando lo dejó el día anterior.
Vicente le agradeció una vez y otra el bien que le había hecho y quiso recompensarle con algo
de dinero, cosa que Andrés rechazó tantas veces como Vicente intentó.
-Ya que no quieres el dinero, déjame tu dirección y número de teléfono. Me gustaría seguir en
contacto contigo ya que nos hemos conocido de forma accidental.
-Ves, eso sí que lo acepto. Te doy mi dirección aunque el teléfono todavía no puedo ya que no
lo tengo en activo, pero tú me das el tuyo y cuando llegue a mi casa, te llamo sin falta.
-Que tengas buen viaje, amigo.
-Recupérate pronto y ten cuidado con el tractor.
Se despidieron con un apretón de manos.
Piedad Martos Lorente
2 comentarios:
Queridos amigos y amigas. Hoy, uno de julio vengo con otro capítulo más de este relato, esperando que sea de vuestro agrado. Os doy las gracias por la acogida de vuestros comentarios en los capítulos anteriores, que sin duda ha sido muy agradable.
Os dejo un abrazo y el deseo de que tengais feliz mes de julio.
Piedad, qué placer seguir esta tercera entrega del Correcaminos. La escena mantiene esa mezcla tan tuya de ternura, cansancio y humanidad: el paseo, los detalles mínimos que se vuelven importantes, y esa manera de mirar el día como si cada gesto fuera una pequeña historia. Todo avanza con una serenidad que acompaña y deja huella.
Un fuerte abrazo, Piedad.
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