domingo, 1 de noviembre de 2009

"OTROS TIEMPOS" SEGUNDA PARTE.

Como de momento no puedo desempolvar el piso, sigo desempolvando el baúl de los recuerdos.


CAPÍTULO 2º

Cuando llegué al hospital Clínico dos o tres días después de haber tenido el accidente y después de haberme atendido en el hospital del pueblo, para mí fue un martirio de los grandes, no solamente por las curas necesarias por las heridas de la mano y de los ojos, sino por el separarme de mi madre que en cuanto entré en el centro me cogieron con la camilla y me llevaron al quirófano a pesar que yo reclamaba su presencia a grito vivo negándome a separarme de ella. Después me llevaron a la sala de urgencias que era enorme de grande en la que había 16 camas, ocho por banda y sin más mobiliario que una mesita de noche y un banquito por enfermo.
Pero cuando peor lo pasé fue cuando desperté de la anestesia. Tenía una sed espantosa y cuando pedía agua me decían que no había ni una gota y me ponían el vaso bocabajo encima de la mano para que yo lo comprobara, pero yo oía cuando tiraban de la cadena del servicio y cuando la mujer de la limpieza fregaba el suelo. Entonces le decía a mi madre que me diera del váter o de fregar, que no me daba asco, y así estuve los días o las horas que requería la anestesia de aquellos tiempos, que a mí me parecieron eternos y cuando ya no tenía sed, entonces me daban agua... Cuando fui mayor comprendí lo difícil que debió ser para mi madre cuando le pedía agua con aquella ansiedad.

Al fondo de la sala estaban los servicios, a la derecha estaban los lavabos y a la izquierda los váteres, y en el centro estaba el comedor donde comían todas las enfermas que se podían levantar de la cama. Los muebles del comedor los formaba una mesa larga y un banco a lo largo de la mesa. He de aclarar que yo no llegué a comer en este comedor pero sí en el siguiente cuando me cambiaron a la sala de oftalmología que era igual, todo era igual excepto la sala que era mucho más pequeña, tan solo tenía ocho camas. En la sala de urgencias permanecí dos meses, los cuales me los pasé en la cama sin poder mover la cabeza ¡Qué diferentes aquellos tiempos con los de ahora! Aunque yo no me quedaba quieta porque cuando me enfadaba me arrastraba entre las sábanas de un lado para otro de la cama. No entendía por qué tenía que estar sin moverme y por qué me pinchaban a cada momento. Ahora me río cuando lo recuerdo porque era increíble pero cierto. Conocía por los pasos a todo el personal del hospital, pero lo increíble era cuando tocaba medicarme a mí, que en cuanto entraban por la puerta y antes de llegar a mi cama me ponía a llorar a gritos. La monja me decía que tenía olfato de perro, pero como ya decía en el primer capítulo, tuve tiempo para familiarizarme y hacerme amiga de todo el mundo, porque después de un tiempo cuando comprobé que no había escapatoria dejé de llorar y acepté lo que me tocó vivir.
Cuando por fin me levantaron de la cama, no podía dar paso, parecía que pisaba sobre una alfombra de pinchos. Entonces, la enfermera me ponía sobre sus pies y abrazada a su cintura me hacía mover las piernas al tiempo que ella andaba. Y es que en aquellos tiempos la vida era así, primero te recuperabas en la cama de la enfermedad que fuera y después necesitabas otro tanto para recuperarte de la cama. Ahora cuentas todo esto a la gente joven y te toman por loca jaja. Pero también es cierto que yo recuperé el tiempo perdido porque en cuanto me levanté y conocí el centro no paraba nada en la sala, me corría el hospital de punta a punta, subía y bajaba la escalera como si nada. Y siempre hay alguna anécdota divertida y es que como ya conté en la primera parte, en este hospital tenían normas un poco especiales, y una de ellas y que no os conté, es que cuando ingresabas en el centro te llevaban a una sala, te despojaban de tu ropa, la guardaban en una taquilla y hasta el día de salida no la veías más. Entonces te ponían una camisa de dormir y una bata, que más que bata, parecía un albornoz de baño. Las mujeres de un color, los hombres de otro y yo, aunque era niña iba igual que las mujeres pero las camisas siempre eran más largas que yo, aunque la monja siempre buscaba las más cortas, pero así y todo siempre me las pisaba, sobretodo cuando subía la escalera, porque eso de subir de uno en uno los peldaños era aburrido y poco rápido, así que los subía de dos en dos y en cada escalón me pisaba un poquito la camisa y rompía un trocito, y cuando llegaba a arriba ya tenía todo el bajo roto en redondo, sin dobladillo ni nada de nada, pero con la bata no se veía hasta que me cambiaban otra vez. Entonces la monja preguntaba: “¿Qué pasó con el dobladillo?” Yo me encogía de hombros y no sabía nada, es decir, el camisón se había roto por arte de magia...

12 comentarios:

Mariaisabel dijo...

Querida Piedad,
He leído detenidamente tu relato y debo decirte que es emocionante, cuanto has pasado!
Te admiro mucho, primero por todo lo que haces y después por ser una mujer valiente, que ha sabido afrontar una difícil situación desde muy niña.
Sigue así, mi querida amiga. Todos deberíamos aprender de tí.
Un fuerte abrazo, con muchísimo cariño
Mariaisabel

Pura dijo...

pura dijo Hola piedad eres encantadora ,admiro tu fuerza ,tu valentia ,me gustaria conocerte ,yo tambien tengo nucho que contar de mi , pero en otro aspecto si algun dia nos vemos hablaremos Un abrazo cariñoso Pura

Conchi dijo...

Piedad, me estoy acordando mucho de ti este fin de semana. Pensaba si estarías ya limpiando en tu piso arreglado y colocando las cosas... si no es así espero que sea prontito.
Me parece muy bien que sigas desempolvando tus escritos. Como siempre es un placer leerte. Me gusta tu estilo y los puntos de humor que tienes.
No cambies nunca, amiga.
Te mando un abrazo grande
Conchi

Piedad dijo...

María Isabel, Pura, Conchi, ¡Gracias por vuestros comentarios.
María Isabel, la vida te hace ser fuerte si no quieres hundirte y yo no quiero, así que no hay otro remedio, sinocoger el toro por los cuernos...

Pura, a mí también me gustaría conocerla, así que si no está muy lejos le invito a ello.

Conchi, todavía falta algunos días para limpiar aunque ya va tomando otro color, es decir, queda poco pero un par de semanas o tres no hay quien las quite, ¡Pero qué ganas tengo que llegue ese día! ¡Y cómo voy a disfrutar...! Ya os contaré.
Besos.

Pequeña Saltamontes dijo...

hola, me encantan tur relatos, ya te dije y te vulevo a recordar que deberias escribir un libro, ayudarias tanto... bueno qu e me alegro que sigas con esa chispa de humor y que poco a poco vayan acabando las obras. besos

rosa mis vivencias dijo...

! PIEDAD!
Conocia algunas anecnotas de tu paso por ese hospital, pero veo que no lo sabia todo. Un beso Rosa.

Isabel dijo...

Amiga Piedad ya tenía yo ganas de leerte contando tus historias pasadas . Parece mentira lo que es capaz de aguantar el ser humano y escibes cosas como que te reias y que saltabas escalones ,¡¡¡Diosssss !!1 menuda fortaleza la tuya . Aunque cuando escribes que llorabas a gritos reclamando a tu madre o recordando los terribles efectos del cloroformo, para seguir leyéndote hay que tragar saliva porque parece que los efectos de laa anestesia llegan hasta aquí , que se de lo que hablas porque también los sufrí yo con mis anginas.
Buena amiga que me gusta leerte así que a la espera me quedo de que sigas desempolvando todo lo que se te ponga a mano
Un abrazo

Mayte dijo...

No te voy a decir nada que no te hayan dicho ya, solo que me encanta leerte. Un besazo

Al golpito dijo...

Piedad ... te dejo un beso enorme.

Kety dijo...

Piedad paso a dejarte un fuerte abrazo.

Sabela dijo...

Piedad se me ocurre que podríamos ir todas a ayudar a limpiar..., de esta manera estarías mucho antes entre nosotros deleitándonos con tus escritos.
No te puedes imaginar lo mucho que sufrió tu madre, cuando Ana tenía 17 años recien cumplidos pasó por quirófano por problemas de riñón, estando en reanimación tanto pidió que quería a su mamá que me llamaron y permacecí con ella y los demás enfermos en la sala de reanimación... ¡es muy doloroso sentir y ver como sufre un hijo!.
Abrazos.

Piedad dijo...

Gracias a todas por seguir ahí. Es un placer para mí encontrar vuestros comentarios con los cuales, me paso un rato muy agradable. Y eso sabela, de quitar el polvo entre todas no está mal pensado, pero me lo entregarán limpio, así que yo creo que será mejor que tomemos café ¿Qué os parece? ¿Preparo la mesa y las tazas...?
Pero mientras llega ese momento seguid leyendo mis vivencias en el hospital, porque todavía queda más.

Abrazos...